Propuesta

1682 Words
++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++ Desde la entrada de la habitación, la observo con atención. Nadya está sentada en la cama, con la espalda recta y la mirada fija en un punto indefinido de la pared. Su mano vendada reposa sobre su regazo, pero la tensión en su postura revela el dolor que la acompaña. No solo el físico, sino el insidioso dolor emocional que sus padres le han dejado grabado a fuego en el pecho con cada insulto y desprecio. La imagen de su mano ensangrentada, recogiendo los fragmentos de vidrio que fueron el resultado de aquel desastre, me taladra la mente. Fue un espectáculo grotesco, un circo donde sus propios padres la aplastaron con palabras afiladas como cuchillos. Yo estaba allí, impotente, observando cómo la destrozaban sin piedad. Y aunque traté de intervenir, no pude evitarlo por completo. La rabia burbujea en mi interior. Me siento inútil. Mis manos se cierran en puños, una reacción visceral ante la injusticia que ella ha tenido que soportar. De repente, levanta la vista y nuestros ojos se encuentran. Hay algo en su mirada que me deja sin aliento: dolor, sí, pero también una resistencia admirable. Como si estuviera acostumbrada a esto, como si cada insulto y cada golpe emocional fueran solo otro episodio en una serie interminable de sufrimiento. Esa fuerza me cabrea aún más. Decido cruzar la habitación y arrodillarme frente a ella. Con sumo cuidado, tomo su mano vendada, como si al presionar demasiado pudiera desmoronarse en mil pedazos. —Lo siento —murmuro, sintiendo el peso de mis palabras. Nadya no debió pasar por esto. Nadie debería. Ella parpadea, pero no dice nada. Su labio tiembla un poco, y por un instante, creo que va a derrumbarse. Pero no lo hace. Ella nunca lo hace. Me pasé la lengua por los dientes, tratando de ordenar mis pensamientos. Hay algo que debo decir, algo que cambiará nuestra dinámica para siempre. Sin embargo, es necesario. —Eres un blanco fácil —suelto, sin rodeos—. Y eso nos pone en peligro. Ella frunce el ceño, y sé que odia que le diga eso, pero es la verdad. Baja la vista y saca su teléfono. Sus dedos se mueven rápidamente sobre la pantalla antes de girarla hacia mí. “¿Qué propones?” Respiro hondo, sintiendo la gravedad del momento. —Un acuerdo —digo con firmeza—. Un matrimonio político. Silencio. Por primera vez en mucho tiempo, veo una verdadera reacción en su rostro. Su sorpresa es sutil; no obstante, está ahí. Las pestañas se agitan, los labios se separan un poco, como si tratara de procesar lo que acabo de decir. —Seremos una pareja ante el mundo —continúo—, pero cada uno tendrá su independencia. Nos apoyaremos mutuamente y protegeremos nuestros intereses, pero sin esperar amor o afecto. Ella me estudia, sin prisa. Analiza cada palabra, buscando el truco, la trampa. Aun así, no la hay. Toma su teléfono y escribe de nuevo. “¿Qué obtendré yo de esto?” —Protección —respondo sin dudar—. No permitiré que nadie te humille ni te haga daño. Su agarre en el teléfono se tensa, y la tensión en el aire es palpable. —Te proporcionaré estabilidad y seguridad —añado—. Nadie más volverá a tratarte como lo hicieron hoy. Nadya se queda quieta, la pantalla de su teléfono brilla entre sus dedos. Pasa un largo momento antes de que escriba una última palabra. “Acepto.” No sé por qué, pero siento que este acuerdo es mucho más que un simple trato. No es solo una estrategia. Es algo que, de alguna manera, nos cambiará a los dos. Y lo peor es que no estoy seguro de si será para bien. + Desde que cerré la puerta de la habitación de Nadya, su imagen quedó grabada en mi mente. La expresión de agotamiento en su rostro, el leve fruncimiento de sus cejas mientras intentaba mantenerse firme a pesar de todo… No era justo. Nada de esto lo era. Me pasé una mano por el rostro y caminé hacia mi habitación, sintiendo cómo el peso de la noche caía sobre mis hombros. Me dejé caer en la cama, exhalando un largo suspiro. Esto se estaba volviendo más complicado de lo que había previsto. Protegerla, mantener el control, asegurarme de que no volviera a ser lastimada… Todo eso recaía en mí ahora. Me levanté de la cama. El aire frío de la habitación me abrazó, pero no me importó. Solo necesitaba despejarme. Me dirigí al baño, sin siquiera mirarme al espejo. Al abrir la ducha, el vapor se deshizo en el aire, y el agua tibia comenzó a caer sobre mi piel. “Esto me ayudará a pensar,” me dije, cerrando los ojos mientras el agua arrastraba la tensión. Pero, aunque el calor comenzaba a relajarme, mi mente seguía atrapada en los mismos recuerdos: la cena, la preocupación en sus ojos, el dolor que, sin querer, había provocado. “Debí haber hecho más.” Pensé nuevamente, pero en lugar de encontrar respuestas, la ducha solo me proporcionaba un silencio ensordecedor, como si todo el ruido en mi cabeza se amplificara aún más. El agua de la ducha me ayudó a despejarme, aunque no lo suficiente. Salí de la ducha, me sequé rápido y me acosté. Apenas mi cabeza tocó la almohada, el sueño me atrapó. No fue un descanso tranquilo. + Un ruido me despertó de golpe. “¿Qué fue eso?” Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me incorporé de inmediato, con la respiración agitada. Afuera ya había amanecido. Mi primer pensamiento fue Nadya. ¡Dios! Que no le pase nada. Me puse lo primero que encontré en el closet: un pantalón de seda y una camisa. No perdí tiempo en peinarme ni en preocuparme por nada más. Si algo le había pasado… Salí de la habitación y caminé a paso rápido por el pasillo. Pero lo que vi en el comedor me dejó sin palabras. Nadya estaba de pie junto a la mesa, tocando los cubiertos. Frente a ella, sobre la mesa, había platos servidos. ¡Dios, ella sí que me dio un susto! No puede ser, me estaba imaginando lo peor. Empiezo a controlar mi respiración, cierro mis ojos por un momento y me tranquilizo. —Buenos días —solté, mi voz más grave de lo que esperaba. Ella se giró tan rápido que casi derrumbó un vaso. Sus ojos verdes se abrieron de par en par al verme, y, con la misma rapidez, sacó su celular para escribir. “El desayuno está listo”. Mi sorpresa se mezcló con una sensación de alivio. Nadya, a pesar de todo lo que había pasado, estaba de pie, preparando el desayuno. La imagen de ella en la cocina, con su mano vendada, era a la vez conmovedora y preocupante. —¿Desayuno? —pregunté, tratando de sonar más calmado de lo que me sentía—. ¿Estás bien? Ella asintió, y aunque no dijo nada, su expresión era decidida. Con un gesto de su mano, me indicó que me sentara. —No deberías estar haciendo esto —dije mientras tomaba asiento en la mesa. La mesa estaba dispuesta con esmero, como si hubiera estado planeando esto durante días. La vista de los platos humeantes me hizo sentir un nudo en el estómago. “Quería hacerlo,” escribió en su teléfono, y me lo mostró. El desayuno consistía en huevos revueltos, tostadas doradas y un par de jugos frescos. Era un despliegue de esfuerzo que me tomó por sorpresa. Nunca la había visto cocinar. Era un recordatorio de que, a pesar del dolor que llevaba consigo, había partes de ella que aún luchaban por salir a la superficie. —¿Y tu mano? —pregunté, señalando la venda. Me preocupaba que la hubiera forzado tratando de hacer algo tan simple como preparar comida. Se encogió de hombros y sonrió débilmente antes de volver a escribir. “No es nada, solo un corte.” Su falta de atención a su propio bienestar me molestó, pero decidí no presionar. En lugar de eso, tomé un bocado de los huevos y traté de cambiar el rumbo de nuestra conversación. —Esto está delicioso. No sabía que tenías talento en la cocina. Sus ojos brillaron un poco, y su labio tembló en lo que parecía ser una sonrisa. “No es talento, solo un poco de práctica,” respondió a través de su teléfono. Mientras comíamos, disfrutando de la comida, la tensión comenzó a desvanecerse lentamente. Había algo reconfortante en la normalidad del momento, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido por un instante. Pero no podía evitar que una parte de mí se sintiera inquieta. —Sobre lo de anoche… —dije después de un tiempo, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros—. Quiero que sepas que lo que propuse no fue solo por mí. Es por ti también. Nadya levantó la vista, su expresión era seria. “¿Crees que esto realmente funcionará?”, preguntó con la mirada fija en la mía mostrando su celular. —Espero que sí —respondí, sintiendo una oleada de determinación—. Necesitamos un plan, algo que nos proteja. Este acuerdo es nuestra oportunidad de salir de la sombra de lo que han hecho tus padres. Ella se quedó en silencio por un momento, procesando mis palabras. Finalmente, escribió: “¿Y si me arrepiento?” —Entonces, siempre podemos encontrar una solución —contesté, sintiendo que mis palabras resonaban con sinceridad—. Pero lo que no podemos hacer es quedarnos parados. No más. Nadya desvió la mirada hacia su plato, pensativa. La atmósfera se volvió más densa, como si ambos supiéramos que estábamos ante un precipicio, a punto de dar un salto hacia lo desconocido. "Lo haré" finalmente escribió, y su pulso parecía cambiar en el aire. —¿Estás segura? —pregunté con precaución. “Sí,” me mostró. Su resolución era palpable, y, por un momento, me sentí esperanzado.
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