Huyendo

1301 Words
Salí de la oficina de Ethan prácticamente huyendo. No, huyendo no. Retirándome estratégicamente, suena menos desesperado. O mejor dicho como alma que lleva el diablo. Me detuve frente a mi escritorio y respiré profundo. Uno, dos, tres…. —Tranquila, Ana… —me dije en voz baja, apoyando las manos en la mesa—. No pasó nada. Solo te tomó de la cintura. Solo te miró con esos ojos que parecen leer tu mente. Solo respiró tan cerca que casi se te olvidó cómo funciona el oxígeno. Nada grave. Sí, claro. Nada grave. Me senté en la silla y abrí la computadora, tecleando como si mi vida dependiera de ello. Lo único que debía hacer era concentrarme en el trabajo, ignorar el hecho de que mis piernas aún temblaban y que el corazón se me había vuelto un tambor de guerra. Me había prometido no caer, no ilusionarme. Él solo quería probarme, poner a prueba su estúpido experimento de “treinta días para enamorarte”. Y aquí estaba yo, cayendo como una tonta en el día… ¿qué? ¿Uno?.Ni siquiera quería contar, Dios. —Ana —escuché la voz de William detrás de mí, y mis dedos se detuvieron sobre el teclado. Respira, Ana. Respira. Giré despacio. Él sonreía, tan encantador como siempre, con esa seguridad que a veces me daba ganas de lanzarle una grapadora. —¿Sí, señor Salvatierra? —pregunté lo más formal que pude. —Te dije que me llamaras William —contestó, inclinándose ligeramente sobre mi escritorio—. Solo William. Sonreí nerviosa. —Claro, William. ¿Necesitabas algo? —Estaba pensando… —bajó la voz, mirándome con esa expresión que a muchas haría derretirse—, ¿estás libre esta noche? Oh, no. No, no, no. Esto era una broma del destino. Tenía que serlo. Abrí la boca para responder, pero una voz profunda y muy conocida se adelantó. —Ella no está libre esta noche. Tragué saliva. Lentamente giré hacia la puerta. Ethan estaba allí, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tan triunfal que daban ganas de empujarlo. Perfecto. Mi jefe, el hombre que me había tomado de la cintura minutos antes, acababa de marcar territorio en plena oficina. Por dentro, mi cerebro gritaba: ¿EN SERIO, ETHAN? ¿ASÍ ES COMO SE GANA UN CONCURSO DE 30 DÍAS? ¡ACTUANDO COMO UN GATO CELOSO! —¿No estoy libre? —pregunté, intentando sonar casual. —No —respondió sin mirarme siquiera—. Tienes trabajo pendiente. William se giró hacia él, con esa calma que solo tienen los que disfrutan provocar incendios. —Señor Ethan —dijo, sonriendo—, le recuerdo que el horario laboral termina a las seis, y usted mismo impuso la regla de que no se permitían horas extras innecesarias. Yo habría aplaudido su osadía si no estuviera en medio de los dos. Ethan sonrió despacio, esa sonrisa peligrosa que significaba: te voy a ganar, pero con estilo. —Cierto —admitió—. Pero esta noche no son horas extras. Es una misión especial. —¿Una misión? —repetí, casi atragantándome con mis propias palabras. Él asintió. —Muy confidencial —añadió, mirándome de reojo con un brillo divertido en los ojos—. Solo alguien con tus… habilidades puede ayudarme. William arqueó una ceja, evidentemente divertido. —Entiendo —dijo—. No quisiera interferir con asuntos tan importantes. Será otra vez, entonces. Se despidió con una sonrisa que me hizo sospechar que disfrutaba cada segundo del espectáculo y se alejó por el pasillo. Apenas desapareció, giré hacia Ethan con los brazos cruzados. —¿Misión especial? —pregunté, alzando una ceja. Él se encogió de hombros, caminando hacia