Cuando abrí los ojos aquella mañana me sentía realmente mal. Por primera vez en mi vida me molestaba la luz. Me dolía la cabeza una barbaridad y me sentía muy extraña. Era raro de explicar, pero era consciente de cada movimiento, de cada sensación que estaba teniendo lugar dentro de mi organismo y era tan incómodo como molesto y perturbador. Sentía la garganta seca, como si no hubiera bebido ningún líquido en más de una semana.
Con dificultad me acerqué a mi baño y me observé en el espejo.
¡Dios mío, qué horror! Entonces lo recordé.
Sentí cómo todo mi cuerpo temblaba de pies a cabeza.
Me miré en el espejo, tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto recogido en una cola mal hecha. Me sorprendió porque no recordaba haberme recogido el pelo. Me quité el vestido, me lavé los dientes para no sentir aquel regusto amargo en la boca y me puse mi pantalón corto de pijama y mi camiseta agujereada preferida.
Los recuerdos se instalaban en mi mente como fotografías que se pasan demasiado rápido. Solo podía pensar en una cosa: la droga... me habían drogado, había ingerido drogas, había subido al coche de un desconocido, me había metido en una fiesta de matones... y todo por culpa de una sola persona.
Salí de la habitación dando un portazo y crucé el pasillo hasta la habitación de Nicholas.
Abrí sin molestarme en llamar y me encontré con una cueva de osos, si es que se la podía comparar con eso. Había una persona bajo la manta de aquella inmensa cama de color oscuro.
Me acerqué hasta ella y zarandeé al que dormía allí tan pancho como si nada hubiera pasado, como si no me hubiesen drogado por su culpa.
—Joder... —masculló él con voz pastosa sin abrir los ojos.
Observé su pelo revuelto que se camuflaba en las sábanas negras de raso y tiré con fuerza del edredón destapándolo por completo y sin importarme en absoluto.
Por lo menos no estaba desnudo, pero llevaba unos bóxers blancos que me dejaron un poco descolocada por unos instantes.
Dormía boca abajo, por lo que tuve una panorámica perfecta de su ancha espalda, sus largas piernas y todo hay que decirlo, de su espléndido trasero.
Me obligué a mí misma a centrarme en lo importante.
—¿Qué pasó anoche? —casi le grité mientras lo zarandeaba por el brazo para que se despertara.
Él gruñó, molesto, y me cogió la mano para que me detuviera, todo esto aún con los ojos cerrados.
De un movimiento me tiró sobre su cama.
Caí sentada junto a él e intenté soltarme, cosa que no me permitió.
—Ni drogada te estás callada, joder... —repitió la expresión malsonante y, por fin, abrió los ojos para mirarme.
Dos iris azules se clavaron en mis ojos.
—¿Qué quieres? —me preguntó soltándome la muñeca e incorporándose en la cama.
Me puse de pie de inmediato.
—¿Qué me hiciste anoche cuando me tenías drogada? —inquirí, temiendo lo peor.
Madre mía... si me había hecho algo... Nicholas entornó los ojos y me miró cabreado.
—De todo —me contestó haciendo que se me fuera todo el color del rostro. Y entonces se echó a reír y yo le di un golpe en el pecho.
—¡Imbécil! —lo insulté notando cómo la sangre subía a mis mejillas por la rabia.
Nicholas me ignoró y se puso de pie.
Entonces alguien entró en la habitación; un ser peludo y tan oscuro como su dueño y aquella maldita habitación.
—Eh, Thor, ¿tienes hambre? —le preguntó este mirándome con una sonrisa divertida—. Tengo aquí un regalito muy apetecible para ti...
—Me largo —le solté emprendiendo la marcha hacia la puerta. No quería volver a ver a aquel idiota, nunca más, y el hecho de saber que eso era imposible me puso de peor humor aún.
Nicholas me interceptó en mitad de la habitación. Casi me di de bruces contra su pecho desnudo.
