13. ¿Castigo o juego?

2541 Words
Aveline La fuerza de los soldados me arrastraba fuera de mi hogar. El llanto de mi madre se rompía detrás de mí, las súplicas de mi padre se mezclaban con los gritos de Edwards, y cada paso mío parecía arrancar un pedazo de mi alma. —¡Suéltenla! ¡No se la lleven! —rugió Edwards, forcejeando contra los brazos que lo mantenían en el suelo. —¡Por favor! ¡Es mi hija, no tiene culpa de nada! —suplicó mi madre, con la voz rota, extendiendo sus manos hacia mí. —¡No oses tocarla! ¡Cobardes! —gritó con la voz rota, y el hombre que le sujetaba apretó más los brazos alrededor de su torso, lo vi forcejear, escuchar sus palabras convertidas en quejas que se quebraron en sollozos cuando lo empujaron al suelo. —¡Edwards! —mi madre gritó, cayendo sobre su hijo, y su llanto recortó mi mundo en pedazos, mi corazón dio un vuelco tan grande que pensé que moriría ahí mismo de dolor, mi hermano, mi familia, todo se venía abajo porque yo, por una torpeza del destino, había tocado la vida de alguien al que no debía acercarme Yo grité con desesperación: —¡Edwards! ¡No... para! El ruido de sus sollozos mezclado con los ruegos de mi madre fue lo último que escuché antes de que me empujaran por la calle. —¿Qué harán conmigo? —murmuré, mi voz temblaba. Nadie respondió, el sonido de las botas, los cascos de los caballos y las miradas curiosas de la gente eran la única respuesta. Sentía como si cada persona a mi alrededor me juzgará. —Yo no hice nada… —me repetía entre lágrimas—. Yo solo… yo solo lo cuidé… Pero la culpa me atravesaba como cuchillos. El era el príncipe, el heredero al trono y por mi culpa lo había herido en aquella caza. El palacio apareció imponente ante mis ojos, como si fuera una bestia hambrienta. Sus muros eran demasiado grandes, demasiado bellos para alguien como yo. Mi cuerpo temblaba por las cosas que creía que me harian. “Será una mazmorra o una sala de tortura. Esto es mi final”, pensé. Un guardia habló con voz seca: —Llévenla a los aposentos es una orden del príncipe. "¿Aposentos?" repetí en mi cabeza, incapaz de comprender. Me empujaron por pasillos llenos de tapices y lámparas de oro. Y mi respiración se volvió entrecortada. Finalmente, ellos abrieron una puerta y me encontré en una habitación, con ventanales que daban a los jardines, la cama enorme parecía de otra vida, el suelo cubierto de alfombras, cojines, y yo me quedé en el centro del cuarto como un insecto en una cúpula de cristal, temblando, sin comprender, esperando que en cualquier momento alguien tirara la tela y apareciera el verdugo, me senté, y no supe si fue por el cansancio o por el miedo, mis manos se apretaban en mi falda hasta hacerla arrugar, y cuando creí estar completamente sola un hombre se quedó en la puerta, era un soldado, alto, rubio, con una media sonrisa que me heló la sangre, "su porte, su mirada... es hermoso" pensé sintiéndome avergonzada, "me mira como si yo fuese un tipo de triunfo contenido", sus ojos me observaron con detenimiento, como quien estudia una pieza rara en exhibición. —¿Qué hago aquí? ¿Acaso me harán daño?—pregunté con un hilo de voz. El hombre ladeó la cabeza, y su media sonrisa no desapareció. —Cuando el príncipe se encuentre disponible vendrá él mismo a hablar con usted. Yo desconozco los planes de su alteza. Me temblaron los labios. —¿El vendrá… por mí? Él no respondió. Solo se limitó a inclinarse con ironía. —Con su permiso, mi lady. Y él salió, dejándome sola con mis pensamientos, que pronto se volvieron un sin fin de temores. —¿Qué tramará el príncipe? —susurré al viento que se colaba por la ventana, mis manos buscaban sostenerse en algo y no encontraban que, mi piel se erizó, y recordé la promesa velada, la orden que había sentido en sus palabras como quien sostiene un filo, y el peor de los miedos me vino a la mente, y détesté mi propio pensamiento, pero no pude evitar que el pánico lo encendiera, la idea de que fuera a usar su poder para vengarse, para imponer su desquite, para presionarme con su mirada de soberano, me heló hasta el alma, me estremecí de solo imaginarlo. Me llevé las manos al rostro. —¿Qué planea? ¿Así será venganza? ¿Será su castigo tan cruel? ¿Me usará…? —mi voz se quebró—. ¿Acaso… me tomará por la fuerza? Mi cuerpo se estremeció de pies a cabeza. De pronto, la puerta volvió a abrirse. Cinco doncellas entraron en fila, todas vestidas con ropas claras. Se inclinaron con respeto y la primera habló con dulzura. —Hola, mi lady. Somos las doncellas asignadas a atenderla y