—¡Primo! ¡Primo! —escuché que gritaron pasadas las once de la noche, afuera de la casa. ¡Lo supe enseguida! Esa voz no podía ser de otra persona. Me levanté del sillón donde dormía y salí a su encuentro. Por la poca privacidad, me acostaba con ropa de día. Habían pasado tres días desde que le envié la carta a Erlinda, avisándole del deceso de su tío Cipriano. Pía y los niños ya estaban de vuelta, aunque mi cuñada guardaba distancia y era más cortante a la hora de interactuar conmigo y con mis invitados. Por dentro pedí que Catalina no despertara con el ruido. Si descansaba mal, al día siguiente se levantaba irritable. Los Ramírez no parecían incómodos con la presencia de mi peculiar familia. Incluso Celina le ayudó a Pía varias veces a perseguir a esa ágil y atrevida niñita. Los pis

