Capítulo 2 – El olvido.

1480 Words
La cerradura giró casi a las once de la noche. El sonido metálico me arrancó del letargo en el que había caído, con la cabeza recostada sobre mis brazos, junto a los restos de las velas que ya se habían consumido hasta la mitad. Me incorporé con rapidez, tratando de disimular la mezcla de cansancio y tristeza que se había acumulado en mi pecho durante horas. Nathaniel entró con paso acelerado, aún con la bata del hospital doblada sobre el brazo y el cabello ligeramente húmedo por la lluvia. Me dedicó una sonrisa cansada, de esas que parecen más una costumbre que un gesto real. —Lo siento tanto, amor —dijo mientras dejaba las llaves sobre la mesa del recibidor—. Fue un día interminable. Apenas tuve un respiro. Me quedé de pie, observándolo mientras se acercaba. Sus ojos grises estaban enrojecidos por el agotamiento, y su voz arrastraba un tono de disculpa automática, como quien sabe que llega tarde pero confía en que siempre habrá alguien esperándolo. —No pasa nada —murmuré, aunque dentro de mí todo gritaba lo contrario. Él suspiró, se pasó una mano por la frente y me dio un beso rápido en la mejilla, casi de trámite. Después miró hacia la mesa iluminada aún por un par de velas que resistían, y frunció apenas el ceño. —Vaya, preparaste todo esto… —comentó, como quien descubre un detalle bonito, sin detenerse demasiado en él—. Dame diez minutos para darme una ducha y podemos cenar, ¿sí? Quise hablar. Quise decirle: *hoy era mi cumpleaños*. Quise preguntarle si realmente no lo recordaba, si de verdad ningún detalle en la mesa, en las flores, en el brillo de las copas le había hecho pensar en la fecha. Pero mi voz se quedó atrapada en la garganta, sofocada por el miedo a escuchar su respuesta, por la resignación que ya me abrazaba como un viejo abrigo. Él ya estaba camino al pasillo, desabrochando los primeros botones de su camisa, cuando añadió, sin mirarme: —Gracias por esperarme. Eres increíble. La puerta del baño se cerró poco después y escuché el agua de la ducha comenzar a caer, constante, como un telón que cubría la escena de mi decepción. Me quedé sola en el comedor, de pie junto a la mesa impecable, con las flores que empezaban a marchitarse bajo el calor de las velas. En mi interior, la ilusión que había intentado mantener todo el día se desmoronó sin ruido. Era mi cumpleaños. Y el hombre con el que había jurado compartir la vida no se había dado cuenta. Me senté lentamente en la silla, pasé los dedos por el borde frío de la copa y traté de contener las lágrimas que amenazaban con escapar. Afuera, la lluvia seguía golpeando los cristales. Adentro, mi silencio era más fuerte que cualquier tormenta. El agua seguía corriendo en el baño, mientras las velas se apagaban una a una, dejando un olor tenue a cera y humo. Me quedé mirando las flores, marchitas bajo la luz débil, preguntándome en qué momento el amor se había vuelto espera, en qué instante la ilusión había comenzado a cederle terreno a la costumbre. Cuando Nathaniel volvió, ya vestía ropa cómoda: una camiseta gris y pantalones de algodón. Traía el cabello húmedo, con gotas que caían por su cuello y se perdían en la tela. Parecía más ligero, como si la ducha le hubiera devuelto la energía que a mí se me había ido apagando durante toda la tarde. —Listo —dijo, dejándose caer en la silla frente a mí—. Muero de hambre. Yo serví la comida con manos automáticas, procurando que mi gesto no delatara la tormenta interna. Él comió con entusiasmo, sin notar que el guiso ya no tenía el aroma fresco del inicio, que el vino había perdido su temperatura, que el mantel tenía arrugas marcadas por mi cabeza recostada. —Hoy fue un día de locos —empezó, mientras llenaba su copa—. Una operación complicada, una niña muy pequeña. Pensamos que no resistiría… pero lo logró. Fue increíble. Asentí, sin decir nada más. Sus ojos brillaban con esa pasión que siempre había admirado y que, sin embargo, me dolía. Porque mientras él salvaba vidas, yo perdía la mía en silencios como este. —¿Y tú? —preguntó de pronto, levantando la vista hacia mí—. ¿Qué hiciste hoy? La pregunta me atravesó como un cuchillo. La respuesta era simple: *esperarte*. Pero no lo dije. Tomé un sorbo