16. Una Noche Maravillosa, Como Ella

2689 Words
Caspian II —Aunque no parezca... nunca he cortejado a nadie. Usted es la primera mujer en llamar mi atención.... tu eres la que me gustas Aveline. El silencio que siguió a mi confesión fue tan denso que podía escucharse el leve temblor de las hojas mecidas por la brisa, ella no dijo nada al principio, su mirada se perdió en el estanque y en el reflejo de los gansos, como si buscara una respuesta entre las aguas, yo no sabía si había cometido una imprudencia, pero ya no podía retractarme, mis palabras habían salido de lo más profundo de mi ser, y ahora solo podía esperar Aveline bajó la vista, sus mejillas estaban encendidas y sus labios temblaban apenas, parecía buscar valor en su respiración —Su alteza… —susurró, con voz tan suave que apenas la oí— no debería decir esas cosas, no a una mujer como yo. —¿Y por qué no? —pregunté acercándome un poco— ¿Acaso mi corazón debe de entender de títulos, o de sangre, de linajes? —Porque usted es el príncipe heredero —dijo bajando aún más la cabeza— y yo… yo no soy nadie. —No digas eso —interrumpí con un tono más firme, no podía permitir que pensara así de sí misma— eres alguien, eres la razón por la que hoy respiro con total sentido. Ella alzó la mirada por un instante y nuestros ojos se cruzaron, ese solo momento bastó para que mi pecho ardiera, era tan hermosa, tan real, tan imposible, que me sentí un tonto por haber vivido tanto tiempo creyendo que lo tenía todo. —No diga eso, su majestad, por favor… —murmuró retrocediendo un paso— no sé cómo responderle, no sé qué pensar, no entiendo por qué… por qué yo. Me acerqué un poco más, con el corazón latiendo tan fuerte que creí que ella lo escucharía. —Porque desde el primer instante en que te vi, algo dentro de mí cambió, Aveline, fue en ese bosque, entre el miedo y el dolor, cuando tus bonitos ojos me hicieron olvidar el frío de ese cruel bosque, no sé cómo explicarlo, solo sé que cuando estoy cerca de ti me siento vivo. Ella se sonrojó tanto que desvió la mirada y apretó sus manos contra su pecho, temblaba, era como una flor atrapada entre el miedo y la curiosidad. —Su alteza… —balbuceó— lo que dice me asusta. —No quiero asustarte —le respondí con dulzura— quiero que confíes en mí, no soy un monstruo, yo no te haré daño. —Lo sé, pero… no entiendo qué espera de mí, yo no tengo nada que ofrecerle. —Ofréceme tu tiempo —susurré acercándome aún más— tus pensamientos, tus palabras, tu risa… con ya eso me basta. Ella respiró hondo, tratando de calmar el temblor de su voz. —No sé si puedo, su majestad, no sé si debería. —No soy el principe ahora —dije suavemente, levantando una mano hacia su rostro sin llegar a tocarla— para ti... solo soy Caspian. Aveline alzó la vista y nuestras miradas volvieron a encontrarse, tan cerca, tan intensas, que por un instante creí que el mundo se detenía, mis dedos rozaron un mechón de su cabello y el leve contacto bastó para que ella soltara un suspiro nervioso. —No debería permitirme esto —murmuró ella— no está bien. —Nada en este mundo, que me haga sentir esto podría estar mal —dije casi sin voz— sí lo está, entonces que los dioses me castiguen. Ella dio un paso atrás, tropezando con una raíz, yo la tomé del brazo para evitar su caída y quedó atrapada entre mis brazos, su cuerpo temblaba contra el mío, su respiración era un hilo tembloroso, y yo apenas podía contener la necesidad de besarla. —Caspian… —susurró mi nombre con tal dulzura que casi pierdo la razón. —No temas —dije rozando apenas su mejilla con mis dedos— nunca te tocaría sin tu consentimiento. —No temo por eso —respondió