Me sentía como si estuviera a punto de estallar. Cada una de mis
terminaciones nerviosas se habían despertado con una intensidad abrazadora e inquietante. A medida que caminaba hacia donde estaban mis amigos mi
enfado crecía por momentos.
¿Por qué coño la había besado? ¿Por qué demonios había entrado en su
juego? ¿Desde cuándo dejaba que una tía me calentara sin ser yo el que llevara
las riendas? La respuesta contenía cuatro letras: Noah.
Desde que la había visto aquella noche no me la había podido sacar de la
cabeza. No sé si era por la atracción de algo prohibido, teniendo en cuenta que
éramos hermanastros, o por las enormes ganas de sentir que podía controlarla,
que podía apagar aquel fuego que no cesaba de salir por su boca, que podía
conseguir que se comportara como todas las demás mujeres que había tenido
el placer de conocer.
Noah era totalmente diferente a todas ellas. No caía rendida a mis pies, no
le temblaban las rodillas con tan solo mirarla, no se amilanaba cuando la
desafiaba, sino que me contestaba aún con más fiereza que yo. Era
terriblemente frustrante... y excitante al mismo tiempo. Mentalmente no cesaba
de decirme a mí mismo que era una mocosa maleducada e insoportable; que
debía pasar de ella, ignorarla... pero mi cuerpo me traicionaba y no sabía qué demonios hacer. La había besado, me había ofrecido a hacerlo no porque me
interesara ayudarla a vengarse de su jodido novio ni para poder echarla de mi
fiesta, sino que lo había hecho por el puro deseo de comerle la boca. Nada
más verla aquella noche había deseado meterme entre sus piernas y hacerla
mía. Era de lo más incómodo, incómodo, y frustrante teniendo en cuenta que no
la soportaba. ¿Por qué demonios tenía que ser tan endemoniadamente
atractiva?
Los pantalones cortos que llevaba dejaban sus piernas largas al descubierto,
retando a cualquier hombre con ojos a acariciarla, a besarla... Sus cabellos me
volvían loco y más cuando los llevaba así sueltos, enmarcando su rostro
sonrojado por el alcohol. Pero lo más excitante habían sido sus labios...
suaves como el terciopelo e hirientes cuando formulaban sus palabras de
desprecio contra mí. Me había vuelto loco cuando su boca se abrió, me
enloqueció la forma como su lengua giraba contra la mía, sin vergüenza, sin complejos, completamente diferente a cuando yo besaba a una chica. Yo
llevaba el ritmo, yo llevaba el control. Le había mordido el labio por puro
placer carnal, por el simple deseo de querer devorarla y dejarle claro quién
mandaba.
«¿Y ya está?», me había preguntado con sus mejillas sonrojadas y sus ojos
brillando de deseo. ¡Joder! ¿qué quería que hiciera? Si no fuera quien era ya
me la habría llevado a la parte trasera de mi coche; si no fuera tan jodidamente
insoportable le habría regalado la mejor noche de su vida, si no fuera... si no
fuera porque estaba poniendo mi mundo patas arriba...
—¡Tío!, ¿dónde estabas? ¡La primera carrera va a empezar! —me gritó Lion
desde donde habían colocado mi Ferrari n***o en paralelo con el Audi
tuneado de mi enemigo.
Aquello era lo que necesitaba. Descargar toda la tensión acumulada
mientras corría a más de ciento sesenta por una carretera de arena en mitad de la noche y ganaba uno a uno a los gilipollas de la banda de Ronnie. Necesitaba
desahogarme, necesitaba sentir la adrenalina: la adrenalina era mejor que el
deseo, mejor que el hecho de saber que aquella noche no iba a poder
conseguir lo que verdaderamente quería...
—Dile a Kyle que esta la corro yo —le dije al mismo tiempo que me
acercaba al coche. Mis amigos me esperaban, divirtiéndose ante la
anticipación de la carrera, bebiendo, bailando al son de la música y deseando
que aquella noche ganáramos toda la pasta. Ese era el trato. Se jugaban quince
mil dólares y el coche del contrincante en la carrera final. Correr contra Ronnie era algo que llevaba aplazando demasiado tiempo y no es que temiera
perder, todo lo contrario. El problema radicaba en que ese tío era
prácticamente un delincuente y no un buen perdedor. Cada año las apuestas
eran mayores y también la tensión entre ambas bandas. Había dejado muy
claro cómo debíamos proceder si las cosas se desmadraban y todos allí
conocían perfectamente las reglas.
Cuatro bandas competían esa noche y ofrecían a sus dos mejores pilotos. En
total eran ocho coches distintos los que corrían. Qué bandas competían entre sí
se determinaba por sorteo, por lo que había dos bloques separados de
contrincantes. Se hacían tres rondas de carreras por bloque hasta que quedaba
uno. Ese último competía con el finalista que había ganado en el otro bloque.
En total eran seis carreras, la séptima era la final.
Y yo pensaba estar en esa final.
Desde que yo me había unido a estas carreras hacía ya unos cinco años,
siempre habíamos ganado. Ronnie me respetaba, pero sabía que a la mínima
que pudiera me la devolvería doblada. Yo era un chico de buena familia, no
jugaba por dinero y él lo sabía. Al contrario que yo, él lo necesitaba,
necesitaba ese dinero para comprar droga y para aplacar a los miembros de su banda; una cosa era jugarnos dinero y otra muy distinta era ganarle el único objeto de valor que aquel tipo parecía tener. Si perdía su coche más me valía
estar preparado.
