No recuerdo si los fuertes escalofríos fueron los que me llevaron a hundirme en la cama, o fue el tormento que me quitaba las ganas de levantarme. Solo sé que al segundo día ya tenía en la habitación a mi madre, a Justina, Silvia y Pía. Las cuatro comentaban entre sí en voz baja… Era capaz de reconocer los colores llamativos de las telas de sus ropas. El lugar se convirtió en una fiesta de faldas largas que iban y venían. El malestar de cabeza era tan abrumador que impedía que pensara bien. Entre sueños escuché, como si me encontrara dentro de un túnel, la inconfundible voz de Silvia: —¿Sigue la fiebre? —Sí —alguien le respondió—, pero baja por ratos. Mi madre fue la otra persona que habló, quejándose: —¿Y si buscamos otro médico? El viejito ese que vino no me convence. —Tranquila,

