Por diez días estuve así: Sebastián o Paulino llevaban la comida, controlaban mis idas al baño y revisaban de vez en cuando que no tratara de salir. Mi madre se asomó son una vez, pero no dijo nada. Creo que ella comprendía por qué mis hermanos lo hacían. Mi padre ni siquiera intentó hablar conmigo. Podía escuchar su voz cuando conversaba cerca, pero ninguna de sus palabras era para mí. Lo único que me permitieron fue escribirle una carta a Acacio, y eso porque les dije que debía enviarle instrucciones para el negocio. Sí hice eso, pero también hice mención sobre “el otro asunto” con el que Acacio ayudaba. En esa carta que Sebastián llevó al correo le recalqué que le proporcionara a Erlinda dinero suficiente para que mandara a comprar víveres y lo que necesitara, y que estuviera al pendie