Sus ojos buscaron los míos y le mantuve la mirada con desconfianza y también desafío.
—Siento lo que pasó anoche —se disculpó y por unos segundos milagrosos creí que me estaba pidiendo perdón; qué equivocada estaba—, pero no puedes decir absolutamente nada, o se me puede caer el pelo —continuó y supe entonces que lo único que le importaba era salvar su culo, al mío podían darle por saco.
Solté una risa irónica.
—Dijo el futuro abogado —comenté con sarcasmo.
—Mantén la boca cerrada —me advirtió ignorando mi comentario.
—¿O qué? —le contesté desafiándolo.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cuello y se detuvieron en mi oreja derecha. Un dedo suyo rozó un punto muy importante para mí.
—O este nudo puede que no sea lo suficientemente fuerte para ti —susurró y di un paso hacia atrás. ¿Qué sabía él sobre ser fuerte o sobre mi tatuaje?
—Ignórame y yo haré lo mismo... así soportaremos los poquísimos momentos en los que vamos a tener que estar juntos. ¿De acuerdo? —le propuse rodeándolo y apartándome de él.
Thor me observó meneando la cola.
Por lo menos el perro había dejado de odiarme, me dije como consuelo cuando salí de aquella habitación.
Lo primero que hice después de salir de allí fue irme directamente a mi dormitorio. No me gustaba no poder recordar nada de lo que había pasado. Que Nicholas pudiese haber visto algo en mí que yo nunca hubiese querido enseñarle era lo que me hacía odiarle tanto en ese momento. No comprendía cómo en tan poco tiempo había podido formar en mi interior un rechazo tan grande hacia él, pero si lo pensaba no era de extrañar puesto que Nicholas Leister representaba absolutamente todo lo que yo odiaba en una persona: era violento, peligroso, abusón, mentiroso, amenazador... todos los rasgos que me hacían salir corriendo en la dirección opuesta.
Me fijé en que mi bolso estaba tirado de cualquier manera sobre mi cama. Cogí mi móvil de dentro y lo enchufé al cargador mientras lo encendía nerviosa. Mierda, Dan iba a matarme, le prometí llamarle por la noche, estaría subiéndose por las paredes. ¡Maldito Nicholas Leister! ¡Todo era por su culpa!
Cuando me metí en el chat, me di cuenta de que no tenía ningún mensaje, tampoco ninguna llamada perdida. Eso sí que era extraño...
Fuera hacía un día precioso, el mejor para ir a la playa o nadar por primera
vez en aquella piscina tan impresionante. Con un poco de mejor humor me propuse tomar el sol con tranquilidad, leer un buen libro e intentar olvidarme de lo que había pasado o, peor, podría haber llegado a pasar. Con aquellos pensamientos en mente me dirigí a mi impresionante y demasiado ostentoso armario. En un cajón encontré una tonelada de trajes de baño y no me detuve hasta dar con un bañador de cuerpo entero.
Miré mi cuerpo desnudo en el espejo y observé con atención aquella parte de la que me sentía totalmente acomplejada. Opté por no darle demasiada importancia. Al fin y al cabo, estaba en mi casa.
Con un vestido de playa y una toalla color lila, salí de mi habitación lista para afrontar mi primer desayuno en aquella casa.
Me resultaba muy raro caminar por allí, me sentía como cuando de pequeña me dejaban quedarme a dormir en casa de mis amigas y de noche me entraban ganas de ir al lavabo y no iba por miedo a encontrarme con algún familiar.
Cuando llegué me encontré con mi madre, envuelta en una bata blanca de seda y en zapatillas junto a un trajeado Will, listo para salir a trabajar.
—Buenos días, Noah —me saludó al verme primero—. ¿Has dormido bien?
«Mejor que nunca teniendo en cuenta que estaba inconsciente y con un dolor de cabeza de mil demonios.»
—No ha sido mi mejor noche —le contesté cortante. Mi madre se acercó para darme un beso en la mejilla.