mí. —Funcionó, ¿no? —dijo con una sonrisa. —¿Funcionó qué? ¿Tu plan de asustar a todos los hombres de la oficina? —repliqué. —Solo a uno —contestó, tomando un papel de mi escritorio—. Y admitámoslo, lo hice bastante bien. —¡Ethan! —protesté, poniéndome de pie—. No puedes hacer eso. —¿Hacer qué? —Eso de aparecer y decidir que no estoy libre. —Pero no lo estás —replicó con toda la calma del mundo. —¡No puedes decidirlo tú! —Claro que puedo. Soy tu jefe. —¡Y un jefe no dice “ella no está libre esta noche”! —dije, haciendo comillas en el aire. Él me miró un segundo, divertido. —Lo diré de otra forma, entonces. “Mi asistente tiene una misión prioritaria que solo puede cumplirse esta noche”. ¿Mejor? Rodé los ojos. —No. —¿Y si te digo que incluye pizza? —...¿Con piña o sin piña? —Como prefieras. Lo odiaba. Lo odiaba porque sabía exactamente cómo desarmarme. —Ethan, no puedes… —empecé, pero él me interrumpió, inclinándose apenas hacia mí. —Ana, ¿de verdad querías ir con William esta noche? —preguntó en voz baja. —No lo sé —mentí descaradamente. —Mentira —dijo con una sonrisa. Me crucé de brazos. —Aunque quisiera, no es asunto tuyo. —Claro que lo es. —¿Por qué? —Porque tengo treinta días —respondió con descaro. Mis mejillas ardieron. —¡Eres imposible! —Y tú estás sonriendo. Me mordí el labio, odiando lo mucho que tenía razón. —No sonrío. Estoy… respirando. —De forma muy bonita, debo decir. Bufé, dándole la espalda antes de que pudiera verme reír. —Voy por un café. —Tráeme uno —pidió con su voz más inocente. —Tráetelo tú —repliqué, caminando hacia la máquina. Escuché sus pasos detrás de mí. Por supuesto que me seguía. No sabía quedarse quieto cuando podía molestarme. —¿Sabes, Ana? —dijo cuando llegamos a la cafetera—. Creo que William está empezando a interesarse demasiado en ti. —¿Y tú estás empezando a sonar demasiado como un novio celoso? —Qué coincidencia —respondió sonriendo—. Yo también lo noté. —Ethan… —¿Sí? —Deberías aprender a disimular. —¿Y perderme tus reacciones? Ni loco. Solté una carcajada, intentando no mirarlo directamente. —No sé cómo sigues siendo jefe. —Encanto natural. —Egocentrismo, querrás decir. —Funciona igual. Nos quedamos un momento en silencio, y por primera vez en el día, me sentí tranquila. Aunque él me volviera loca, había algo en su forma de hablarme que me hacía olvidar el resto del mundo. Tomé el café, le pasé uno sin mirarlo. —Aquí tienes. —¿Ves? Eres la mejor asistente que he tenido. —Soy la única asistente que te soporta. —También es verdad —admitió riendo. Caminamos de regreso a la oficina. En el camino, varios compañeros nos miraron curiosos; no era raro que se corrieran rumores, sobre todo cuando mi jefecito se le ocurrió proponerme matrimonio apenas ayer en la sala de juntas. Cuando llegamos, me senté y fingí revisar correos. Ethan se apoyó en el borde de mi escritorio, observándome. —¿Qué? —pregunté sin mirarlo. —Nada. Solo pensaba que haces ver el trabajo menos aburrido. —Eso suena como acoso laboral. —No lo es si es cierto. —Sí lo es, señor Ethan. —Entonces considéralo motivación. —¿Para qué? ¿Para no renunciar antes de los treinta días? —dije. —Exactamente. Negué con la cabeza, sonriendo pese a mí misma. —No sé qué voy a hacer contigo. —Enamorarte, espero. Me atraganté con el café y él rió, satisfecho de su propio chiste. —¡Eres un desastre! —le dije entre risas. —Y tú te estás riendo otra vez —señaló triunfante.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD