Iba a tener que tener mucho cuidado con Noah. La noche anterior las cosas podrían haber acabado muy mal, si mi padre llegaba a descubrir lo que había estado haciendo... Me preocupaba no saber cómo seguir manteniendo mi vida oculta ahora que ya no solo éramos dos personas viviendo en esa casa. Yo no dejaba que mis dos mundos se mezclaran, era muy cuidadoso con eso, más me valía.
Como siempre en esas fechas se hacían las carreras ilegales en el desierto y ese día después de la fiesta debía estar ahí. Era una locura: música rock, drogas, coches caros y carreras hasta que salía el sol o venía la policía, aunque casi nunca se entrometían, ya que las hacíamos en tierra de nadie. Las chicas se volvían locas, la bebida estaba en manos de todos y la adrenalina era el ingrediente perfecto para vivir la mejor noche de toda tu vida... Siempre que no fueras el contrincante, claro.
La banda de Ronnie siempre competía contra nosotros; el que ganaba se quedaba con el coche del perdedor, aparte del dineral que se jugaba en las apuestas. Eran peligrosos, yo lo sabía de primera mano y por ese mismo motivo todos confiaban en mí cuando se encontraba cerca. Ronnie y yo teníamos un trato amistoso que podía romperse tan fácilmente como quien rompe un papel y aquella noche tenía que estar tan alerta como me fuera
posible, además de ganar las carreras como fuera.
Necesitaba asegurarme de que Noah no iba a irse de la lengua, y por eso me paré ante su puerta antes de que fuese la hora de salir hacia el hotel en donde se celebraría la fiesta.
Después de llamar tres veces y de esperar casi un minuto apareció frente a mí.
—¿Qué quieres? —me preguntó de malas formas.
La rodeé y entré en su habitación. Antes de que mi padre se casara con su madre aquella habitación me había pertenecido.
—Esto era mi gimnasio, ¿sabías? —le dije dándole la espalda y acercándome a su cama.
—Qué pena... el niño rico se queda sin sus máquinas —comentó burlándose; entonces me volví para encararla.
La observé detenidamente, en un principio para fastidiarla a medida que recorría sus curvas con mis ojos pero después no pude más que admirar su cuerpo. Mis amigos tenían razón, estaba como el queso, y no sabía si eso era bueno o malo, teniendo en cuenta mi situación.
Llevaba un peinado de lo más elaborado: un moño recogido en lo alto de la cabeza con rizos que le enmarcaban el rostro de forma elegante y desenfadada. Lo que más me sorprendió, además del vestido azul claro que le llegaba hasta los pies y no dejaba mucho a la imaginación, fue lo maquillada que estaba: su piel parecía de alabastro y sus ojos, dos pozos sin fondo. Aunque no me solían gustar las chicas tan maquilladas, tuve que reconocer que sus pestañas parecían tan largas que me dieron ganas de acariciarlas con uno de mis dedos, y su boca... Ese color rojo carmín sería la perdición de cualquier hombre cuerdo.
Intenté controlar aquel deseo inesperado que me recorrió entero y le solté el primer comentario hiriente que fui capaz de imaginar.
—Estás pintada como una puerta — le dije y supe que le había molestado.
Sus ojos echaron chispas y se sonrojó.
—Bueno, pues así vas a tener un motivo más para no tener que dirigirte a mí — me dijo dándome la espalda y cogiendo un collar de su mesilla de noche. Pude ver su espalda casi desnuda y la seda del vestido caer como si de agua se tratase.
Me acerqué a ella sin siquiera saberlo. Mis dedos ansiaban comprobar si su piel era tan suave como parecía...
—¿Qué estás haciendo? — me preguntó al notarme tras su espalda y volverse al mismo tiempo.
Ahora que la veía más de cerca pude comprobar que no había ni una sola peca a la vista.
Le quité el collar de las manos y lo levanté para que creyera que mi intención solo había sido ayudarla a ponérselo.
Me miró con desconfianza.
—Vamos, hermanita, ¿tan malo crees que soy? —le pregunté al mismo tiempo que yo me preguntaba qué demonios estaba haciendo.
—Eres peor — me contestó arrebatándome el collar. Sus dedos rozaron mi piel y sentí cómo se me ponía la piel de gallina.
«¡Joder!»
Me aparté, frustrado por lo que me estaba causando tenerla tan cerca... El deseo me embargaba y era de lo más incómodo sabiendo que no podía tocarla ni mirarla.
