12 NICK

1830 Words
Me sentía como si estuviera a punto de estallar. Cada una de mis terminaciones nerviosas se habían despertado con una intensidad abrazadora e inquietante. A medida que caminaba hacia donde estaban mis amigos mi enfado crecía por momentos. ¿Por qué coño la había besado? ¿Por qué demonios había entrado en su juego? ¿Desde cuándo dejaba que una tía me calentara sin ser yo el que llevara las riendas? La respuesta contenía cuatro letras: Noah. Desde que la había visto aquella noche no me la había podido sacar de la cabeza. No sé si era por la atracción de algo prohibido, teniendo en cuenta que éramos hermanastros, o por las enormes ganas de sentir que podía controlarla, que podía apagar aquel fuego que no cesaba de salir por su boca, que podía conseguir que se comportara como todas las demás mujeres que había tenido el placer de conocer. Noah era totalmente diferente a todas ellas. No caía rendida a mis pies, no le temblaban las rodillas con tan solo mirarla, no se amilanaba cuando la desafiaba, sino que me contestaba aún con más fiereza que yo. Era terriblemente frustrante... y excitante al mismo tiempo. Mentalmente no cesaba de decirme a mí mismo que era una mocosa maleducada e insoportable; que debía pasar de ella, ignorarla... pero mi cuerpo me traicionaba y no sabía qué demonios hacer. La había besado, me había ofrecido a hacerlo no porque me interesara ayudarla a vengarse de su jodido novio ni para poder echarla de mi fiesta, sino que lo había hecho por el puro deseo de comerle la boca. Nada más verla aquella noche había deseado meterme entre sus piernas y hacerla mía. Era de lo más incómodo, incómodo, y frustrante teniendo en cuenta que no la soportaba. ¿Por qué demonios tenía que ser tan endemoniadamente atractiva? Los pantalones cortos que llevaba dejaban sus piernas largas al descubierto, retando a cualquier hombre con ojos a acariciarla, a besarla... Sus cabellos me volvían loco y más cuando los llevaba así sueltos, enmarcando su rostro sonrojado por el alcohol. Pero lo más excitante habían sido sus labios... suaves como el terciopelo e hirientes cuando formulaban sus palabras de desprecio contra mí. Me había vuelto loco cuando su boca se abrió, me enloqueció la forma como su lengua giraba contra la mía, sin vergüenza, sin complejos, completamente diferente a cuando yo besaba a una chica. Yo llevaba el ritmo, yo llevaba el control. Le había mordido el labio por puro placer carnal, por el simple deseo de querer devorarla y dejarle claro quién mandaba. «¿Y ya está?», me había preguntado con sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillando de deseo. ¡Joder! ¿qué quería que hiciera? Si no fuera quien era ya me la habría llevado a la parte trasera de mi coche; si no fuera tan jodidamente insoportable le habría regalado la mejor noche de su vida, si no fuera... si no fuera porque estaba poniendo mi mundo patas arriba... —¡Tío!, ¿dónde estabas? ¡La primera carrera va a empezar! —me gritó Lion desde donde habían colocado mi Ferrari n***o en paralelo con el Audi tuneado de mi enemigo. Aquello era lo que necesitaba. Descargar toda la tensión acumulada mientras corría a más de ciento sesenta por una carretera de arena en mitad de la noche y ganaba uno a uno a los gilipollas de la banda de Ronnie. Necesitaba desahogarme, necesitaba sentir la adrenalina: la adrenalina era mejor que el deseo, mejor que el hecho de saber que aquella noche no iba a poder conseguir lo que verdaderamente quería... —Dile a Kyle que esta la corro yo —le dije al mismo tiempo que me acercaba al coche. Mis amigos me esperaban, divirtiéndose ante la anticipación de la carrera, bebiendo, bailando al son de la música y deseando que aquella noche ganáramos toda la pasta. Ese era el trato. Se jugaban quince mil dólares y el coche del contrincante en la carrera final. Correr contra Ronnie era algo que llevaba aplazando demasiado tiempo y no es que temiera perder, todo lo contrario. El problema radicaba en que ese tío era prácticamente un delincuente y no un buen perdedor. Cada año las apuestas eran mayores y también la tensión entre ambas bandas. Había dejado muy claro cómo debíamos proceder si las cosas se desmadraban y todos allí conocían perfectamente las reglas. Cuatro bandas competían esa noche y ofrecían a sus dos mejores pilotos. En total eran ocho coches distintos los que corrían. Qué bandas competían entre sí se determinaba por sorteo, por lo que había dos bloques separados de contrincantes. Se hacían tres rondas de carreras por bloque hasta que quedaba uno. Ese último competía con el finalista que había ganado en el otro bloque. En total eran seis carreras, la séptima era la final. Y yo pensaba estar en esa final. Desde que yo me había unido a estas carreras hacía ya unos cinco años, siempre habíamos ganado. Ronnie me respetaba, pero sabía que a la mínima que pudiera me la devolvería doblada. Yo era un chico de buena familia, no jugaba por dinero y él lo sabía. Al contrario que yo, él lo necesitaba, necesitaba ese dinero para comprar droga y para aplacar a los miembros de su banda; una cosa era jugarnos dinero y otra muy distinta era ganarle el único objeto de valor que aquel