Cuando yo tenía seis años, mi padre le regaló a Rogelio un caballito con remolque de madera pintado a mano en su cumpleaños número doce. Rogelio le tomó tanto cariño que teníamos prohibido tocarlo. Yo ansiaba jugar un poco con él, pero mi hermano lo cuidaba tanto que se tomaba el tiempo de esconderlo de todos nosotros. No sé por qué, pero cuando abrí los ojos me encontraba de vuelta en casa, en la que fue años atrás. El suelo era todavía de tierra, se cocinaba con leña y la crisis económica del pueblo era alarmante. Aun así, mis padres hacían lo posible para que sus siete hijos no se dieran cuenta de aquella triste época. Allí estaba yo, en medio del comedor jugando con piedras y palitos que apilaba. Mi madre bordaba despreocupada y tarareaba una dulce canción en zapoteco. Mi padre beb

