Sin ser invitado, Ciro caminó hacia nosotros, secundado de sus amigos. Fui directo a su cinturón y vi que colgaba un revólver. Chito también iba armado. —Aquí no quiero sus desmadres —gritó don Mencho—. ¡Afuera! Supongo que el cantinero se dio cuenta de lo inconveniente que era tener a dos familiares de enemigos jurados dentro de su pequeño establecimiento. Incluso vi a los dos meseros irse para la parte donde servían la cerveza. —¡Ey, respete a su general! —amenazó Chito. —Lo respeto, pero no quiero sus desmadres en mi negocio. —Calmado, don Mencho. Solo vamos a platicar —dijo Ciro, sonriente, y se volteó para ver a sus acompañantes—. ¿Verdad, amigos? Ellos rieron. —Sí, sí —añadió Chito, indiferente—. Solo una platicadita. —En su cara brilló la maldad; esa que es de temer. Rogelio