cerrando los ojos— temo por lo que siento. Sus palabras fueron una daga suave que se clavó en mi pecho, porque eran la confesión que necesitaba escuchar, la prueba de que el deseo era mutuo. —Entonces siente todo esto con conmigo —susurré— al menos... solo... por este instante. Ella abrió los ojos y los fijó en los míos, tan verdes, tan sinceros, que mi mundo entero se redujo a ellos, a su aliento, a su cercanía, el viento jugaba con su cabello y el sol poniente la bañaba con tonos dorados, parecía una aparición celestial. No sé cuánto tiempo permanecimos así, mirándonos, respirando el mismo aire, rozando los límites de lo prohibido, hasta que una bandada de aves rompió el hechizo con su vuelo, Aveline se apartó bruscamente, llevando una mano a su pecho. —Perdóneme —dijo en un hilo de voz— no puedo… no debo. Yo di un paso atrás, tratando de recobrar el control, aunque por dentro ardía toda mi alma. —No tienes que disculparte, Aveline, no te pediré nada que no desees dar, solo quería que supieras lo que siento, sin juegos, y sin mentiras. Ella asintió apenas, mordiéndose el labio inferior, sus mejillas seguían encendidas y su respiración entrecortada. —Yo… no sé qué decirle —confesó— es demasiado, todo ha pasado tan rápido, no sé cómo actuar ante un príncipe que me habla así de esa manera tan directa. No se que es lo que siente mi corazón, nunca me han educado para ser una esposa y... no se como comportarme con un hombre que me está cortejando, me siento nerviosa y no se como actuar. —No actúes, solo sé tú misma —dije sonriendo suavemente— no quiero protocolos ni formalidades, solo quiero conocer a la mujer que salvó mi vida. Aveline bajó la mirada y jugueteó con sus dedos, luego susurró. —Si tan solo pudiera creer que esto no es un sueño. —No es un sueño... pero si lo fuera —respondí acercándome una vez más— desearía nunca despertar. Ella sonrió tímidamente, y esa sonrisa fue mi condena y mi gloria, mi mundo se iluminó con ese gesto tan sencillo. El resto de la tarde caminamos alrededor del estanque, hablando de cosas pequeñas, de flores, de libros, de cómo el sol parecía más cálido cerca del agua, y aunque sus palabras eran simples, para mí sonaban como versos sagrados, cada risa suya era una melodía que jamás había escuchado. En un momento, mientras observábamos el reflejo del cielo en el agua, sus dedos rozaron los míos por accidente, ninguno de los dos se movió, el contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para encender algo en mi pecho que me robó el aire. —Aveline —susurré, apenas audible— prométeme que no te alejarás de mí. Ella dudó, tragó saliva y respondió con voz temblorosa. —No puedo prometerle algo así, su alteza, mi destino no me pertenece. —Entonces déjame cambiar eso —dije acercándome lentamente, hasta que nuestras frentes casi se tocaron— déjame hacer que te pertenezca a ti. Ella cerró los ojos, y en ese instante sentí que el mundo se detenía, que nada más existía, salvo ella, salvo el calor que emanaba de su piel, salvo la fuerza con la que mi corazón la llamaba. Pero antes de que mis labios rozaran los suyos, ella dio un pequeño paso atrás, con el rostro encendido y las manos temblorosas. —Aún no su majes... Caspian… no estoy lista—murmuró— no quiero que esto sea una locura de deseo, quiero entender lo que siento primero. Respiré hondo, intentando contener el impulso de besarla, de decirle que la deseaba más que al aire mismo. —Entonces lo esperaré con ansias—le dije con voz ronca— esperaré el día en que tus miedos callen y sólo hable tu corazón. Ella me miró, y en su mirada vi algo más que miedo, vi deseo, vi curiosidad, vi