Lucas
Antes
Las semanas pasaron con una rapidez asombrosa, fusionándose en un torbellino de apuntes, laboratorios y el vibrante zumbido de la vida universitaria. Las clases de mecatrónica seguían siendo mi ancla, un refugio donde la lógica reinaba y las complejidades de la robótica y la programación absorbían mi mente. Mis amigos, Nick y Henry, eran un buen contrapunto al caos divertido de Will en el dormitorio. Estaba adaptándome, estaba aprendiendo a vivir lejos de casa, a ser independiente. Todo parecía ir bien.
Excepto por la Dra. Thorne.
Su presencia en el aula era una mezcla de magnetismo y frialdad. Impecable, siempre con un traje de sastre y su moño estricto, hablaba de ecuaciones y algoritmos con una precisión quirúrgica. Su voz era una especie de arrullo monótono que, sin embargo, lograba mantener a todos hipnotizados. Se rumoreaba que era brillante, una eminencia en su campo, pero también que su rigor rozaba la crueldad.
Al principio, su atención hacia mí me pareció… halagadora. O eso intentaba convencerme. En las clases, sus ojos se posaban en mí con una frecuencia inquietante. Mientras otros sudaban para seguir sus explicaciones, yo, de alguna manera, captaba la esencia. Ella lo notaba. No era una sonrisa, ni un gesto de aprobación. Era una fijación. Una mirada sostenida que duraba unos segundos de más, haciéndome sentir que era el único alumno en la sala.
Luego, la atención se hizo más directa.
—Señor Vittini —su voz cortaba el aire como una cuchilla—. ¿Podría venir a mi oficina al final de la clase? Necesito hablar con usted sobre su último trabajo.
Siempre eran mis trabajos. Siempre había algo "que pulir". Al principio, era solo una revisión rápida, un par de sugerencias técnicas. Pero luego, los "recados" empezaron.
—Señor Vittini, ¿sería tan amable de llevar estos documentos a la secretaría del departamento? Están en mi escritorio. Es urgente.
—Lucas —la primera vez que usó mi nombre, me sobresalté. Era en el pasillo, fuera del aula, una tarde. Su voz, aunque formal, tenía un matiz nuevo, casi íntimo. Me detuve—. ¿Podría pasar por un café antes de mi clase de las diez? n***o, sin azúcar. Tengo una presentación importante.
Siempre había una justificación: "Es urgente", "Tengo una presentación", "Necesito ayuda extra". Al principio, lo atribuí a su apretada agenda. Pensé que, de alguna manera, me estaba eligiendo por mi aptitud, por mi inteligencia. Tal vez me estaba "probando", como si fuera una especie de mentor. Me sentía incómodo, sí. Los compañeros empezaron a notarlo. Nick bromeaba: "¿Ya eres el asistente personal de la Thorne, Lucas?" Me reía, pero la verdad era que la situación se volvía cada vez más extraña.
Sus críticas a mis trabajos, a pesar de que yo sentía que eran buenos, se volvieron más duras. A veces, me entregaba una nota baja con un solo comentario: "Insuficiente". Luego, me citaba después de clase.
—Lucas, su potencial es innegable —dijo una tarde, mientras el aula se vaciaba. Solo quedábamos nosotros dos. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas, creando un ambiente extrañamente íntimo—. Pero su ejecución… es inconsistente. Necesita más dedicación.
Me quedaba una hora o más. Revisábamos un ejercicio que ya había dominado. La corregía, me hacía rehacerlo, y luego, sin previo aviso, la conversación cambiaba.
—¿Cómo le va con su compañero de habitación, Lucas? ¿Es ruidoso? ¿Le gusta la ciudad, Boston? ¿Ha visitado algún museo?
Las preguntas eran inocentes, pero la sensación de que estaba invadiendo mi espacio, mi privacidad, se hacía más palpable. Sus ojos, los mismos que analizaban complejas ecuaciones, ahora me escaneaban a mí. Me sentía… expuesto. Como un insecto bajo un microscopio.
Un viernes por la tarde, la última clase de la semana había terminado. Me disponía a recoger mis cosas cuando su voz cortó el silencio.
—Lucas. Un momento.
Me detuve. La escuché acercarse, el sonido de sus tacones resonando en el suelo.
—Tengo un proyecto personal muy importante, algo que podría cambiar el rumbo de mis investigaciones. Es una carga de trabajo inmensa, y necesito una mente brillante como la suya para ayudarme. Le pagaría, por supuesto. —Hizo una pausa—. Necesitaría que viniera a mi casa esta noche. Sobre las ocho. Para discutir los detalles y empezar a trabajar.
El aire se me quedó atorado en los pulmones. ¿Su casa? Un viernes por la noche. La idea me produjo un escalofrío que no pude disimular. Era demasiado personal, demasiado íntimo. No era una tutoría, no era un recado. Era algo diferente. Algo que, en mi ingenuidad, no podía nombrar, pero que me erizó el vello de la nuca. Mi mente gritó: "No vayas". Pero mi boca, educada y programada para complacer, solo pudo balbucear:
—Claro, Dra. Thorne. A las ocho.
Y así, sin saberlo, crucé el umbral de lo que creía, una oportunidad hacia el inicio de mi propia pesadilla. Esa tarde me la pasé nervioso, impaciente, no me concentre en mis tareas, ni en la conversación con Will, ni cuando fuimos a almorzar y nos quedamos sentados parte de la tarde en la zona de estudio, hablando con algunas chicas, no podía recordar sus nombres ni llevar el hilo de la conversación. Me disculpe en algún momento y regrese a la habitación, le envíe un mensaje a Dan para cancelar nuestra videollamada de esa noche, diciéndole que tenía reunión de estudio para un examen. Luego le envíe un mensaje a mi madre con la misma excusa, pero sí llame a mi padre, porque sabía que estaba en su trabajo. Solo hablamos unos minutos, le pregunté cómo estaba, y cosas superficiales. Cuando cerré la llamada intente dormir, pero solo pude dar vueltas en la cama y por estar tan frustrado me levante, me senté frente a mi PC y empecé a buscar a la profesora Throne en google, leí varios artículos sobre ella, sobre sus trabajos, entrevistas breves, miré fotos de ella por un largo rato y cuando se acercaba la hora, me fui a duchar y me vestí semi forma, me lleve mi mochila por si me encontraba a Will de camino para decirle que iba a estudiar con mis compañeros.