—¿Te lo pasaste bien con Nick y sus amigos? —me preguntó esperanzada.
«Ay, mamá, qué equivocada estás... no sabes quién es tu nuevo hijastro.»
—Hablando de Roma... —dijo William tras mi espalda, al tiempo que se levantaba de la mesa y entraba Nick.
—¿Qué hay, familia? —habló en tono seco. Se dirigió a la nevera.
—¿Qué tal lo pasasteis anoche? —preguntó mi madre mirándole contenta—.
¿Qué tal la película? —agregó mirándome a mí.
«¿Película?»
—¿Qué...? —comencé a preguntar al mismo tiempo que Nick cerraba la nevera de un portazo y se volvía hacia mí con sus ojos de hielo.
—La película estuvo genial, ¿verdad, Noah? —me preguntó observándome significativamente.
En aquel momento me di cuenta de que podía fastidiarle pero bien. Si decía la verdad, quién sabe lo que su padre le diría, sin contar en la de problemas que se metería si yo decidía denunciarle a la policía por beber alcohol y ofrecérselo a una menor, o sea yo, por dejar que me drogaran y, por supuesto, por haberme dejado tirada en medio de la carretera.
Disfruté a más no poder mientras le daba a entender con la mirada que no tenía ni la menor idea de lo que estábamos hablando.
—No recuerdo bien... —respondí disfrutando al ver cómo se ponía tenso—.
¿Era Durmiendo con el enemigo o Traffic? —le pregunté sabiendo que iba a disfrutar al verlo en aquella situación, pero para mi sorpresa y disgusto soltó una carcajada.
Mi sonrisa se esfumó de mi rostro.
—Más bien fue Crueles intenciones —me contestó él y me sorprendió que lo dijera porque era una de mis películas preferidas. Irónico si se tenía en cuenta que los dos protagonistas eran hermanastros y se odiaban a muerte...
Lo fulminé con la mirada mientras mi madre, desconfiada, preguntaba:
—¿De qué estáis hablando?
—De nada —respondimos al unísono y eso me molestó aún más.
Me acerqué a la nevera, donde él se encontraba apoyado con los brazos cruzados en posición intimidante, mientras mi madre nos ignoraba y se despedía de su nuevo marido.
Por un momento nos quedamos mirándonos: yo desafiándole con la mirada, él como si estuviera pasando uno de los mejores momentos de su vida.
—¿Te apartas o no? —le dije con intención de que me dejase abrir la nevera.
Él levantó las cejas con diversión.
—Mira, Pecas, creo que tú y yo tenemos que aclarar varias cosas si vamos a tener que convivir bajo este mismo techo —afirmó sin apartarse.
Yo lo observé con frialdad.
—¿Qué tal, cuando tú entras yo salgo, cuando te vea te ignoro y cuando hables hago como si no te escucho? —le propuse con una sonrisita irónica, maldiciendo el momento en el que le conocí.
—Mi mente se ha quedado en lo de cuando yo entro tú sales... —comentó en un tono pervertido y sonriendo al ver que me sonrojaba. Maldita sea.
—Eres asqueroso —le solté al tiempo que intentaba apartarle para que me dejara abrir la nevera.
Por fin lo hizo y yo pude coger mi zumo de naranja.
Mi madre se había ido con una taza de café con leche en una mano y el periódico en la otra. Sabía lo que pretendía: quería que me llevara bien con Nicholas, que nos hiciésemos amigos y que por obra de un milagro divino, lo quisiera como si fuese el hermano mayor que nunca había tenido.
Ridículo.
Le observé al mismo tiempo que me sentaba en los bancos que había junto a la isla y me echaba zumo en un vaso de cristal. Nicholas llevaba unos pantalones de deporte y una sencilla camiseta de tirantes. Sus brazos estaban bien formados, y después de haber presenciado los puñetazos que había dado a dos chicos en menos de diez minutos, sabía que tenía que mantenerme alejada de ellos... quién sabía lo que era capaz de hacer.
