Capítulo 3

1006 Words
Tony Marino llevaba casi dos meses en Alemania recabando información para su próximo libro. Encargado por Green Mansion Publishing para su serie «Historia de las Naciones», ya había escrito «La Historia de Francia» y «La Historia de Bélgica». Ahora estaba escribiendo «La Historia de Alemania». Tenía planteado marcharse de Berlín una semana antes y pasarse por su casa en los Estados Unidos, pero se lo pensó mejor y lo pospuso debido al retraso que llevaba. Cerca de los treinta y cinco años, le daba aires a Elvis Presley, si bien sus ojos y complexión eran algo más morenos. De madre soltera que aún hablaba un inglés con acento, creció en Filadelfia, hogar de tantos emigrados italianos durante la primera mitad del siglo XX. Dominaba el italiano, el francés y el alemán, y pasó un tiempo como traductor del ejército de los Estados Unidos para luego ir a la universidad de G. I. Bill. Su talento innato para la escritura e interés por la historia lo llevaron a la publicación de artículos en diversas revistas antes de ir a parar a su asignación actual con Green Mansion. De pie frente a la cafetera, bostezaba mientras esperaba que su café se hiciese. Nada más levantarse de la cama, ponía la radio para enterarse de los resultados de béisbol en la cadena de noticias del ejército norteamericano. Se había aficionado, casi obsesionado, a este juego desde que jugaba en las calles del sur de Filadelfia. Y era de los Philadelphia Phillies, horribles y el peor equipo de béisbol, lo cual resultaba arduo ser un fiel incondicional. La noche anterior cayeron 4-0 contra los Pittsburgh Pirate, logrando solo 5 imparables tras haber perdido ese día anterior y el anterior a ese. De hecho, habían perdido catorce partidos consecutivos. Y el locutor apenas aludía a los Phillies. Los Yankees eran el centro de atención de todo el país. Roger Maris, a punto de batir la plusmarca de Babe de más jonrones en una temporada, anotó su 43º jonrón. Había un batiburrillo de aficionados. Algunos, esperanzados de que una estrella actual pudiese llevarse la plusmarca, iban con Maris, en tanto que otros eran incondicionales de Babe. Unos ruidos en el exterior de la tercera planta de su apartamento en la sección francesa de Berlín Occidental, distrajeron a Marino, así que fue a echar un vistazo afuera para ver si se trataban de operarios o soldados los que irrumpían la tranquilidad de aquella mañana de domingo. El edificio donde vivía bordeaba un cementerio delimitado por una pared de piedra de unos noventa centímetros que soldados de a pie marchaban por las demarcaciones del camposanto a unos metros entre ellos. Mientras que algunos operarios clavaban a golpes unos mástiles de madera en el suelo, otros instalaban alambre de púas entre los postes. Llegaba a ver sus rostros tal cual construían la barrera, soldados que ordenaban y otros que fumaban cigarrillos. Parecía surrealista. El camposanto era enorme. El tramo a lo largo de la frontera tenía forma del pie de la letra L, y más allá, la Iglesia de la Reconciliación y una hilera de casas adosadas. En lo que quedaba del cementerio, la parte de la letra ele, se extendían varios metros ya en Berlín Oriental. Strelitzer Straße era la calle más cercana que interceptaba el Este y el Oeste. Marino veía barreras de cemento que bloqueaban la carretera, soldados espaciados uniformemente alrededor. El día antes, la frontera había estado abierta, con desplazamientos accesibles en ambas direcciones. Una esplendidez que ahora, por alguna razón, dejaba de existir. Se preguntaba si toda la frontera de Berlín Oriental estaba siendo cercada. A primera hora de la mañana, y a pesar de lo precipitado en la construcción, la barrera recorría entrambas direcciones de gran parte del paisaje urbano. La alambrada de púas, de casi un metro de alto, cruzaba el extremo occidental del cementerio, dejando filas de tumbas torcidas que, como curioso residente de Berlín Occidental, erosionadas por el tiempo. En la Mitte1 de Berlín Oriental, sombreado por árboles, como si observaran la parodia, pero sin rechistar, reposaba quieto y sereno el resto del camposanto. De diseño al estilo gótico y presidida un por capitel alto que parecía tocar las nubes, quedaba la Iglesia de la Reconciliación frente al edificio residencial de Marino. Unas elegantes arcadas soportaban el equilibro del templo de ladrillos, que aún se elevaban orgullosas y desafiantes en una nación que pisoteó la libertad religiosa que la construcción simbolizaba. A cuatro metros de la iglesia, bordeando aún la carretera, el cementerio se expandía a espaldas de una hilera de casas adosadas del siglo XIX, y luego una extensión de varios kilómetros hacia el sur y este. La ciudad de Berlín Oriental bordeaba la mitad de la Occidental, pero los suburbios y la campiña de la Alemania del Este se dispersaban por lo que quedaba, lo que daba forma a una isla en un mar enemigo. Marino se preguntaba si la construcción del muro recorría toda la frontera y terminaba en Berlín Occidental en un intento de asfixiarla u obligarla a alguna clase de sometimiento de las Naciones Aliadas de Occidente. Era como si los comunistas soliesen utilizar a Berlín Occidental como peón de jaque mate en una partida mundial de ajedrez. Y luego, tras apercibirse de la vulnerabilidad de la ciudad, un millón de pensamientos se agolparon en su mente. ¿Podría salir? Y si pudiera, ¿podría volver a entrar? ¿Cómo iban a conseguir los berlineses occidentales alimentos, ropa y otras existencias? Tenían electricidad —su reloj y las luces funcionaban—, pero ¿por cuánto tiempo? Echó un vistazo al otro extremo del camino, a la iglesia, donde se avispaban feligreses yendo a tropel al sagrario desde el Este, mientras una pequeña multitud de manifestantes empezaba a formarse por las calles interconectadas en Occidente, cada cual contemplando curioso la alambrada de púas. Se preguntaba cómo lo presenciaba el resto del mundo: Berlín Occidental siendo amurallado, o berlineses orientales que no dejaban pasar, privándoles de la libertad que placían los occidentales.
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