hacerla sentir cómoda. Mi nombre es Lily, y será un placer servirla. Retrocedí un paso, confundida. —¿Por qué? ¿Por qué hacen esto? Yo… yo soy solo una campesina. Lily sonrió con calma. —Disculpe, solo recibimos órdenes de que la bañemos y la vistamos. Nada más. Mis labios temblaron. —¿Solo… eso? —Sí, mi lady —respondió otra doncella, bajando la cabeza—. Nada más. Las cinco comenzaron a preparar una tina con agua humeante. El aroma de flores y lavanda llenó la habitación. —Por favor, díganos cómo desea su baño —preguntó Lily. Me llevé la mano al pecho, buscando aire. —Un baño caliente… por favor. Con lavanda, si es posible. —Por supuesto, mi lady. Me condujeron hasta la bañera. El agua tibia envolvió mi piel, y por un momento quise llorar, no de miedo, sino de confusión. No era una celda, no eran cadenas, era un baño perfumado. Lily se inclinó a mi lado. —Relájese, y respire... todo estará bien. La miré con lágrimas en los ojos. —No lo entienden… yo lo herí. Fue mi culpa... y por mi culpa estoy aquí. Otra doncella me tomó la mano con suavidad. —Usted lo cuidó o eso es lo que escuchamos. Usted salvó su vida. Eso es lo que importa. —¿Y si no? ¿Y si lo único que quiere es usarme? —mi voz se quebró en un susurro—. ¿Y si me hace pagar? Las doncellas guardaron silencio, mirándose entre sí. Fue Lily quien respondió. —No sabemos lo que piensa el príncipe. Pero si quisiera hacerle daño… ¿cree que estaría aquí, en un aposento real? Sus palabras me atravesaron. Me quedé sin respuesta. Cuando me ayudaron a salir de la tina, me ofrecieron un vestido limpio, sencillo pero hermoso. Lo acepté temblando. Mientras me peinaban, una de ellas habló con voz tímida: —El príncipe ordenó que la trataran con respeto. Que nadie le falte al respeto mientras esté aquí. Mi corazón dio un vuelco. —¿Eso dijo él? —Sí, mi lady. Una pequeña chispa de alivio brilló dentro de mí, pero fue tan confusa como el miedo. Si él quería protegerme… ¿por qué me había arrancado de mi hogar así? De repente, la puerta se abrió apenas. El soldado rubio volvió a asomarse y su sonrisa seguía ahí. —Hola, disculpe la intromisión, pero vengo a avisarle que hoy no vendrá su alteza a hablar contigo, él vendrá cuando lo considere oportuno. Hasta entonces… descanse, mi lady. Se inclinó y se fue. Me quedé sentada en la cama, con el corazón latiendo como un tambor. —¿Qué quieres de mí, príncipe? —susurré en la penumbra. El silencio de la habitación fue mi única respuesta. Me recosté sobre aquella cama enorme, demasiado suave para alguien como yo, las sábanas de seda me envolvían como si quisieran robarme el aliento, pero mis ojos no podían cerrarse, mi mente no me daba tregua, no había espacio para el descanso porque una y otra vez, como una condena, regresaba la misma imagen, él, siempre él, el príncipe Caspian. —¿Por qué no puedo dejar de pensarte? —susurré al techo con rabia contenida. Me giré de un lado a otro, incapaz de aquietar el corazón que golpeaba en mi pecho, lo recordaba como si estuviera frente a mí en ese instante, aquel día en el bosque cuando lo cuidé, cuando su vida se escurría entre mis manos y yo no sabía quién era realmente, para mi fue solo un herido más, solo un hombre que necesitaba ayuda, no el príncipe, no el futuro rey, y quizás eso fue lo que me permitió tocarlo sin temblar, mirarlo sin sentirme insignificante, aunque ahora que lo sé, ahora que las piezas encajan, me doy cuenta de la magnitud de lo que ocurrió. Me tapé el rostro con las manos, pero mi mente no se detuvo, lo veía frente a mí, su cabello oscuro enredado por el sudor, esos ojos que se abrieron lentamente y me taladraron como cuchillas, su torso desnudo, tan firme, tan marcado, tan ajeno a todo lo que yo conocía, su piel caliente bajo mis dedos temblorosos cuando trataba de detener la sangre. —Dioses… —murmuré, girándome de costado—, ¿Cómo voy a enfrentarme a él ahora? Me apreté las rodillas contra el pecho, y un murmullo escapó de mis labios. — Así que tu eras el príncipe... Caspian. El sonido de su nombre en mi boca me estremeció. Nunca antes lo había dicho en voz alta, y me sonó extraño, prohibido, como si al pronunciarlo lo acercara más a mí, como si fuera capaz de invocarlo. —¿Qué quieres de mí? —susurré—, ¿qué puedo darte yo, una campesina sin nada, una mujer que solo sabe de hierbas y ungüentos, qué tengo yo que ofrecerte a ti, que lo tienes todo, riquezas, poder, mujeres que te desearían sin pensarlo, un reino entero a tus pies…? Me dejé caer de espaldas, mirando el techo con ojos húmedos, y