Ethan
Salí de la oficina de William con la mandíbula tan apretada que casi escuché cómo mis dientes protestaban, joder.
Cerré los puños dentro de los bolsillos del pantalón, intentando no pensar en cómo sonreía ese idiota de William.
Sonrisa fácil, manos sueltas, y esa costumbre asquerosa de inclinarse demasiado cuando hablaba con Ana.
Ana.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó al pensar en ella. No tenía derecho a afectarme tanto, pero lo hacía.
—¿Señor? —La voz de Bermúdez me sacó del torbellino que tenía en la cabeza. El pobre hombre trotaba detrás de mí, intentando seguir mi paso—. ¿Sucedió algo con el señor Salvatierra?
Respiré hondo y conté hasta tres antes de responder.
—No, Bermúdez. Todavía no —dije con calma fingida—. Pero espero que no cruce la línea.
Bermúdez asintió, aunque sabía que no entendía ni la mitad.
Seguimos caminando por el pasillo hasta llegar a mi oficina. La puerta doble de madera oscura se abrió ante nosotros, y lo primero que hice fue buscarla con la mirada. No estaba en su escritorio.
Genial. Justo cuando necesitaba verla, desaparecía.
Me giré hacia Bermúdez.
—Busca a Ana. Dile que venga a mi oficina. Ahora.
—Sí, señor.
Mientras él se alejaba, me solté el nudo de la corbata y me dejé caer en el sillón. Saqué la botella de whisky del mueble y serví un vaso hasta el borde.
No suelo beber en horas de trabajo, pero el día lo ameritaba. Bebí un trago largo, sintiendo cómo el calor del licor me bajaba por la garganta.
Tenía que calmarme. No podía dejar que nadie, ni siquiera ella, me viera perder el control. No soy de esos hombres. O al menos, no solía serlo.
El sonido de la puerta abriéndose me hizo levantar la vista.
—¿Me buscaba, señor? —dijo Ana desde el umbral, con esa voz dulce que siempre parecía una caricia.
Solté el vaso y lo dejé sobre el escritorio, girando apenas la silla. Ella exhaló un suspiro antes de entrar, como si necesitara armarse de valor para hacerlo.
No pude evitar sonreír.
—Espero que ese suspiro sea por mí —dije, cruzando las manos detrás de la cabeza.
—¿Eh? —parpadeó confundida, ruborizándose de inmediato—. No, yo… es que… estaba un poco cansada, nada más.
—Claro —respondí, levantándome despacio—. Cansada.
Cada paso que di hacia ella hizo que retrocediera uno. Dos pasos atrás. Luego tres. Hasta que su espalda chocó con el marco de la puerta.
—¿Dónde estaba? —pregunté con un tono más bajo, casi ronco.
—Fui a… archivar unos documentos —dijo, pero su voz titubeó.
—¿En el piso de William Salvatierra, quizás? —repliqué, inclinándome apenas hacia ella.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué? ¡No! Yo… solo fui a la sala de copias, lo juro.
La manera en que movía las manos cuando se ponía nerviosa era… adorable. O irritante, dependiendo del grado de celos que tuviera encima. Hoy era adorable.
Solté una leve risa y di un paso atrás, dejándole espacio para respirar.
Ella aprovechó el gesto para girarse hacia la puerta.
—Bueno, si ya terminó de interrogarme, señor Ethan, yo… —empezó a decir, pero no la dejé terminar.
Sin pensarlo, la tomé suavemente por la cintura y la acerqué hacia mí. Su perfume me envolvió, cálido, dulce, y por un segundo el mundo entero se redujo a esa distancia imposible entre los dos.
—Todavía no he terminado el día, Ana —susurré.
Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos, pero no se apartó. Yo podía sentir su respiración chocar contra mi camisa, rápida, nerviosa.
Y entonces, justo en el peor, o mejor, momento, la puerta se abrió.
—¿Interrumpo? —preguntó una voz demasiado conocida.
William.
Me quedé inmóvil un segundo, con las manos aún en la cintura de Ana. Ella se separó de golpe, roja hasta las orejas, mientras yo soltaba el aire con la paciencia de un santo en ruinas.
—Para nada —dije, enderezando el saco con calma—. Estábamos… revisando unos detalles.
Ana tosió, buscando el suelo con la mirada.
—Sí… detalles —repitió, tragando saliva.
William arqueó una ceja, claramente disfrutando el espectáculo.
—Parece que interrumpo algo más interesante que un informe —añadió con una sonrisa que me dio ganas de romperle la suya.
—¿Qué necesitas, William? —pregunté, con un tono tan frío que podría haber congelado el whisky del escritorio.
Él alzó una carpeta.
—Solo dejarle esto jefe —dijo, dándome el gusto de esa palabra—. Pero puedo volver más tarde… si están ocupados.
—No, no —intervino Ana rápidamente—. Ya me iba.
Y antes de que yo pudiera decir algo más, escapó por la puerta, dejando atrás el rastro de su perfume y mi cordura.
William me tendió la carpeta con esa sonrisa suya.