el mismo fuego que ardía dentro de mí —No me haga arrepentirme de confiar en usted —dijo suavemente. —Jamás —respondí sin dudar— antes me cortaría la lengua a que mentirte. Ella bajó la vista, respiró hondo y dijo en un suspiro. —Entonces… paseemos un poco más, antes de que caiga la noche. Asentí sin poder borrar la sonrisa, y continuamos caminando junto al estanque, cada paso, cada mirada, cada roce de sus dedos me quemaba el alma, y aunque no la toqué más, aunque el beso no llegó, supe que ya estábamos perdidos, ambos atrapados en un sentimiento que ni el deber, ni la razón podrían extinguir jamás. La noche cayó más rápido de lo que imaginé. El cielo se vistió de un azul profundo, y la luna se alzó sobre los jardines como una guardiana silenciosa. Todo estaba dispuesto, tal como lo había ordenado: una mesa bajo el viejo roble del patio central, rodeada de velas que danzaban con el viento. Quería que fuera una velada tranquila, sencilla, pero perfecta. La guie sin que sospechara nada, y cuando lo vio, sus ojos se abrieron con sorpresa. —Majestas... ¿Usted planeó todo esto? —preguntó con cierta incredulidad mientras se sentaba. —Quizás —respondí con un gesto divertido—. Digamos que tenía la intención de compartir una cena bajo la luna con alguien especial. Ella rió, suave, con ese sonido que me hacía sentir como un idiota enamorado. —Debe estar acostumbrado a cenas mucho más... formales —comentó, mirando los platos. —Sí, y créeme, son insoportables —reí—. Largas, frías, y llenas de discursos vacíos. Esta es distinta. Aveline bajó la vista, intentando ocultar el rubor que subía a sus mejillas. —¿Y qué lo apasiona, su alte... Caspian? —preguntó al fin, curiosa—. ¿Qué hace cuando no está… gobernando o lidiando con tantos asuntos del reino? Me recliné un poco en la silla, tomando un sorbo de vino antes de responder. —Hay varias cosas. Pero si debo elegir… la cacería con arco es una de mis pasiones. —Sonreí, recordando las veces que me escapé del palacio para hacerlo—. Me gusta sentir el viento, la tensión de la cuerda, el momento justo antes de soltar la flecha. Me calma. —¿Y no teme herir a los animales? —preguntó ella, con esa mezcla de inocencia y firmeza que solo ella podía tener. —No los cazo por diversión —le aclaré—. Solo cuando es necesario, para proteger las cosechas o durante los rituales del reino. Respeto a cada criatura del bosque. Ella asintió, satisfecha. —Eso dice mucho de usted. —Sonrió—. Pensé que los príncipes solo sabían de bailes y guerras. —¿Y me ve capaz de bailar mucho? —pregunté con una sonrisa traviesa. Ella rió, llevándose la mano a los labios. —No, en absoluto. Creo que si bailara, sería un desastre. —Probablemente tengas razón —respondí riendo también—. Pero te aseguro que lo intentaría si me lo pidieras. Ella lo miró sorprendida. Sus ojos brillaron bajo la luz de las velas. —No creo que pudiera pedírselo… —susurró—. Me daría vergüenza. —Entonces será mi deber hacerte perder esa vergüenza algún día. Aveline apartó la mirada, sonrojada. Podía ver cómo sus dedos jugueteaban con la copa, nerviosa, encantadora. —¿Y aparte de la cacería? —preguntó intentando cambiar de tema—. ¿Hay algo más que lo apasione? —Viajar —respondí sin dudar—. Conocer nuevos reinos, hablar con la gente, ver sus mercados, sus bosques, sus costumbres. Aunque mis viajes sean diplomáticos, siempre intento escapar un poco del protocolo. Ver el mundo con mis propios ojos. Ella sonrió, fascinada. —Debe ser hermoso. Yo… nunca he salido muy lejos de aquí. —Si algún día pudiera mostrarte los lugares que he visto… lo haría sin pensarlo. Hay montañas que parecen