Entonces se volvió con su café en la mano y lo vi: el tatuaje... tenía el mismo tatuaje que yo en el cuello... el mismo nudo, el mismo símbolo que significaba tantas cosas para mí... Ese energúmeno tenía un nudo idéntico tatuado en su brazo.
Me quedé observándolo con atención y con un pinchazo en el pecho, mientras él se acercaba y tomaba asiento frente a mí. Sus ojos me observaron unos instantes hasta que se dio cuenta de lo que mis ojos miraban con tanta fijeza.
Dejó la taza en la mesa y se inclinó con los antebrazos apoyados sobre la superficie.
—A mí también me sorprendió —admitió dándole un trago a su café. Su mirada se posó en mi rostro para luego descender hasta mi cuello.
Me sentí incómoda y expuesta.
—Al final resulta que tenemos algo en común —declaró con frialdad. Al parecer a él también le molestaba que compartiéramos tatuaje.
Me puse de pie; tiré de la goma del pelo y mi melena cayó en cascada, tapando mi cuello y mi tatuaje. Acto seguido, me marché de la cocina.
Había algo en lo último que había dicho que me había trastocado por dentro... como si de alguna manera supiera los motivos por los que llevaba aquel tatuaje y los comprendiera...
Salí hacia el jardín trasero. Era increíble cómo se veía el mar desde allí y cómo la brisa marina te envolvía con su olor y su calidez. No podía negar que me gustaba mucho disfrutar de aquellas vistas y tener el mar tan cerca ahora que viviría allí.
Me acerqué a las tumbonas de madera que había junto a la impresionante piscina. Esta era rectangular, con una cascada en la esquina que le daba al jardín un toque salvaje a la vez que elegante. Junto al acantilado que había a la izquierda del jardín había un jacuzzi colocado estratégicamente entre unas piedras enormes para poder disfrutar del espléndido paisaje.
Decidida a disfrutar de aquello, me quité el vestido cerciorándome antes de que no hubiera nadie a mi alrededor y me recosté en una de las tumbonas con la intención de tomar el sol para conseguir ponerme morena en menos de una semana. Tenía que aprovechar las pocas semanas de vacaciones que me quedaban, dado que al cabo de un mes empezaría las clases en mi nuevo y extremadamente caro instituto de niños pijos. Cogí mi teléfono y miré si tenía alguna llamada perdida de mis amigas o, lo que para mí era más importante, de mi novio Dan.
Ninguna.
Sentí un pinchacito en el pecho pero no me di oportunidad de agobiarme. Ya me llamaría, estaba segura... Cuando le conté que debía marcharme se puso como una moto. Llevábamos saliendo nueve meses, y había sido mi primer novio oficial. Lo quería, sabía que lo quería porque nunca me había juzgado, porque siempre había estado a mi lado cuando lo necesitaba... y, además, estaba para comérselo. Cuando habíamos empezado a salir no cabía en mí de gozo: era la adolescente más feliz del planeta... y ahora había tenido que marcharme a otro país.
Abrí el chat y le dejé un mensaje:
Ya estoy aquí y te echo de menos, ojalá estuviera contigo, llámame cuando lo leas.
Miré el mensaje y me fijé en que no se conectaba al chat hacía media hora.
Con un suspiro dejé mi móvil sobre la tumbona y me acerqué a la piscina.
El agua estaba a una temperatura perfecta, por lo que me estiré, levanté las manos y salté de cabeza. Fue liberador, refrescante y divertido, todo al mismo tiempo. Comencé a nadar disfrutando de poder liberar todas mis tensiones con el ejercicio.
Unos quince minutos después salí del agua y me recosté en la tumbona, esperando a que el sol hiciera su efecto. Cogí el teléfono para ver si me había contestado y al fijarme vi que Dan estaba conectado, pero que aún no me había escrito, lo que me hizo fruncir el ceño.
En ese preciso instante, me llegó un mensaje de mi amiga Beth, cotilla como siempre:
Hola, guapa, ¿qué haces? Cuéntame cosas
Sonreí y le contesté con un poco de nostalgia.
Pues mi hermanastro es peor de lo que imaginaba pero intento hacerme a la idea de que ahora tendré que convivir con él. No sabes lo que desearía estar ahora con vosotros, ¡os echo de menos!
Le escribí sintiendo un nudo en el estómago. Beth y yo estábamos en el mismo equipo de vóley; yo había sido la capitana los últimos dos años y ahora que me había ido el puesto se lo había quedado ella. Me alegré al ver lo contenta que se ponía: por lo menos se podía sacar algo bueno de mi marcha... aunque nunca me había mencionado que ansiara ser capitana del equipo.
¡Seguro que exageras! Disfruta de tu nueva vida de millonaria; como te he dicho siempre: ¡tu madre sí que sabe dar un braguetazo! Jajaja
Odiaba ese comentario. Ya me lo había dicho más de una vez y no soportaba que la gente pensara que mi madre se había casado por dinero. Ella no era así, todo lo contrario: le gustaban las cosas sencillas como a mí, y si se había casado con Will era porque de verdad estaba enamorada de él.
Decidí no decirle nada al respecto, sobre todo porque no quería discutir y menos a tantos kilómetros de distancia.
Entonces me mandó una foto.
Eran ella y Dan con los brazos entrecruzados y las caras sonrojadas. Mi novio era rubio y de ojos marrones: un espectáculo para la vista. Me dolió verlo tan contento. Hacía menos de cuarenta y ocho horas que me había marchado... podría haber estado un poco más triste, ¿no? No pude evitar preguntarle:
¿Estás con él ahora?
La respuesta tardó más de la cuenta en llegarme y volvía a sentir aquel pinchazo de alarma en mi cabeza.
Sí, estamos en casa de Rose. Ahora le digo que te hable.
¿Desde cuándo Beth le decía a mi novio que me contestara el teléfono? Al minuto me llegó un mensaje de Dan con una carita de esas sonrientes.
Hey, guapa, ¿ya me echas de menos?
¡Pues claro! Me hubiese gustado gritarle, pero me contuve y le contesté sintiendo cómo mi humor decaía por momentos.
¿Acaso tú no?
Tardó unos segundos en responderme. Odiaba que tardara tanto.
¡Claro que sí! Esto no es lo mismo sin ti, nena, pero ahora mismotengo que irme, te llamo luego ¿vale? Te quiero.
Miles de mariposas revolotearon en mi estómago cuando me dijo aquello.
Me despedí de él y dejé mi teléfono a un lado.
No veía la hora de poder hablar con él, de escuchar su voz... Madre mía, no tenía ni la menor idea de cómo iba a hacer para no echarle de menos cada minuto del día.
Entonces escuché voces que se aproximaban al jardín. Me volví deprisa, cogí mi vestido y me lo puse por la cabeza.
Nick apareció con otros tres chicos. Mierda.
Eran los mismos que había visto el día anterior en la fiesta. Uno era casi tan alto como él, moreno por el sol, con el pelo rubio como el oro y los ojos azules; el otro era más bajo, aunque solo en comparación con Nick y sus otros dos amigos, y no me extrañó ver que tenía un ojo morado; haber visto a Nick en acción hizo que no me sorprendiera que sus amiguitos fueran igual de violentos y de gilipollas; el último fue el que captó mi atención, más que nada porque fue el primero en venir directo hacia mí. Tenía el pelo marrón oscuro y unos ojos tan negros como la noche. Intimidaba, y mucho; sobre todo por el montón de tatuajes que tenía en los brazos.
—Hey, guapa... ¿eres tú la nueva fantasía erótica que todos tenemos en nuestras cabezas? —me preguntó echándose en la tumbona que había a mi lado.
Nicholas se recostó en la otra con una sonrisa en los labios.
—¿Perdona? —repuse incorporándome y mirándole fijamente. Él soltó una carcajada y luego miró a Nick.
—Tenías razón, los tiene bien puestos —convino mirándome de forma que me hizo sentir incómoda.
Lo miré con asco. Mientras tanto sus otros dos amigos se tiraron a la piscina con tal ímpetu que el agua que salpicó me alcanzó de lleno. El vestido se me pegó al cuerpo.
—¡Tened cuidado, cabrones! —les gritó Nicholas quitándome la toalla que yo tenía a mi lado y usándola para secarse.
A mi otro lado el macarra número tres soltó una carcajada.
—A mí no me molesta —dijo con voz extraña y me volví para observarlo
—. Estás muy buena para tener solo quince años —comentó mirándome fijamente las tetas, que se marcaban ahora que el vestido se me había adherido al cuerpo.
—Tengo diecisiete, y como me sigas mirando así te van a doler unas partes muy valiosas de tu anatomía —lo amenacé al tiempo que me despegaba el vestido.
En ese preciso instante Nicholas me tiró la toalla que me había robado, con la que rápidamente me cubrí.
—Déjala, tío —le pidió este en tono serio—, o, si no, voy a tener que tirarla al agua para callarla, y aquí estoy muy a gusto.
Solté una risa irónica.
—¿Que tú qué, perdona? —le espeté volviéndome hacia él. Estaba en bañador y tuve otra vez una vista en primer plano de su pecho desnudo y de su tatuaje.
Se quitó sus gafas Ray Ban y sus ojos azules me observaron con detenimiento. Se veían de un impresionante azul cielo bajo la luz del sol y me distraje unos segundos.
—No creerás que me he olvidado del puñetazo que me diste anoche,
¿verdad? —me dijo inclinándose hacia mí. Mis ojos se desviaron hacia mis nudillos, que aún estaban lastimados por el golpe que le había propinado. En cambio, su mandíbula no estaba ni siquiera un poco roja.
—¿Me estás amenazando? —le pregunté desafiándolo con la mirada. Aquel tío iba a poder conmigo.
A mi otro lado escuché otra carcajada.
—Me encanta esta chica, Nick, tiene que salir con nosotros más veces — comentó el tatuado al mismo tiempo que se levantaba y se tiraba de cabeza al agua.
—Mira, Pecas, no puedes hablarme como a ti te dé la gana —me advirtió sentándose e inclinándose hacia mí—. ¿Ves a esos chicos de allí? —prosiguió, señalando hacia la piscina sin esperar a que le contestara—. Me respetan y ¿sabes por qué? Porque saben que les podría partir las piernas en menos de lo que canta un gallo, así que ten cuidado con cómo te diriges a mí, mantente apartada de mi mundo y todo saldrá bien.
Lo escuché en silencio al mismo tiempo que planeaba la forma de plantarle cara.
—Es gracioso que seas tú el que me amenaza cuando la que podría chivarse a tu padre soy yo, ¿no te parece?
Nick apretó la mandíbula con fuerza y yo sonreí con suficiencia. Noah uno, Nick cero.
—No quieras jugar a ese juego conmigo, Noah, créeme.
Ignorando lo mucho que me afectaba notar su mirada fija en mi rostro, me incliné para coger un poco de protección solar. Necesitaba tener las manos ocupadas.
—Entonces deja de esperar que te trate con un respeto que estás a años luz de merecerte —repuse muy seria—. ¿No quieres que cuente nada de lo que vi anoche? Pues entonces ahórrate tus comentarios y dile a tus amiguitos que me dejen en paz.
Antes de que pudiese contestarme, uno de los macarras salió de la piscina y se sentó junto a mí. Gotitas de agua provenientes de su cuerpo saltaron en mi dirección y me aparté molesta.
—¿Quieres que te ayude con eso? Puedo ponerte la crema por la espalda, guapa.
Miré a Nick fijamente.
—Lárgate, Hugo... mi hermanita y yo estamos teniendo una conversación muy interesante —le ordenó sin apartar sus ojos de los míos.