tipo parecía tener. Si perdía su coche más me valía estar preparado. Me acerqué hasta mi Ferrari pasando una mano por su techo. ¡Dios!, adoraba aquel coche, era perfecto, el más rápido, la mejor compra que había hecho en mi vida. Solo se lo dejaba conducir a quien yo consideraba digno de confianza. Mi coche. Mis reglas. Así de claro. Conducirlo era un privilegio y los miembros de mi banda lo sabían. —Kyle se va a llevar un chasco, tío —me dijo Lion sonriendo con diversión. Nosotros decidíamos en qué bloque competíamos después del sorteo; en realidad las cuatro bandas tenían la misma representación en ambos bloques, así que por muchas ganas que Kyle le tuviera a Greg, uno de los pilotos, esa carrera pensaba correrla yo. Miré a mi colega, agradeciendo que estuviese allí esa noche. Lion era uno de mis mejores amigos. Lo había conocido en una de mis peores etapas y desde entonces nos habíamos hecho inseparables. A Jenna, su actual novia, se la había presentado yo. Hija de unos magnates del petróleo, había crecido en mi urbanización y nos conocíamos desde que éramos críos. Ella aún seguía en el instituto, pero no era como las demás hijas de millonarios, era especial, y le tenía mucho cariño. Lion se había quedado prendado de ella desde el mismísimo instante en que la vio. —Me importa una mierda —repuse de mal humor. Lion entornó los ojos, pero no dijo nada. Me conocía lo suficiente como para saber cuándo estaba para chorradas y cuándo no. Y en esos momentos no podía estar más cabreado. —La segunda curva es más angosta que la primera, pisa el freno con anticipación o te saldrás del camino —me aconsejó mientras yo me subía al coche y lo ponía en marcha. Más adelante, a unos cinco metros de distancia, la gente se hallaba gritando eufóricamente, deseando que la carrera empezara. Dos chicas sostenían unos banderines fluorescentes listas para dar comienzo a las carreras. —Entendido —le contesté—. No pierdas de vista a Noah —no pude evitar agregar. Apreté el volante con fuerza al darme cuenta de que aún seguía con ella metida en la cabeza, pero tenía que saber que alguien la vigilaba. Aquellas fiestas eran peligrosas para chicas como ella y Lion lo sabía de primera mano. —No te preocupes, Jenna se ha pegado a ella como una lapa —me tranquilizó y no pude mirar hacia donde se dirigían sus ojos. Allí con una bandana fluorescente amarilla atada a su cabeza como si perteneciera a mi banda, estaba Noah, con uno de sus brazos entrelazados con el de Jenna y con una sonrisa radiante en su rostro. Estaba eufórica, borracha y eufórica. Joder. —Te veo a la vuelta —le dije como siempre nos decíamos cuando nos tocaba correr. Puse el coche en marcha, las banderas bajaron y el ruido del acelerador y el viento en la cara me hizo olvidarme de aquellos ojos color miel y aquel cuerpo de escándalo. Llevaba ganadas todas las carreras hasta el momento. Más allá, en otra de las pistas creadas sobre el desierto, se habían ido eliminando a corredores y ya solo quedaba Ronnie. No era de extrañar: aunque mi colega Kyle fuera muy bueno, Ronnie era de los mejores. La final iba a estar reñida y me ponía nervioso el resultado. Aún faltaban unos veinte minutos para correr y me encontraba recostado contra mi coche bebiéndome una cerveza y fumándome un cigarrillo. Noah estaba por ahí con Jenna; lo poco que había visto era que ambas estaban haciendo el cafre, bailando, bebiendo y pasándoselo fenomenal. Entendía lo que estaba haciendo, bebía e intentaba olvidarse de su novio mientras yo la seguía con la mirada atento a cualquiera de sus movimientos. —Esta noche estás muy raro —afirmó una voz conocida a mis espaldas. Me volví hacia Anna en cuanto sentí su cálido aliento en mi cuello. Al igual que yo, ella también se había cambiado. Llevaba un vestido cortísimo que dejaba al descubierto su gran escote y sus esbeltas piernas. Me observaba con deseo, como siempre que estábamos juntos. Me volví hacia ella y la observé detenidamente. —No es una de mis mejores noches —le aclaré haciéndole entender que no esperara que la tratara con cariño. —Puedo hacer que mejore bastante —contestó pegándose a mí y ofreciéndome una vista privilegiada de sus pechos—. Solo tienes que venir conmigo —agregó en un tono seductor. La observé detenidamente. Aún faltaban quince minutos para la última carrera y la verdad es que no me vendría nada mal desfogarme con Anna en la parte trasera de mi 4x4. —Que sea algo rápido —le dije al mismo tiempo que tiraba de ella hacia mi coche. Quince minutos después regresábamos hacia donde la gente esperaba ansiosa a que tuviera lugar la final. Tener sexo con Anna me había ayudado a aclarar las ideas. Podía tener a quien me diera la gana, no iba a dejar que una adolescente de diecisiete años trastocara mi mundo... Y entonces fue cuando la vi. La gente se hallaba lejos de la línea de salida, se habían trasladado al lugar de la meta. Los únicos que se quedaban siempre eran Lion y Jenna... Pero no había ni rastro de mi amigo por ninguna parte. Lo único que vi antes de que mi Audi n***o se pusiese en marcha fue el pelo multicolor de mi hermanastra por el espejo retrovisor.
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