tocar el cielo, y mares tan azules que duelen a la vista. Ella bajó la mirada y dijo en voz baja: —Quizás algún día. Hubo un silencio cálido, cómodo. Las velas parpadeaban entre nosotros, y la carne asada se enfriaba lentamente mientras seguíamos conversando. —¿Y tú, Aveline? —pregunté con genuina curiosidad—. Háblame de ti. De tu familia, de tus pasiones. Ella sonrió, algo melancólica. —Mi familia… —suspiró—. Los extraño mucho. Tengo un hermano, Edwards, es muy sobreprotector. Si supiera que estoy aquí, cenando con usted, probablemente cruzaría medio reino solo para regañarme. Reí con suavidad. —Entiendo ese sentimiento. Supongo que los hermanos mayores no cambian, sin importar el lugar o la sangre. —Y mi mejor amiga, Doris… —prosiguió con una chispa de alegría en los ojos— es como una hermana para mí. Últimamente he estado experimentando con remedios. Hacemos infusiones, bálsamos… incluso una medicina para bajar la fiebre. —¿Medicina? —pregunté sorprendido—. ¿Tú también trabajas en eso? Ella asintió, con un brillo de orgullo. —Me apasiona. Cuando era pequeña, mi abuela sufría de fuertes dolores. Nunca se quejaba, pero yo la veía temblar en silencio. Así que me prometí que aprendería a calmar el dolor. Que ayudaría a otros como ella. Me quedé en silencio unos segundos, mirándola con admiración. —Aveline… —dije despacio— no sabes cuánto me conmueve eso. No solo eres hermosa. También tienes un corazón inmenso. Ella se sonrojó tanto que apenas pudo sostener mi mirada. —No diga eso, Caspian, por favor… me hace sentir muy incómoda. —¿Incómoda? —sonreí con suavidad—. ¿O nerviosa? —Ambas —admitió riendo—. No estoy acostumbrada a que alguien como usted diga cosas así. —Entonces tendrás que acostumbrarte, porque pienso repetirlas. Ella bajó la cabeza y jugueteó con su copa, mordiéndose el labio. Esa pequeña acción me desarmó por completo. El tiempo pasó sin que lo notáramos. Entre risas, historias y silencios que decían más que las palabras, la luna siguió su curso hasta el punto más alto del cielo. El aire se volvió más fresco, y su cabello se movía con la brisa. Me incliné un poco hacia ella. —Gracias por quedarte esta noche. —Gracias por invitarme —respondió con ternura—. Hace mucho que no me sentía tan… tranquila. —¿Tranquila conmigo? —pregunté con una sonrisa leve. —Sí —susurró— aunque al mismo tiempo… nerviosa. No sé por qué. —Yo sí lo sé. —Dije en voz baja, sin apartar la mirada de ella—. Porque a mí me pasa igual. Ella respiró hondo, y por un momento no hubo nada más que nuestros ojos, el viento y la luz de las velas temblando. Quise tomar su mano, pero me contuve. No quería romper la delicadeza de ese instante. Finalmente, la acompañé de regreso a sus aposentos. El palacio estaba en silencio, solo nuestras pisadas resonaban en los pasillos. Cuando llegamos a su puerta, ella se volvió hacia mí. Su mirada era una mezcla de timidez y gratitud. —Gracias por esta noche, Caspian. Fue… maravillosa. —Lo fue —respondí sin pensarlo—. Más de lo que imaginaba. Ella sonrió. Y antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla. Un toque tan breve, tan delicado, que me dejó paralizado. —Buenas noches. —Susurró, y desapareció tras la puerta. Yo quedé allí, en el pasillo, con el corazón desbocado. Me llevé una mano a la mejilla, aún tibia por su beso. Nunca me había sentido así. Ni el poder, ni la gloria, ni las victorias en el campo de batalla me habían hecho sentir tan vivo. Esa noche, mientras regresaba a mis aposentos, lo supe con certeza. Estaba completamente perdido y locamente enamorado de ella.
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