Hugo se puso de pie sin que se lo tuviesen que repetir dos veces. Bien.
—¿Nos vemos esta noche? —preguntó antes de largarse. Nick asintió en silencio—. Las apuestas son altas, tío, tenemos que ganar estas carreras como sea.
Nicholas lo fulminó con la mirada y su respuesta captó mi interés.
¿Acababa de escuchar la palabra «carreras»?
—He dicho que te largues.
Hugo frunció el ceño, volvió a fijarse en mí y entonces pareció caer en la cuenta de que se acababa de ir de la lengua.
Cuando se fue con el resto de sus amigos, giré sobre mí misma y encaré a mi hermanastro.
—¿Carreras?
Nick volvió a colocarse las gafas y se recostó con la cabeza en dirección al sol.
—No preguntes algo de lo que no quieres saber la respuesta.
Me mordí el labio intrigada, pero tampoco iba a insistir. Los líos en los que Nicholas Leister estuviese metido no podían importarme menos...
O eso creía.
Por la tarde aproveché para pasar un tiempo con mi madre. Esa noche era la gala de la empresa de William y mi madre me había dicho que debíamos asistir todos en familia. No es que me hiciese especial ilusión, pero sabía que de esa no iba a poder librarme: William llevaba trabajando meses en este evento y se esperaba que estuviésemos allí.
Me encontraba sentada en un sofá que había dentro de su propio vestidor. La habitación nueva de mi madre era aún más impresionante que la mía. Decorada en tonos crema y con una cama de matrimonio inmensa era tan imponente como una suite de un hotel de lujo y tenía dos vestidores en vez de uno. Nunca había llegado a creer que un hombre pudiese necesitar un vestuario para él solo, pero al ver los cientos de camisas, trajes y corbatas que había en el vestidor de William, me di por enterada.
Aquella noche sería muy importante para mi madre; obviamente, todos los amigos cercanos y los importantes magnates de la industria y del mundo de las leyes iban a estar allí y no todos habían tenido el honor de conocer a mi madre en persona. Estaba tan nerviosa que era gracioso verla.
—Mamá, vas a estar espectacular te pongas lo que te pongas. ¿Por qué no dejas de agobiarte?
Ella se volvió y me miró con una sonrisa radiante. Me quedé sin respiración al verla tan feliz.
—Gracias, Noah —dijo levantando un vestido blanco y verde para que lo pudiera ver—. Entonces, ¿este? —me preguntó por octava vez.
Asentí al mismo tiempo que volvía a pensar en aquella noche. Si Nicholas planeaba volver a largarse para meterse en algún problema, eso me dejaba a mí libertad de escabullirme igual que él... o eso, al menos, me decía para consolarme.
—Tu vestido también es una maravilla —afirmó mi madre y volví a ver aquella prenda en mi cabeza—. Por favor, no me pongas esa cara: no te vas a morir por arreglarte un poquito de más —agregó al ver que yo apenas sonreía.
—Lo siento —me disculpé con voz seria; últimamente mi humor era como una auténtica montaña rusa—. Pero ir a cenar y acudir a galas no es algo que me apetezca hacer en este momento.
—Será divertido, lo prometo —me aseguró intentando que me animara.
Pensé en Dan... en lo mucho que le hubiese gustado verme con el vestido que llevaría esa noche... ¿De qué servía ponerme guapa si nadie que me importara iba a fijarse en mí?
—Seguro que sí... —respondí tragándome mi malestar—. Supongo que debería empezar a arreglarme.
Mi madre dejó lo que estaba haciendo y vino hacia mí.
—Gracias por hacer esto por mí, hija, significa muchísimo. Asentí intentando sonreír.
—De nada —contesté dejando que me estrechara entre sus brazos. Me di cuenta de lo mucho que había necesitado ese contacto y más después de todo lo que había ocurrido la noche anterior. Me aferré a mi madre con fuerza y dejé que por unos instantes me hiciese sentir igual que cuando era pequeña.