Caspian II El aire del bosque se volvió denso, húmedo, casi imposible de respirar. El eco de sus gritos aún resonaba en mi cabeza, esa súplica desesperada de ella pidiéndome clemencia para su hermano. Y yo... yo la había ignorado. Me sentía como la peor de las bestias, como un tirano en formación, incapaz de controlar lo que había causado. Me aparté del sendero principal, internándome más y más entre los árboles, dejando atrás la pequeña casa que aún podía imaginar en mi mente como una pesadilla viva. Mis pasos eran pesados, pero mi rabia era aún mayor. No podía dejar de patear la tierra húmeda, de arrancar ramas a mi paso, de maldecir al viento como si este pudiera devolverme la dignidad que acababa de perder. —¡Maldita sea! —grité, mi voz quebrándose, ahogada entre la furia y el dolor