—Venía a asegurarme de que no te irás de la lengua esta noche — dije observando cómo se colocaba el collar ella sola y admirando su destreza.
—¿Irme de la lengua con qué? — me contestó haciéndose la tonta.
Di un paso en su dirección y la fragancia de un dulce perfume impactó en mis sentidos.
—Sabes que esta noche tengo cosas que hacer después de la gala y no quiero que sueltes ningún comentario ingenioso cuando le diga a mi padre que debo marcharme.
—Marcharte porque tienes que trabajar en un caso, ¿me equivoco? Sonreí satisfecho.
—Lo has pillado. Genial. Adiós, hermanita.
—No tan rápido, Nicholas — dijo tras mi espalda. Me detuve a unos pasos de la puerta y apreté la mandíbula con fuerza cuando noté un cosquilleo en el estómago al oírla decir mi nombre en voz alta —. ¿Qué saco yo de todo esto?
Cuando me volví para encararla, una sonrisa de suficiencia surcaba su bonita boca en forma de corazón.
—Sacas que no decida invertir mi tiempo en hacerte la vida imposible. Noah enarcó una ceja perfecta.
—No veo cómo harías eso. Di un paso en su dirección.
—Créeme, no quieras averiguarlo.
Noah me sostuvo la mirada sin siquiera pestañear.
—Si tú te largas de esa fiesta, me llevarás contigo. No hay cosa que me apetezca menos que estar rodeada de gente que no conozco en una fiesta que ni me va ni me viene.
—Lo siento, Pecas, pero como habrás deducido el trabajo de taxista no va conmigo —le contesté señalando mi elegante atuendo con los ojos.
—Pues busca una excusa que nos incluya a los dos, porque no voy a hacer de hija perfecta mientras tú te largas a unas carreras de coches ilegales.
Mierda, el solo hecho de escucharlo de sus labios me ponía nervioso, joder.
—Está bien, supongo que puedo inventarme algo — convine solo para tenerla contenta. Cuando tuviese que irme ella ni se daría cuenta.
Noah frunció el ceño con sus ojos color miel clavados en los míos.
—Es increíble cómo has conseguido engañar a todo el mundo... ¿Sabías que mi madre te había descrito como el hijo perfecto?
—Soy perfecto en muchos aspectos, amor —aseveré sin poder evitar disfrutar con la conversación. Discutir con esta chica era de lo más estimulante —. Cuando quieras te lo demuestro.
Noah puso los ojos en blanco y me miró con superioridad. Normalmente no me podía quitar a las chicas de encima, con una mirada ya las tenía pegadas a mi cuerpo deseosas de complacerme. Me había ganado una reputación a pulso, las mujeres me respetaban y me adoraban al mismo tiempo; yo las complacía y ellas me dejaban mi espacio. Siempre había sido así, desde que tenía catorce años y descubrí lo que las mujeres son capaces de hacer ante un rostro y un cuerpo atractivo. Y allí estaba Noah, que me desafiaba a cada momento y ni se inmutaba ante mi presencia.
—¿Eso le dices a las chicas para llevártelas a la cama? — me preguntó con altanería —. Conmigo no va a funcionar, así que ya te puedes ir ahorrando tus esfuerzos —agregó y al comprender a qué se estaba refiriendo sentí una presión incómoda en los pantalones.
Por un instante me había imaginado quitándole aquel vestido y haciéndole todas las cosas que sabía que volvían locas a las mujeres... Sería divertido enloquecer a Noah hasta que gritara mi nombre sin parar...
«Mierda.»
—No te preocupes por eso: me van las mujeres, no las crías con trenzas y pecas.
—Yo nunca llevo trenzas, idiota.
Solté una carcajada, intentando relajarme. Joder, ahora quería verla con trenzas.
—Bueno, supongo que tenemos un trato —afirmé con la intención de largarme de allí de inmediato.
Noah soltó una risa seca.
—Si venir aquí dando órdenes para ti es un trato...
—Veo que vas pillando mi rollo. Adiós, hermanita.
Recibí una mirada glaciar en respuesta, pero salí sin volver a mirar atrás. Ya afuera, me apoye contra la pared. Maldita sea, nunca me había descontrolado de aquella forma. Me sentía... expuesto, como un crío de trece años...
Me quité aquellos pensamientos de mi cabeza y saqué mi móvil.
