Declaración de guerra

1172 Words
Ethan La seguí con la mirada mientras salía del ascensor. Su paso era firme, elegante, decidido… y a mí me costaba recordar que era mi asistente y no la mujer que cada noche aparecía en mis pensamientos. Caminaba frente a mí con ese aire inocente que la hacía peligrosa, sin darse cuenta de lo mucho que alteraba cada uno de mis sentidos. Cuando entramos a la sala de juntas, los inversionistas ya estaban acomodados. Me saludaron con respeto, estrechando mi mano, y yo respondí mecánicamente, porque en realidad solo tenía mi atención puesta en ella. Ana estaba colocando los documentos sobre la mesa con esa perfección que la caracterizaba, cuidando cada detalle, cada hoja, cada gesto. Entonces entró William. Mi contador. El tipo correcto, puntual, eficiente… y bastante idiota cuando se lo propone. —Buenos días a todos —dijo con esa sonrisa de suficiencia últimamente me molesta. Dejó una carpeta frente a Ana y añadió—: Aquí están los documentos revisados, justo como pediste. Ella levantó la vista, agradecida. —Gracias, William —respondió con esa dulzura que, sin querer, me atraviesa el pecho. Y entonces ocurrió. Él rozó sus dedos con los de ella. Un gesto mínimo, casi imperceptible para los demás, pero no para mí. Vi el contacto. Vi cómo la piel de ella se erizaba apenas un segundo antes de apartar la mano. Y sentí cómo mi cuerpo se tensaba al instante. Una corriente de celos me recorrió la espalda. Tuve que cerrar los puños bajo la mesa para no perder el control. Respiré hondo, clavando la mirada en el centro de la mesa, fingiendo que no había pasado nada. Ella no lo notó. William sí. El imbécil me miró, sonrió apenas y se sentó frente a nosotros como si nada. Yo también sonreí, pero la mía no fue una sonrisa amable. Fue la clase de sonrisa que avisa que estás a punto de cruzar una línea peligrosa. —Bien, empecemos —dije con voz firme, recuperando el control. La reunión comenzó, pero yo no escuchaba nada. Mientras ella hablaba, mientras presentaba los informes con su voz clara y segura, mi mente solo registraba el temblor de su mano, el brillo en sus ojos y el maldito recuerdo de ese roce. William la miraba demasiado. Demasiado tiempo. Demasiado interés. Y yo, sentado a su lado, me sentía en una tortura constante. Cuando ella se levantó para explicar la gráfica del tercer trimestre, él también se puso de pie. —Déjame ayudarte con eso, Ana —dijo, inclinándose hacia ella para conectar el cable del proyector. Yo lo observaba, ada movimiento. Cada milímetro que lo acercaba a ella. Ana intentó retroceder, nerviosa. —No, está bien, puedo hacerlo sola. Pero él ya había extendido la mano, rozando la suya una vez más. Y entonces lo dije. —William. Mi voz sonó baja, pero tan cortante que todos en la mesa levantaron la cabeza. No me molesté en ocultar el tono. Él me miró, algo confundido. —¿Sí, señor Jones? Lo miré fijamente, sin pestañear. —Creo que Ana puede manejarlo sola. Le pago para eso, ¿no? El silencio se hizo pesado. Nadie se atrevió a decir nada. William carraspeó y se apartó con una sonrisa nerviosa. —Por supuesto, señor. Ana me miró, sorprendida, con ese brillo en los ojos que mezclaba agradecimiento y confusión. —Yo… ya lo tengo —dijo apenas, mientras el proyector encendía y la imagen aparecía en la pantalla. Me recliné en la silla, intentando volver a respirar con normalidad. Pero no podía. Mi pulso seguía acelerado. Durante el resto de la presentación, fingí escuchar los números, pero lo único que escuchaba era el sonido de su voz. Y cuando terminó, cuando la sala estalló en aplausos por la exposición, yo solo podía pensar en una cosa: Treinta días. Eso me había prometido. Treinta días para conquistarla. Pero viendo cómo la miran los demás, cómo reacciono solo con verla sonreírle a otro, empiezo a creer que soy yo quien va a terminar completamente rendido antes de que acabe la semana. Salí de la oficina antes que Ana, no confiaba en mi propio autocontrol si me quedaba un segundo más viéndola reír. Mis pasos resonaban con fuerza por el pasillo, cada uno marcado por la rabia contenida que me recorría las venas. No podía sacarme de la cabeza la imagen de William rozando su mano con la de ella, esa sonrisa suya tan malditamente provocadora, como si lo hubiera hecho solo para desafiarme. Sin pensarlo, giré hacia su oficina y empujé la puerta sin tocar. William levantó la vista de los papeles con esa expresión suya, relajada, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo. Cerré la puerta detrás de mí con un golpe seco, y di un paso hacia él. —Quiero verte lejos de Ana —dije, con la voz tan baja que casi me sorprendió no escucharla temblar de ira. Mis manos estaban firmes, pero por dentro ardía. No lo estaba advirtiendo, se lo estaba exigiendo. Él dejó el bolígrafo sobre la mesa, se reclinó en la silla y me miró con una sonrisa ladeada, de esas que uno solo lanza cuando sabe que está ganando una partida invisible. —Lamento decepcionarte, señor Jones —respondió con una calma que me sacó de quicio—, pero simplemente no puedo. Ana trabaja conmigo todos los días… y, seamos honestos, ¿quién podría querer estar lejos de una mujer así?. Su tono era burlón, medido, pero cargado de intención. Y ahí, justo en ese instante, supe que ese idiota acababa de declararme una guerra silenciosa. Di un paso más hacia él, dejando que la distancia entre ambos se redujera a nada. —No fue una petición, William, fue una orden —dije, con la mandíbula tan tensa que apenas podía articular palabra. Él se levantó lentamente, ajustando su corbata con esa maldita tranquilidad que solo él podía tener. —Señor Jones —dijo, alzando una ceja—, sé muy bien que usted le propuso matrimonio a Ana. Pero también sé que ella no aceptó. Y sé más cosas… —Su voz se tornó más baja, desafiante—. Tal vez debería aceptar que ella no necesita que la protejan, sino que la amen. Mi respiración se volvió pesada. Podía sentir cómo la sangre me hervía en las sienes. Estaba a un segundo de perder la compostura, de romperle esa sonrisa del rostro. —Que gane el mejor —añadió William, con una media sonrisa antes de cruzarse de brazos, seguro de haberme descolocado por completo. Justo cuando mis puños se cerraron con fuerza y estuve a punto de fallar, la puerta se abrió de golpe. Bermúdez apareció en el marco, con los ojos muy abiertos. —Señor, ¿le sucede algo? —preguntó, notando el ambiente cargado y la tensión que podía cortarse con un cuchillo. Tragué aire, solté lentamente mis puños y me obligué a recuperar la compostura. William sonreía todavía. Y yo supe que esto recién comenzaba.
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