mis pensamientos se volvieron cuchillos. —¿Será solo una absurda venganza? —mi voz quebrada retumbó en la habitación vacía—, ¿Será que quieres recordarme cada día que mi error casi te cuesta la vida?, ¿Será que pretendes jugar conmigo, probar hasta dónde puede llegar la desesperación de alguien que no tiene nada que perder? El silencio me devolvió mi propio eco, pero no trajo calma, solo más preguntas. —¿O acaso… —tragué saliva, nerviosa—, acaso es posible que hayas visto algo en mí?, no, no, eso es imposible, ¿cómo podría un príncipe fijarse en alguien como yo?, ni siquiera soy la más bella del pueblo, ni la más culta, ni la más digna, soy solo… yo, una muchacha que cura heridas, que recoge plantas en el bosque, que sueña con la medicina como si eso fuera suficiente para cambiar mi destino… Me cubrí los ojos con el antebrazo, pero entonces su rostro volvió a mi memoria, tan cerca, tan imposible, y una parte de mí se retorció al recordarlo, no solo de miedo, también de algo más, algo que no me atrevía a nombrar. —El es hermoso… —susurré, sintiendo calor en las mejillas—, más de lo que jamás me atreví a imaginar, y yo lo vi tan vulnerable, lo vi sangrar, lo vi sufrir, lo sostuve en mis brazos, lo cuidé como si fuera mío sin siquiera saberlo, ¿cómo voy a mirarlo a los ojos ahora sin temblar? Me mordí el labio con fuerza, como si quisiera arrancarme ese pensamiento, pero seguía allí, creciendo, invadiéndome. —Caspian… —volví a pronunciar, y esta vez la voz me salió más suave, casi un suspiro—, ¿quién eres realmente?, ¿el hombre que se aferró a mi mano con desesperación mientras agonizaba, o el príncipe que tiene un reino entero bajo su poder?, ¿el joven que me miró con gratitud en sus ojos cansados, o el futuro rey que me arrancó de mi familia sin darme elección?, dime, ¿a cuál de los dos debo temer?, ¿al hombre o al príncipe? Me giré en la cama, aferrándome a la almohada como si pudiera consolarme. —Oh, dioses, ayúdenme… —rogué en voz baja—, denme fuerzas para enfrentar lo que venga, porque no sé lo que me espera, no sé qué hará conmigo, no sé si mañana despertaré siendo libre o siendo prisionera de sus caprichos… Cerré los ojos con fuerza, pero en mi mente seguía viéndolo, su pecho subiendo y bajando bajo mis manos, su respiración entrecortada, la fuerza que escondía en cada músculo aún debilitado, y sentí un estremecimiento recorrerme de pies a cabeza. —No, no pienses eso, no debes pensar eso, Aveline… —me reprendí, pero la voz interior respondió con una risa amarga. “Ya es tarde, lo piensas, lo sientes, lo deseas aunque te niegues a aceptarlo.” Negué con la cabeza, desesperada. —No, yo no lo deseo, yo no puedo desearlo, él es el príncipe, el futuro rey, yo no soy nada, nada… Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. —¿Por qué yo, dioses? ¿Por qué me pusieron en su camino? ¿Por qué me condenaron a sentir esto?, si tan solo lo hubiera sabido antes, si tan solo me hubieran dicho que era él, quizás habría actuado distinto, quizás no lo habría mirado de esa manera, quizás no me habría permitido sentir lo que ahora me está destruyendo. Me giré otra vez, golpeando la almohada con rabia. —¡Lo odio! —grité en un susurro ahogado—, lo odio por hacerme sentir así, lo odio por arrancarme de mi hogar, lo odio por confundir mi mente, lo odio porque no sé qué hacer con todo esto que siento. Mi respiración se agitó, y de pronto me encontré hablando con él como si estuviera presente. —¿Eso es lo que quieres, mi principe ?, ¿verme retorcer entre el miedo y la atracción?, ¿disfrutas de esta crueldad?, ¿disfrutas verme mal?, porque eso soy, ¿verdad?, una posesión más, un juego, una distracción en tu vida perfecta. Me quedé en silencio, esperando una respuesta que nunca llegó, y en ese silencio comprendí que estaba perdida, que ya no había marcha atrás, porque aunque mañana trajera respuestas, aunque me dijera que solo era un castigo o un juego, aunque me dejara libre, yo ya estaba atrapada, no por él, sino por lo que yo misma había despertado dentro de mí. —Espero que la mañana me traiga consuelo… —murmuré entre sollozos—, aunque dudo que lo haga, porque la verdad es que ya no puedo huir de ti, Caspian, porque aunque quiera negarlo, aunque me rompa admitirlo… ya estás aquí, dentro de mí. Me quedé así, abrazada a la almohada, con el nombre del príncipe grabado en mi pecho, esperando que el amanecer llegara con respuestas, aunque en el fondo temía que trajera aún más preguntas.
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