Me paso por tu casa antes de la fiesta.
Dicho esto, caminé por el pasillo hasta las escaleras.
Necesitaba desahogarme antes de enfrentarme a aquella noche y la mejor para eso era Anna.
Veinte minutos más tarde me encontraba ante su puerta. Anna era mi tapadera perfecta para acontecimientos como los de aquella noche. Era hija de uno de los banqueros más importantes de Los Ángeles y nuestros padres se conocían de la universidad. Anna había crecido torturándome a medida que se iba desarrollando y yo me había dejado a su merced cuando era un crío y no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer.
Habíamos aprendido juntos, y ambos sabíamos lo que nos gustaba del otro.
Además, nunca me exigía explicaciones ni me desafiaba.
Por ese motivo la arrastré de vuelta a su habitación cuando se acercó a abrirme la puerta.
—¿Qué haces? —me preguntó cuando cerré la puerta con pestillo y la cogí entre mis brazos.
—Follar, ¿qué te crees? — le contesté tirándola sobre la cama.
Anna sonrió y comenzó a subirse el vestido de forma provocativa. Al contrario que Noah, ella llevaba el pelo suelto y un vestido tan corto que no me hizo falta moverlo mucho para llegar a donde me interesaba.
—Vamos a llegar tarde — se quejó acercando su rostro al mío y besándome en la boca.
—Sabes que me importa una mierda — le respondí al mismo tiempo que la llevaba hasta el éxtasis y yo alcanzaba la calma que tanto había deseado desde que aquella bruja con pecas había llegado a mi vida.
Quince minutos después estaba colocándome la corbata al mismo tiempo que me encendía un cigarrillo en el balcón de Anna.
Ella apareció junto a mí, con el vestido otra vez en su sitio, el pelo bien peinado y los labios hinchados por los besos que nos habíamos dado.
—¿Cómo estoy? — me dijo pegándose a mi cuerpo provocativamente.
La observé con detenimiento. Era guapa y tenía buen cuerpo. Su pelo era marrón oscuro al igual que sus ojos... siempre me había intrigado por qué Anna no tenía un novio formal, era lo suficientemente guapa para tener a quien quisiera y en cambio... allí estaba, perdiendo el tiempo con alguien como yo.
—Muy buena — le respondí dando un paso hacia atrás. Necesitaba unos instantes de tranquilidad, acabarme el cigarrillo y mentalizarme para lo de aquella noche.
—¿Estás nervioso por lo de Ronnie? — me preguntó al mismo tiempo que se apoyaba contra la barandilla y me observaba en la distancia. Ella entendía cuándo necesitaba mi espacio, cuándo quería estar solo. Por esos motivos era a ella a la que volvía una y otra vez.
Le di una calada al cigarro y expulsé el humo con tranquilidad.
—No estoy nervioso — admití —. «Irritado» sería la palabra. Ella me observó con curiosidad.
—¿Tu madrastra? — preguntó. Ella estaba al corriente del nuevo matrimonio de mi padre y al tanto de lo poco que toleraba aquella situación aunque intentaba ocultarlo lo mejor que podía.
—Su hija — puntualicé apagando el cigarrillo con la suela de mi zapato. Ella elevó las cejas y me observó con interés.
—No sabe quién soy ni lo que puedo hacer —le expliqué.
—¿Quieres que se lo deje claro? — me propuso y solo imaginar a Noah y a Anna enfrentándose entre sí me causó risa a la vez que irritación.
—No. Solo necesito que permanezca con la boca cerrada y se mantenga al margen de mis cosas — aseveré volviéndome hacia ella.
Ella asintió y sonrió.
—¿No quieres llevarla por el mal camino? —me planteó y por un instante me vi tentado de hacerlo.
—Más bien pretendo alejarla de él. No quiero que me dé más problemas como los de anoche — especifiqué.
El viento sacudió el pelo de Anna y pude observar su cuello. Me aproximé a ella y se lo aparté con suavidad. Entonces mi cerebro buscó algo que allí no había: el tatuaje, el tatuaje del nudo no estaba allí, y en ese momento deseaba besar aquel tatuaje...
Me aparté de ella, dejándola con ganas de más.
—Vámonos — la insté encaminándome hacia la puerta —. Llegamos tarde.
—Creía que te importaba una mierda — me dijo Anna un poco molesta.
—Y así es — contesté, aunque por un instante no supe a qué me estaba refiriendo.