Capítulo 2

1117 Words
Steiner Beck despertó al escuchar vehículos frente a su vivienda. Creyendo que se trataba de algún vecino que llegaba tarde a casa y que el ruido cesaría, se dio la vuelta. Al no ser así, se reacomodó en la cama, se frotó sus ojos soñolientos y alcanzó a su mesita de noche para encender la lámpara, a lo que sintió el frío de las sábanas en el espacio vacío a su lado. —Kirstin —dijo en voz baja, pensando que estaría en el baño. Llegaba a ver su propio reflejo en el espejo sobre la cómoda, su pelo revuelto, sus pupilas cenizas deslumbradas. Los pliegues de la almohada se le habían marcado en su cara, justo por encima de su barbita cuidadosamente recortada. Casi en los cincuenta, era veinte años mayor que su esposa, una edad distinta de la que él era plenamente consciente conforme se hacía mayor. Guapetón y atractivo para las mujeres, reparó en que su pelo comenzaba a escasear —más ceniciento que bruno—, y su cara mostraba arrugas más profundas que las marcas dejadas por la almohada. Bostezó y oyó a su mujer abajo de las escaleras. —Kirstin —volvió a llamar, esta vez más alto, preguntándose si se había quedado dormida en el sofá. No hubo respuesta. Esperó un poco más y fue a echar un vistazo a la calle desde la ventana de su dormitorio. Veía vehículos militares aparcados cerca de la iglesia: dos camiones y un yip, más otro más abajo en la carretera. Cruzó el pasillo y fue al segundo dormitorio, una oficina que compartía con su esposa, y volvió a mirar por la ventana que daba al cementerio. Había un camión del ejército por el carril del callejón del camposanto, cerca de la pared. Un foco reflector en la parte trasera transmitía un trazado de luz tenue a lo largo de la frontera —más tenue cuanto más se alejaba—, que exhibía una hilera de soldados desplegados en los límites fronterizos. — ¡Kirstin! —gritó, ya preocupado. Se apresuró a su dormitorio, agarró su pantalón de una silla con respaldo recto junto a la cómoda y se los puso. Fue al armario, sacó una camisa de la percha, y dio con sus zapatos y unos calcetines. Ya vestido, salió al pasillo y bajó las escaleras. —Kirstin —alzó la voz de nuevo. Abrió la puerta de casa y miró afuera. Los camiones, con un conductor sentado en cada uno de ellos y con los motores en marcha, seguían estacionados en el encintado. Una hilera de casas adosadas del siglo XIX se ahilaba en el lado opuesto de la calle, algunas de las cuales seguían mostrando daños por la guerra, a pesar de que había terminado hacía dieciséis años. Ignorando lo que sucedía, había vecinos que corrían las cortinas y atisbaban desde las ventanas, en tanto que otros, en pijamas y batas, se asomaban a las puertas entornadas, curiosos pero precavidos, como si fuesen testigos de algo trágico. Algunos debieron haber sospechado que, con la frontera de Berlín Occidental tan cerca, la poca libertad de la que disfrutaban podría esfumarse como una niebla matinal derretida por el sol naciente. Steiner cerró la puerta principal de casa y entró en la cocina. —Kirstin —alzó la voz, pero sin respuesta aún. Abrió la de la cocina y se detuvo al apercibirse de una nota sobre la mesa, al tiempo que Kirstin hacía entrada. —Steiner, creo que están cerrando la frontera —siseó ella. Parecía faltarle el aire, si bien Steiner ignoraba la razón. —Cariño, ¿qué haces? —preguntó él—. Te he estado llamando. —Tanto ruido me desvelaron —esclareció ella—. Así que salí a ver lo que pasaba. La tanteó más de cerca a ver lo que se traía entre manos, pero su mirada se desvió al papel sobre la mesa con la intención de alcanzarlo. —probablemente sean los militares —dijo ella—. Llegan hasta donde se extiende la vista, más allá de la empresa de ropa junto a la iglesia hasta Strelitzer Straße1. —Steiner, ven a ver —dijo ella, tirándole del brazo—. Hay tropas del ejército en el cementerio. Él vaciló. —Las vi desde la ventana —le dijo Steiner—. ¿Qué están haciendo? —No estoy segura —dijo, acercándose un poco más—. También hay operarios. Se quedó observándola un momento, caviloso, pero sin objetar. El cementerio marcaba la frontera con Berlín Occidental. Es posible que ella tuviese razón. Quizá estuviesen cerrando la frontera. Un rato estuvo Steiner preguntándose cómo es que no había reparado en ello. Y, se apercibió de que era imposible, de que las probabilidades eran escasas. Tenía que haberse mantenido en secreto. O todos los alemanes del Este hubiesen cruzado a Oeste. — ¿Qué voy a hacer con mi abuela? —preguntó Kirstin, preocupada. —Ni idea —respondió él—. Veremos a ver qué pasa. Steiner se preguntaba qué causó el cierre fronterizo. ¿Se trataba de un incidente internacional? ¿O de algún tipo de desavenencia entre el Este y el Oeste? Volvió a mirar el papel y estiró el brazo por la mesa, pero Kirstin se interpuso, arrebatándole la nota. “MMi lista de la compra —se precipitó a decir ella—. Café, patatas, cosméticos, pasta de dientes, plátanos... ¿Alguna otra cosa se te ocurre? Un ruido, como si se dejase caer la puerta trasera de un camión, le atrajo la atención. — ¿Qué está pasando ahí fuera? —preguntó él, ya perdiendo interés en la lista de la compra. —probablemente sean los militares —dijo ella—. Llegan hasta donde se extiende la vista, más allá de la empresa de ropa junto a la iglesia hasta Strelitzer Straße2. Steiner quedó desconcertado. —Pero ¿por qué ahora cierran la frontera? —preguntó—. ¿Podríamos estar en un conflicto bélico? Kirstin vaciló, como si no hubiese caído en eso. —No lo sé —dijo—. Si así fuese, lo sabríamos. —Ni idea —respondió él—. Pero no cerrarían la frontera a medianoche sin razón aparente. —Quizá no quieran que nos vayamos —se limitó ella a decir. —Otras veces la han cerrado —dijo él, manifestando que no se trataba de nada serio o que hubieran sabido. Y, solo temporalmente. Al igual que esta vez. —Pero ¿y si no fuese así? —preguntó ella. Él la abrazó. —Entonces, lo aceptaremos —le dijo—. Como el resto de berlineses del Este.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD