Lucas
Los días en la casa del campo de la abuela Lena se mezclaban en una neblina densa. El sol salía y se ponía, pero la rutina era la misma: levantarme con el eco de pesadillas, intentar comer algo que mi estómago no rechazara, y luego, el whisky. Era mi anestesia, mi escape temporal de las imágenes de la Dra. Thorne, de sus castigos, de la vergüenza que me carcomía. Martín era mi sombra fiel. Había cumplido su promesa de no hablarle a Leia, pero su presencia constante, sus intentos de sacarme de mi letargo, eran una especie de tortura silenciosa.
Me había forzado a ir con él al hogar de niños, a pasear por el pueblo, a cenar fuera algunas noches. Pequeñas victorias para él, pequeñas agonías para mí. Cada interacción social, cada roce inesperado, me ponía en alerta. La piel me ardía, mi cuerpo se tensaba, y las náuseas amenazaban con volver. Luego de varios intentos fallidos, Martín, con la voz suave, pero firme, me había hablado de su amiga psicóloga. Acepté, por él, por la promesa de silencio. Pero mi intención era solo darle el gusto, fingir que buscaba ayuda mientras seguía nadando en mi propio infierno.
Una tarde, estábamos en el hotel de la familia, revisando algunos documentos que papá había pedido a Martín. El lugar, con su familiar aroma a madera pulida y sal marina, siempre me había traído buenos recuerdos. Ahora, cada rincón parecía susurrar una historia que ya no me pertenecía. Estaba revisando unas facturas cuando escuché una voz. Una voz que, a pesar del tiempo y el dolor, reconocería en cualquier parte.
"¡Lucas!"
Mi cuerpo se tensó. El bolígrafo se resbaló de mis dedos y cayó al suelo con un tintineo. No me atrevía a levantar la vista. Sabía quién era. La voz, las pisadas ligeras acercándose.
Cuando finalmente la vi, sentí un puñetazo en el estómago. Aurora. Estaba ahí, a pocos metros. Más madura, sí, con el pelo más largo y un aire de confianza que no recordaba de la chica de dieciocho años que conocí. Llevaba ropa cómoda, un bolso cruzado, y esa sonrisa luminosa que siempre me había desarmado.
La vi. La vi caminar hacia mí, con esa gracia natural que siempre tuvo. Su sonrisa, una explosión de luz en el lobby del hotel, se dirigió directamente a mí. Sentí el pánico, un torbellino frío que me heló la sangre. Intenté retroceder, buscar una salida, pero mis pies parecían anclados al suelo.
—¡Lucas! —repitió, y antes de que pudiera reaccionar, sus brazos me rodearon.
El contacto fue como una descarga eléctrica. Un estallido. El cuerpo me empezó a palpitar. La piel me gritó. Mi mente, que había estado aletargada por el alcohol y el dolor, se activó de golpe, bombardeada por imágenes. Las cuerdas, la oscuridad, el miedo. El cuerpo de Aurora era cálido, suave, pero para mí, era un infierno. Luché por controlar la respiración, por no alejarla de golpe, por no gritar. El pulso me martilleaba en las sienes.
—Hola, Aurora —logré murmurar, mi voz apenas un susurro, mi cuerpo rígido como una tabla.
Ella se separó, su sonrisa aún intacta, sus ojos brillantes. —¿Cómo estás? Leia me dijo que habías vuelto. ¡Qué alegría verte!
Intenté devolverle la sonrisa, pero sentí que mis músculos faciales se negaban a cooperar. Vi la curiosidad en su mirada, la pregunta silenciosa sobre mi rigidez. Martín, a mi lado, había presenciado la escena, y su rostro, que antes había mostrado sorpresa por la aparición de Aurora, ahora estaba teñido de una preocupación profunda. Supe que él entendió mi reacción, que vio el pánico en mis ojos.
La conversación continuó por unos minutos, trivialidades sobre su trabajo como blogger y mi (supuesta) "pausa" en los estudios. Cada palabra era un esfuerzo. Quería que se fuera. Quería correr.
