29 días

784 Words
Ethan Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario. Esa sonrisa suya, esa manera en que intenta disimular que está nerviosa y termina delatándose sola… era peligrosa. Para mí. Para mis planes. Para esos malditos treinta días que yo mismo había propuesto con una seguridad que ahora empezaba a sentir temeraria. Cerré la puerta de mi oficina cuando ella se fue y apoyé la frente contra la madera. Respiré hondo. Concéntrate, Ethan. Esto no es un juego. Mentira. Claro que lo era. Y uno delicioso. Miré el reloj. Las agujas avanzaban con una crueldad innecesaria. El tiempo nunca había sido un problema para mí, hasta que decidí gastarlo intentando enamorar a una mujer que me desarmaba con una sola ceja arqueada. Tomé el saco del respaldo de la silla y me lo puse con movimientos mecánicos. El espejo me devolvió la imagen de un hombre que parecía tranquilo, seguro… y completamente perdido. —Treinta días —murmuré—. Veintinueve, en realidad. Salí de la oficina con paso firme, aunque por dentro iba repasando cada palabra que pensaba decirle. No porque no supiera qué decir, sino porque con Ana nunca sabía cómo iba a reaccionar. Y eso… me encantaba. Caminé hacia su escritorio. Ella estaba concentrada en la pantalla, mordiéndose el labio inferior. Anoté mentalmente dejar de fijarme en esos detalles si quería sobrevivir emocionalmente a este mes. Me detuve frente a su escritorio y dejé una rosa roja, perfectamente colocada, sobre la superficie. —Desde hoy —dije—, siempre recibirás una rosa. Ella levantó la vista, sorprendida. Por un segundo pareció no entender lo que veía. Luego sonrió. No una sonrisa educada, no una sonrisa de compromiso. Una real. De esas que te hacen pensar que quizá no estás completamente loco por intentar esto. Tomó la rosa, la acercó a su nariz y la olió con cuidado. —Es preciosa —dijo en voz baja. Respira, Ethan. —¿Lista para la misión especial? —pregunté, apoyándome con naturalidad en el borde del escritorio. Ella se puso de pie, sosteniendo la rosa como si fuera algo frágil. —Espero que la pizza tenga mucha piña —dijo, muy seria. Solté una carcajada. —Me estás desafiando desde el primer día. Me gusta. Caminamos juntos hacia el elevador. El sonido de nuestros pasos se mezclaba con una expectativa que no necesitaba palabras. Entramos y presioné el botón. Bajamos dos pisos cuando las puertas se abrieron de nuevo. William. —Buenas noches, jefe —saludó con una sonrisa que conocía demasiado bien. Luego miró a Ana. Su voz bajó, se volvió más grave, más… intencional. —Que tengas una linda noche, Ana. Ella tartamudeó algo que no entendí. Yo sí entendí, en cambio, cómo mi mandíbula se tensaba sola. No dije nada. No hacía falta. William siempre sabía exactamente dónde pisar. Las puertas se abrieron por completo y él salió. Antes de irse, se giró. —Espero que termines pronto tu trabajo, Ana. Y se fue. Sonriendo. Me giré hacia ella. Ana estaba haciendo una mueca exagerada hacia la espalda de William, como una niña pillada haciendo travesuras. No pude evitar sonreír. —Eso fue… muy profesional —comenté. —Me contuve —respondió sin arrepentimiento. Seguimos caminando hacia la salida. —Ana —la llamé. Ella se giró. —¿Sí? —¿A dónde vas? —A tomar un taxi. Negué con la cabeza. —Ana, no sabes a dónde vamos. Así que sube a mi auto, ah… y toma este tiempo como un retiro espiritual. Ella arqueó una ceja. —¿Qué? Sonreí. —Lo que escuchaste. Un retiro espiritual. —Señor… ¿a dónde vamos? Me giré hacia ella, sonriendo como alguien que disfruta demasiado guardar secretos. —Solo tengo treinta días… o mejor dicho, veintinueve días para enamorarte. No puedo perder el tiempo. Su expresión cambió. —Señor… —Ethan —la corregí suavemente—. Ana, dime Ethan. Dudó un segundo. Luego asintió. —Ethan. Abrí la puerta del auto y la invité a subir. Arranqué el motor y comenzamos a avanzar. Noté cómo miraba por la ventana hasta que frunció el ceño. —Ethan… eso es el aeropuerto. —Correcto. —¿A dónde vamos?. —A nuestra misión especial. Me miró, incrédula. —¿Vamos a subirnos a un avión? Sonreí. —Exacto. —Yo… yo no traje ropa. —A donde vamos no la vas a necesitar. Sus ojos se abrieron como platos. —¿Qué? Reí. —Tranquila. Puedes estar tranquila. —Ethan… —Tu hermana Sofía envió tu equipaje. El silencio que siguió fue glorioso. Sabía que acababa de cruzar una línea. Y también sabía que ella iba a seguirme igual.
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