Ethan.
La miré de reojo.
Tan hermosa… tan naturalmente perfecta, que parece un caos a punto de desordenar mi mundo.
Su perfil iluminado por la luz de la mañana era una pintura imposible de ignorar.
Cada vez que respiraba, algo dentro de mí se tensaba, y cada kilómetro que avanzábamos se sentía como una batalla perdida.
—¿Y estás preparada? —pregunté al fin, rompiendo el enorme silencio que se había instalado entre nosotros.
—Sí, señor, claro que sí —respondió con esa voz suya que siempre me quiebra la calma—. Estoy más que lista. Es más, creo que hoy los inversionistas quedarán satisfechos.
No pude evitar sonreír.
Claro que sí, pensé. Los inversionistas quedarían más que satisfechos, como siempre. Ana tiene esa habilidad de cautivar a todos con solo sonreír, con solo mirar.
Durante mucho tiempo me pregunté qué tenía de especial… y ahora lo entiendo.
Ahora que mi corazón late con tanta fuerza cada vez que la tengo cerca, veo la razón con claridad.
—Listo, por fin llegamos —dijo ella con un suspiro cuando aparqué el auto en el estacionamiento subterráneo de la empresa.
Iba a ofrecerme a abrirle la puerta, pero ni tiempo me dio.
Salió como alma que lleva el diablo, su cabello se agitó ligeramente y el sonido de sus tacones contra el suelo resonó como una provocación.
Sonreí de medio lado, negando con la cabeza, y salí tras ella.
Caminó con paso rápido hacia el ascensor, con esa mezcla de profesionalismo y nervios que la hacen tan… adorable.
Aceleré el paso, siguiéndola.
El ascensor se abrió y ella entró primero. Su aroma, una mezcla sutil de vainilla y algo floral, me envolvió por completo.
Yo iba a entrar detrás cuando escuché una voz masculina que me detuvo por un instante.
—Buenos días, Ana —saludó William, mi contador, con una sonrisa demasiado confiada mientras se unía a nosotros en el elevador.
Ana se giró hacia él, un tanto incómoda, y respondió con cortesía.
—Buenos días, William.
William no apartó la vista de ella.
Ese gesto me hizo apretar la mandíbula.
Sentí cómo la rabia se me subía al pecho.
No tenía derecho, lo sabía. Ella era libre, y William no hacía nada fuera de lugar. Pero aun así…
Ver cómo sus ojos se posaban sobre Ana, cómo le sonreía, me resultó insoportable.
Ella, nerviosa, bajó la mirada, jugueteando con el asa de su bolso.
—¿Listos para la reunión? —preguntó William con tono amable, sin quitarle la vista de encima.
Yo ya no sonreía.
—William —dije con calma, aunque mi voz sonó más grave de lo habitual.
Él se volvió hacia mí, sorprendido por el tono.
—¿Sí, señor Jones?
—La junta con los inversionistas se ha movido diez minutos. Necesito que vayas a confirmar el orden de los documentos con el área legal, ¿puedes hacerlo?
William dudó un segundo, notando que mi mirada no admitía discusión.
—Claro, señor. Enseguida.
El contador bajó del elevador justo antes de que las puertas se cerraran.
Ana lo observó con desconcierto, luego me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Era necesario eso? —preguntó con voz baja, casi susurrando.
—Totalmente —respondí sin apartar la vista del panel mientras presionaba el botón para subir al piso veintitrés.
El ascensor comenzó a moverse, y el silencio volvió, pero esta vez no era incómodo… era eléctrico.
Me giré lentamente hacia ella.
Estaba tan cerca que podía notar cómo el leve temblor de sus manos traicionaba su aparente serenidad.
Su respiración se volvió un poco más rápida cuando nuestros ojos se encontraron.
—No me gusta cómo te mira —dije finalmente, en un tono tan bajo que apenas se oía por encima del sonido del ascensor.
—¿Cómo? —preguntó, ruborizándose.
—William —aclaré, dando un paso más hacia ella—. No me gusta cómo te mira.
—Él… solo es amable, señor.
—Ethan —la corregí, inclinándome un poco—. Te dije que me llames Ethan.
Ella tragó saliva.
El ascensor siguió subiendo, y con cada metro que nos alejábamos del suelo, sentía que la distancia entre nosotros desaparecía.
Me apoyé en la pared del fondo, muy cerca de ella. Lo suficiente para que pudiera sentir el calor de mi cuerpo sin tocarla.
Su perfume me envolvía.
—Ana… —dije despacio, mi voz rozando apenas su oído—. Si quieres que mantenga la calma estos treinta días, no me mires así.
Ella me miró confundida, sonrojada.
—¿Así cómo?
Sonreí, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Como si ya supieras que estás ganando.
El ascensor emitió un sonido suave al llegar al piso. Las puertas se abrieron, pero ninguno de los dos se movió por un instante.
Ella respiró hondo, intentando recuperar la compostura, y dio un paso al frente.
Yo esperé medio segundo y la seguí, aunque por dentro sabía que el juego apenas comenzaba.
Treinta días.
Y con solo verla enrojecer, supe que no necesitaba tanto.