La mañana siguiente amaneció distinta. No era que los fantasmas se hubieran desvanecido de repente, ni que la angustia hubiera desaparecido como por arte de magia. Seguía ahí, latente, como un eco sordo en el fondo de mi pecho. Pero había algo diferente: las palabras de Nathaniel habían abierto una g****a en esa oscuridad, lo suficiente para que se colara un poco de luz. Me desperté antes que él. Estaba profundamente dormido, con un brazo extendido sobre mi cintura, como si temiera que en medio de la noche pudiera escapar de entre sus brazos. Me quedé observándolo unos segundos. Había en su rostro una calma que yo envidiaba, un sosiego que me hacía preguntarme cómo era capaz de sostenerme tantas veces sin quebrarse él mismo. Me levanté con cuidado, sin despertarlo, y fui a la cocina. Pre

