El vapor de la ducha se filtraba por debajo de la puerta, llenando la habitación de un murmullo constante. Me levanté despacio, con los pies descalzos sobre el suelo frío, y busqué mi bata de lana colgada en la silla. Necesitaba un gesto cálido que compensara la helada que aún sentía en el pecho.
En la cocina, el reloj marcaba las siete y media. Preparé café, aunque no tenía apetito. El aroma me reconfortaba, como un recordatorio de que aún existía un rincón de normalidad entre tanto vacío. Nathaniel apareció minutos después, impecable otra vez con su traje y la corbata azul que siempre elegía en los días importantes. Me besó en la frente, de manera automática, y se llevó una taza en la mano.
—Nos vemos en la noche, Bella —dijo con prisa, mientras recogía sus llaves.
—Sí —respondí sin mirarlo, sintiendo cómo el apodo cariñoso sonaba hueco en sus labios.
Cuando la puerta se cerró tras él, la casa quedó en silencio. Un silencio distinto al de la noche anterior, menos denso, pero igualmente doloroso. Respiré hondo, me serví otra taza de café y me obligué a concentrarme en lo que me esperaba: mi trabajo.
Encendí la computadora en el pequeño estudio junto a la ventana. Las estanterías estaban repletas de cuentos ilustrados, algunos propios, otros de colegas que admiraba. En medio de ellos, mi mundo parecía tener sentido: dragones diminutos que aprendían a volar, niñas que conversaban con estrellas, gatos aventureros que exploraban ciudades mágicas. Historias que yo había escrito para otros, para niños que aún creían que todo era posible.
Abrí el archivo en el que había estado trabajando: El faro de los sueños. Una historia sobre un niño que buscaba a su padre entre mares de luz y tormentas. Releí el último párrafo escrito, tratando de sumergirme en ese universo, pero mis dedos permanecían inmóviles sobre el teclado. Cada palabra me devolvía al recuerdo de la mesa vacía de anoche.
Suspiré y decidí revisar en cambio un manuscrito que una editorial me había enviado para corregir. Era mi otro oficio, mi otro refugio: la edición freelance. Trabajar en silencio, pulir frases ajenas, dar forma a historias de otros, como si al reparar sus grietas pudiera ignorar las mías.
El reloj avanzó sin que lo notara. Afuera, Boston despertaba con sus tranvías y cafés abarrotados. Adentro, yo intentaba ahogar mi resentimiento en párrafos y notas al margen. Pero por más que lo intentara, la imagen de Nathaniel, su sonrisa cansada y el olvido de mi cumpleaños, me seguía como una sombra que se negaba a desaparecer.
Cerré los ojos un momento y me obligué a recordar algo distinto: la niña que fui, la que escribía cuentos en libretas escolares y soñaba con vivir de las palabras. Esa niña aún estaba aquí, recordándome que yo también tenía una vida que merecía ser contada, aunque Nathaniel no supiera escucharla.
Me serví otra taza de café, abrí de nuevo el documento de *El faro de los sueños*, y esta vez mis dedos empezaron a moverse. Porque aunque mi corazón estuviera roto, mis historias seguían siendo mi manera de sobrevivir.
Salí de la casa con la mochila colgada sobre un hombro, la lluvia de la noche anterior había dejado charcos brillantes sobre el empedrado de Boston. El aire olía a tierra mojada y pan recién horneado; un olor que solía reconfortarme, pero que hoy solo intensificaba la sensación de vacío.
Caminé hasta la cafetería donde solía reunirme con clientes o autores para discutir manuscritos y proyectos de edición. El lugar estaba cálido, con aroma a café y galletas recién horneadas, y un murmullo constante de conversaciones mezcladas con música suave. Me senté en mi mesa habitual junto a la ventana y saqué la computadora.
El primer correo que abrí era de un joven ilustrador que buscaba consejo sobre un proyecto de libro infantil. Sus imágenes eran encantadoras, pero necesitaban coherencia narrativa. Mientras revisaba sus dibujos y escribía anotaciones, sentí cómo la concentración empezaba a distraerme de la tormenta interior. Era un refugio pequeño, pero mío.
Después llegó un manuscrito para edición. Una historia sobre un gato que viajaba por mundos imaginarios para rescatar a su dueño. Me sumergí en las palabras, corrigiendo frases, sugiriendo cambios, imaginando las ilustraciones. Cada frase que ajustaba era como reconstruir un poco de mi propio mundo, pieza por pieza.
Entre corrección y corrección, mi mente volvía a Nathaniel. Me preguntaba si alguna vez me notaba realmente, si podía ver el peso de mis silencios o si todo era rutina para él, como aquella sonrisa automática de la noche anterior. Cerré los ojos un momento, respiré hondo y me recordé que no podía depender de sus gestos para sentirme completa.
Al salir de la cafetería, decidí caminar sin rumbo por las calles empedradas, absorbiendo la ciudad a mi alrededor. Los escaparates reflejaban luces que titilaban sobre charcos, y pequeños grupos de personas se apresuraban bajo paraguas de colores. Me sentí parte del mundo, pero también extraña a él, como si mi vida ocurriera en paralelo a la de Nathaniel, sin que nuestras rutas se cruzaran verdaderamente.
Mientras tanto, en el fondo de mi mente, una pregunta persistía: ¿hasta cuándo podría amar a alguien que no recordaba mis días importantes, alguien cuya presencia era más ausente que constante? Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía escribir mi respuesta, construir mi mundo, y sobrevivir incluso en la distancia que él impone sin darse cuenta.