Aveline La fuerza de los soldados me arrastraba fuera de mi hogar. El llanto de mi madre se rompía detrás de mí, las súplicas de mi padre se mezclaban con los gritos de Edwards, y cada paso mío parecía arrancar un pedazo de mi alma. —¡Suéltenla! ¡No se la lleven! —rugió Edwards, forcejeando contra los brazos que lo mantenían en el suelo. —¡Por favor! ¡Es mi hija, no tiene culpa de nada! —suplicó mi madre, con la voz rota, extendiendo sus manos hacia mí. —¡No oses tocarla! ¡Cobardes! —gritó con la voz rota, y el hombre que le sujetaba apretó más los brazos alrededor de su torso, lo vi forcejear, escuchar sus palabras convertidas en quejas que se quebraron en sollozos cuando lo empujaron al suelo. —¡Edwards! —mi madre gritó, cayendo sobre su hijo, y su llanto recortó mi mundo en pedazos