Apenas Aurora se despidió, con la promesa de volver a visitarme en el campo, me di la vuelta, sin esperar a Martín. Corrí. Corrí hasta el baño más cercano, me encerré en un cubículo y me arrodillé frente al inodoro. El cuerpo me convulsionó. Vomité hasta que no quedó nada, hasta que solo brotó bilis, el sabor amargo inundando mi boca y mi garganta.
El cuerpo me dolía, me ardía. El pánico, la náusea, la repulsión. Me di cuenta en ese momento. No podía. No podía sentir nada. Cada vez que alguien me tocaba, el pasado se me echaba encima. La inocencia de un abrazo se convertía en la tortura de un recuerdo. El cuerpo me traicionaba. Estaba enfermo.
Y el simple hecho de que el contacto de Aurora, de su dulce abrazo, hubiera desencadenado tal reacción, me hizo entender la magnitud de mi condena. Quería sentir. Quería que mi cuerpo le respondiera como antes. Recordaba lo bonito que era cuando ambos estábamos juntos, el tacto de su piel, el sabor de sus besos. Pero ahora, cada vez que ella intentara acercarse, sería una batalla. Una batalla que, por mucho que me gustara, no sabía si podría ganar.
—Programa la cita— le dije a Martín que me esperaba fuera del baño. Él asintió, sabía a qué me estaba refiriendo. No me toco y lo agradecí demasiado, porque ahora mismo tenía la piel hipersensible. No fuimos a casa como pensé que haríamos, Martín condujo por el centro del pueblo, estaciono su camioneta frente a un edificio de tres plantas.
—El consultorio de mi amiga es en el segundo piso, ella te espera. Estaré para cuando termines— asentí, tome una larga respiración y luego salí del auto.
Me tomé mi tiempo subiendo las escaleras, con el corazón palpitándome con fuerza en el pecho, las manos sudorosas y la piel sensible, quería volver a vomitar, pero no me quedaba nada en el estómago. No recordaba cuando fue la última vez que comí una comida completa. Con todos sus nutrientes. Podía sentí las gotas de sudor frío bajarme con la espalda. Había una mujer parada en el medio del estrecho pasillo, con un traje impecable y hecho a la medida, de color azul oscuro, me sonrío dulcemente.
—Tú debes de ser Lucas— extendió su mano para saludarme, me quede mirándola, no podía tocarla, no ahora. Junte mis manos despacio.
—Lo siento— bajé la mirada a mis zapatos— ahora mismo estoy demasiado sensible, toda la piel me palpita. No puedo soportar el tocar nada.
—Toda está bien— dijo suavemente, cuando levante la mirada ya había bajado su mano. — Vamos, puedes entrar. — No dije nada, simplemente la seguí. Su oficina era cálida, pintada de un amarillo suave, con muebles blancos.— Puedes sentarte o quedarte de pie.
—Gracias— le dije, me quede de pie, camine por toda la estancia sin tocar ni rozar nada.
—Háblame de ti— no la mire, me quede mirando el cuadro colgado en la pared, no era algo en concreto, eran líneas y colores que se mezclaban entre sí.
—No sé por donde empezar— confesé.
—Por donde quieras. —Tomé aire profundamente.
—¿Qué te ha contado Martín?— le pregunté.
—Él no me ha contado nada, solo me dijo que necesitabas alguien con quien hablar de lo que te está pasando. —Asentí y agradecí en silencio porque no le había dicho nada.
—Estuve viviendo en Boston por un tiempo, para ir a la universidad, estaba bien allí, todo lo bien que se podía estar, entre tantas clases, y todo tan diferente a lo que conocía. Pero en el fondo, estaba feliz. Me incorporé rápido y fácil aquel mundo, más rápido de lo que pensaba— hice una pausa, tomándome aire para llenar mis pulmones. —Entonces, ella me notó, y todo se vino abajo.