Me acerqué hasta mi Ferrari pasando una mano por su techo. ¡Dios!,
adoraba aquel coche, era perfecto, el más rápido, la mejor compra que había
hecho en mi vida. Solo se lo dejaba conducir a quien yo consideraba digno de
confianza. Mi coche. Mis reglas. Así de claro. Conducirlo era un privilegio y
los miembros de mi banda lo sabían.
—Kyle se va a llevar un chasco, tío —me dijo Lion sonriendo con
diversión. Nosotros decidíamos en qué bloque competíamos después del
sorteo; en realidad las cuatro bandas tenían la misma representación en ambos
bloques, así que por muchas ganas que Kyle le tuviera a Greg, uno de los
pilotos, esa carrera pensaba correrla yo.
Miré a mi colega, agradeciendo que estuviese allí esa noche. Lion era uno
de mis mejores amigos. Lo había conocido en una de mis peores etapas y
desde entonces nos habíamos hecho inseparables. A Jenna, su actual novia, se
la había presentado yo. Hija de unos magnates del petróleo, había crecido en
mi urbanización y nos conocíamos desde que éramos críos. Ella aún seguía en
el instituto, pero no era como las demás hijas de millonarios, era especial, y le
tenía mucho cariño. Lion se había quedado prendado de ella desde el
mismísimo instante en que la vio.
—Me importa una mierda —repuse de mal humor. Lion entornó los ojos,
pero no dijo nada. Me conocía lo suficiente como para saber cuándo estaba
para chorradas y cuándo no. Y en esos momentos no podía estar más cabreado.
—La segunda curva es más angosta que la primera, pisa el freno con
anticipación o te saldrás del camino —me aconsejó mientras yo me subía al
coche y lo ponía en marcha. Más adelante, a unos cinco metros de distancia, la
gente se hallaba gritando eufóricamente, deseando que la carrera empezara.
Dos chicas sostenían unos banderines fluorescentes listas para dar comienzo a las carreras.
—Entendido —le contesté—. No pierdas de vista a Noah —no pude evitar
agregar. Apreté el volante con fuerza al darme cuenta de que aún seguía con
ella metida en la cabeza, pero tenía que saber que alguien la vigilaba.
Aquellas fiestas eran peligrosas para chicas como ella y Lion lo sabía de
primera mano.
—No te preocupes, Jenna se ha pegado a ella como una lapa —me
tranquilizó y no pude mirar hacia donde se dirigían sus ojos. Allí con una
bandana fluorescente amarilla atada a su cabeza como si perteneciera a mi banda, estaba Noah, con uno de sus brazos entrelazados con el de Jenna y con
una sonrisa radiante en su rostro. Estaba eufórica, borracha y eufórica.
Joder.
—Te veo a la vuelta —le dije como siempre nos decíamos cuando nos
tocaba correr.
Puse el coche en marcha, las banderas bajaron y el ruido del acelerador y el
viento en la cara me hizo olvidarme de aquellos ojos color miel y aquel
cuerpo de escándalo.
Llevaba ganadas todas las carreras hasta el momento. Más allá, en otra de las
pistas creadas sobre el desierto, se habían ido eliminando a corredores y ya
solo quedaba Ronnie. No era de extrañar: aunque mi colega Kyle fuera muy
bueno, Ronnie era de los mejores.
La final iba a estar reñida y me ponía nervioso el resultado.
Aún faltaban unos veinte minutos para correr y me encontraba recostado
contra mi coche bebiéndome una cerveza y fumándome un cigarrillo. Noah
estaba por ahí con Jenna; lo poco que había visto era que ambas estaban
haciendo el cafre, bailando, bebiendo y pasándoselo fenomenal. Entendía lo que estaba haciendo, bebía e intentaba olvidarse de su novio mientras yo la
seguía con la mirada atento a cualquiera de sus movimientos.
—Esta noche estás muy raro —afirmó una voz conocida a mis espaldas. Me
volví hacia Anna en cuanto sentí su cálido aliento en mi cuello. Al igual que
yo, ella también se había cambiado. Llevaba un vestido cortísimo que dejaba
al descubierto su gran escote y sus esbeltas piernas. Me observaba con deseo,
como siempre que estábamos juntos.
Me volví hacia ella y la observé detenidamente.
—No es una de mis mejores noches —le aclaré haciéndole entender que no
esperara que la tratara con cariño.
—Puedo hacer que mejore bastante —contestó pegándose a mí y
ofreciéndome una vista privilegiada de sus pechos—. Solo tienes que venir
conmigo —agregó en un tono seductor.
La observé detenidamente. Aún faltaban quince minutos para la última
carrera y la verdad es que no me vendría nada mal desfogarme con Anna en la
parte trasera de mi 4x4.
—Que sea algo rápido —le dije al mismo tiempo que tiraba de ella hacia
mi coche.
Quince minutos después regresábamos hacia donde la gente esperaba ansiosa a
que tuviera lugar la final. Tener sexo con Anna me había ayudado a aclarar las
ideas. Podía tener a quien me diera la gana, no iba a dejar que una adolescente
de diecisiete años trastocara mi mundo...
Y entonces fue cuando la vi.
La gente se hallaba lejos de la línea de salida, se habían trasladado al lugar
de la meta. Los únicos que se quedaban siempre eran Lion y Jenna... Pero no había ni rastro de mi amigo por ninguna parte. Lo único que vi antes de que mi Audi n***o se pusiese en marcha fue el pelo
multicolor de mi hermanastra por el espejo retrovisor.