de vino para enjuagar las palabras que nunca llegarían a pronunciarse. —Nada especial —contesté con una sonrisa que no alcanzó mis ojos. Nathaniel no notó la g****a. Continuó hablando de su jornada, de los pasillos interminables del hospital, de los colegas, de los pacientes. Yo lo escuché como quien escucha una lengua extraña, reconociendo sonidos pero no significados. La cena terminó en silencio. Él recogió su plato, lo dejó en el fregadero y volvió hacia mí con una sonrisa suave, como si todo estuviera en orden. —Gracias por todo, amor. Estaba delicioso. Lo vi desaparecer hacia el dormitorio, caminando con la tranquilidad de quien cree que nada falta. Y en ese instante lo supe: lo más doloroso no era que hubiera olvidado mi cumpleaños, sino que yo ya no esperaba que lo recordara. Apagué las velas restantes, recogí los platos, y me quedé un largo rato de pie frente a la ventana, observando la lluvia correr como lágrimas sobre el vidrio. Boston brillaba bajo el aguacero, indiferente a mi tristeza.. Cuando terminé, la casa estaba en penumbras. Solo se escuchaba la lluvia golpeando los cristales y, a lo lejos, el murmullo del tráfico nocturno. Respiré hondo antes de caminar hacia el dormitorio, como si atravesara un umbral invisible que separaba mi mundo del suyo. Nathaniel ya estaba acostado, con el cabello aún húmedo sobre la almohada y el cuerpo tendido de lado. La luz tenue de la lámpara iluminaba su perfil cansado. Tenía los ojos cerrados, la respiración pausada, como si se hubiera entregado de inmediato al descanso que tanto necesitaba. Me deslicé en silencio bajo las sábanas. El colchón se hundió apenas con mi peso, y durante un segundo pensé que él se giraría hacia mí, que buscaría mi mano o al menos murmuraría mi nombre medio dormido. No lo hizo. Me quedé mirándolo a la distancia mínima que nos separaba en la cama, pero que en realidad se sentía como un océano entero. Tan cerca de su cuerpo, y al mismo tiempo tan lejos de su corazón. Apagué la lámpara, cerré los ojos y dejé que la oscuridad me envolviera. Afuera, la lluvia seguía cayendo. Adentro, yo también. El primer rayo de luz se filtró tímidamente entre las cortinas, pintando la habitación con un resplandor pálido. Abrí los ojos despacio, como si despertar fuera un acto pesado, lleno de una resistencia que no podía nombrar. Nathaniel dormía a mi lado, profundamente, con el rostro relajado y una mano extendida hacia el borde de la cama. Su respiración era tranquila, casi infantil, y por un instante me descubrí observándolo con esa ternura involuntaria que aún me nacía pese a todo. Pero inmediatamente después, el recuerdo de la noche anterior volvió a golpearme con fuerza: las velas, la espera, la mesa intacta, su sonrisa ausente… y el olvido. Mi cumpleaños se había desvanecido sin su presencia. Y lo peor era que él no lo sabía, ni lo sospechaba. Me giré hacia el techo, intentando apartar el nudo de mi garganta. Sentí cómo el resentimiento se mezclaba con una tristeza callada, esa que no se grita pero que pesa en cada respiro. ¿Cuánto tiempo más podría sostener un amor hecho de silencios y disculpas automáticas? El despertador sonó de pronto, interrumpiendo mis pensamientos. Nathaniel gruñó levemente, extendió el brazo y lo apagó con un gesto torpe. Después abrió los ojos y me sonrió, como si la noche anterior nunca hubiera existido. —Buenos días, amor —murmuró con voz ronca de sueño. Yo asentí apenas, devolviéndole una sonrisa débil. No tuve fuerzas para más. Él se incorporó, pasó una mano por su cabello despeinado y añadió: —Hoy me espera otra jornada larga. Pero prometo que cenaremos juntos esta noche, ¿sí? Asentí otra vez, sin corregirlo, sin decirle que lo que había olvidado ya no podía arreglarse con una promesa. Mientras lo veía caminar hacia el baño, comprendí que el verdadero vacío no era la soledad de la víspera, sino la distancia invisible que ahora se tendía entre nosotros incluso en la luz del día. Me quedé acostada, mirando el techo, escuchando el ruido del agua de la ducha. Y por primera vez en mucho tiempo, me pregunté si mi vida en Boston era realmente mía, o si solo estaba viviendo a la sombra de la suya.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD