2. La mala noticia.
Dulce.
Me voy a la cama.
Son pasadas la una de la madrugada, no pienso bañarme a esta hora, pero me he quedado caliente, y para momentos como este, tengo uno de esos juguetes sexuales famosos de Ergo-s*x, que salen todo el tiempo en la publicidad de la web. A este pedazo de excitación yo le llamo: "el único fiel"
Me subo a la cama y abro las piernas. Miro al techo, mientras me llevo el único fiel a mi concha toda húmeda. La vibración es estimulante, cierro los ojos, no sé por qué ese engreído viene a mi mente, pero me sirve, me hace llegar en segundos, ya estoy relajada... y me quedo dormida.
......
Mi alarma suena.
Maldita sea.
6:30 AM.
Hora de bañarse.
Aún dentro de mis calentitas mantas estiro mis manos, luego mis pies. Cierro los ojos, los tengo sensibles la luz. Inspiro y expiro, y luego vuelvo a inspirar y a expirar por segunda vez. Me pongo en pie. Abro los ojos. Me dirijo a la ducha.
Me enjabono todo mi cuerpo, me lavo mi raja, el ardor que tengo desata en mi mente todas esas sensaciones, los recuerdos de la noche anterior vienen de una sobre mi, y hacen que mi cuerpo convulsiones de adrenalina al recordar que he tenido sexo con un completo desconocido... y no ha estado nada mal, ni ha tratado de secuestrarme para meterme en el mundillo de la trata de personas, y no voy a mentirme a mí misma, ha estado mejor que bien, mejor que la última vez que estuve con un hombre.
Con la bata de baño secando mi cuerpo, voy a la cocina a prepararme un café. Abro la alacena donde guardo mis galletas de avena con chips de naranja y chocolate pero no quedan. Ahora que lo recuerdo tenía que ir al supermercado hace dos días, por culpa de mi olvido me toca desayunar solo café. Mientras enfría, regreso al dormitorio y abro el placard. Elijo un jeans suelto y una blusa magenta que tiene abiertos los hombros, zapatillas planas ya que me la pasaré de pie todo el día.
Me llevo la ropa elegida a la sala, y lo dejo sobre el mismo sofá en el que el desconocido de ayer dejó su camisa Armani, de tan solo recordarlo se me estremece la piel, bebo un poco de café.
Yola.
No, mierda, me he olvidado de ella. Soy la peor amiga del mundo...
Mi celular.
¿Donde ha quedado?
No vaya a ser que ese ojos de mar me lo haya robado.
Busco aquí, busco allá... hasta que veo el montón mi blusa y brasier en el mismo lugar en el que me lo ha sacado sin problema, con demasiada habilidad, ya que no son fáciles de desabrochar... Ese par de ojos de mar es todo un experto, debe ser un casanovas que se acuesta con todas las mujeres que puede.
Vuelvo al dormitorio, ahí está mi falda a un costado con mis medias pantis... Pero no está mi celular, maldita sea...
¡Me ha robado ese casanovas lividinoso!
Un momento. Tengo que recapitular mis movimientos...
Respiro hondo y saco todo de mi mente.
¿Tenía mi celular en el bolso cuando llegamos?
Lo tenía en la misma mano en la que llevaba... ¡Mis tacones!
Vuelvo a la sala, mis tacones están sobre la mesa, justo al lado de mi... celular.
Uffff
Me siento fatal por haber pensado mal en ese casanova, ¿tan lindo y ladrón? Sería una pena, aunque no me sorprendería, lo sé por experiencia propia.
Yola...
Tomo mi celular y, mierda... se ha quedado sin batería...
Lo pongo a cargar.
Enciendo el televisor.
Tiene una gruesa línea en el medio de la pantalla, obra de la inepta empresa de mudanza que lo golpearon al dejarlo donde está, de manera que solo me sirve para escuchar el informativo, las caras en primer plana se cortan y a ratos los presentadores quedan con los ojos cubiertos con una venda, a ratos es gracioso.
Cuando la carga está en cinco por ciento, termino el café, y enciendo el celular.
Una docena de mensajes de Yola preguntan a qué hora vuelvo al bar. Marco a su número y llamo, pero no contesta. Ay, no. ¿No será que al final su cita a ciegas era realmente un depravado y se la ha llevado?
Un nudo en mi garganta me hace doblarme en dos.
Es mi culpa. Debí estar con ella en ese momento...
Tal vez solo se cansó y se fue, y si fuera eso lo que pasó, ¿por qué no me contesta la llamada? No, algo anda mal...
Me visto, me maquillo sin muchas ganas, tomo mi celular, mi bolsón, y mis llaves.
Salgo para el Blonde' Hair, el salón donde trabajo.
Soy estilista a tiempo completo los sábados, y hoy es sábado, así que no volveré hasta tarde.
—Dulce, buenos días —me saluda Charito, la recepcionista, y una buena amiga con la que suelo pasar el rato charlando de las cosas de la vida.
—Hola Charito, ¿Llegó Yola?
—No, aún no. Pero en díez minutos llega una cliente que ha reservado con ella. Si no llega a tiempo, te harás cargo tú.
—¿No hay clientes para mí?
—Según el sistema, tu primer cliente llegará a las diez. Es la estirada esa, la del rubio platino.
Habla de la señora Brown, ella es exigente y siempre que viene a retocarse las raíces me habla de su marido, y de todas sus infidelidades. Ella refuerza mi falta de fé en los hombres.
Dejo mi bolsón en el casillero quince, mi número favorito de la suerte. Reviso que todo esté en orden en mi espacio de trabajo, no me gustan las sorpresas ni los imprevistos. Todo tiene que estar cuando lo necesite, de lo contrario me quita tiempo y en este negocio, el tiempo lo es todo.
Cepillos, secadora, plancha, peines y mis tijeras de filo dulce, exfoliadora, ambas de platinium. No trabajo con navaja, mis clientes lo saben, así que solo si el cliente es varón lo uso, y nunca debe faltar el desinfectante para las manos. Tengo a Mery, mi ayudante, pero es medio torpe, suele confundirse y cuando se pone nerviosa se olvida de todo. Me recuerda a la Dulce de hace cinco años, solo por eso le tengo paciencia, ya que a mí jamás me la tuvieron.
Esa risa que viene de la recepción es de Yola.
Me dirijo rápidamente para confirmarlo.
—¡Ahi estás! —le digo al verla, no parece que la haya pasado mal, salvo ese par de ojeras que lleva, se ve bastante bien.
—¿Por qué me ves como si fuera un fantasma? -me pregunta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Te juro que tenía todas las intenciones de volver al bar...
—Mejor que no lo hiciste, amiguis. Al final, mi cita me plantó pero conocí a un tipo tan sexy... —pone cara de calenturienta, tan ella...
Pero quién soy para decirle algo, menos ahora que terminé con un desconocido en mi cama, ups, ahora me doy cuenta que bien podría haber sido su cita, el desconocido con el que me acosté... Nunca le contaré a mi amiga lo que ha pasado hoy... valoro mucho nuestra amistad y eso de andar peleando por un tipo, no es lo mío, pero sé que ella se toma muy en serio los hombres con los que quiere acostarse.
—¿Y tú, traviesa? Micky me dijo que te fuiste con un tipazo sensual... ¿es verdad? -hace a la que me olisquea, qué incómodo-. Hueles a sexo, amiguis -me dice mirando como si fuera un pedazo de torta que se quiere devorar ella sola.
—Ejemmm —retrocedo un paso.
—Ha llegado tu cliente —le dice Charito y me ha salvado.
Luego de un día arduo en la que por culpa del descuido de Mery casi quemamos el pelo de una cliente distinguida. Amo este trabajo pero cada susto que me dá, y cada accidente que me pasa... Mery había guardado el tinte rojo intenso en la caja de un rubio platino, y aplicó el rojo sobre las raíces de la mujer que odia con ganas los tonos rojizos. No me di cuenta hasta que por casualidad, me fijé.
Mery casi se pone a llorar...
Tuve que hacer varios barridos de color... la clienta no se enteró de nada... salvo que nos tardamos una hora extra.
Vuelvo a casa a las once de la noche.
Me tumbo en mi cama y me quedo dormida.
Los domingos me la paso hasta el medio día en la cama, y cuando me levanto, ordeno un poco mi desastre y lavo mi ropa, cuando me canso, me pongo una buena serie en Netflix y salgo a comprar la cena a la esquina, pero no se me apetece nada hoy, no tengo ganas de comer. Paso por el bar. Está abierto, no sabía que abría los domingos. Paso por una cerveza y ya.
Unas horas después...
Como un tic muevo el vaso solo para escuchar el tintin que hacen los cubos de hielo al chocarse con cristal. No tengo la menor idea desde cuando tengo la mirada perdida sobre una máscara de Joker detrás de Micky, al que veo moverse con gracias pero solo es una sombra en mi visión.
—Serías buena preparando las bebidas —Micky suelta, y yo que estoy en las nubes no sé si me lo ha dicho a mi.
Hago un tremendo esfuerzo para centrar la vista en él. Me fijo en el piercing que tiene debajo los labios, le queda de diez aunque dista mucho de ser mi tipo de hombres. ¿Por qué carajos usa boina dentro del bar?
—¿Me hablas a mí?
Micky sonríe.
—Con el ritmo que llevas imagino que agitarás muy bien la coctelera.
¿Perdón?
Frunzo la frente.
—¿Qué tratas de insinuar? —le pregunto.
Michu se queda parado un momento hasta que se da cuenta de cómo me lo he tomado.
—¡No quería ofenderte! Solo me refería al vaso que... —ahora está abochornado, y eso quiere decir claramente que no es de esos cerdos asquerosos que intentan hacerse el gracioso conmigo.
—No hay lío, perdóname —le digo al ver como se ha puesto—. He sido demasiado brusca. Es que últimamente el universo me junta con puros idiotas, ¿sabes? Es como si estuviera esperando a que llegue el siguiente para mandarlo a la mierda, ¿me entiendes?
Por la cara que ha puesto sé que no me entiende nada, y ahora va a creer que soy una de esas que odian a los hombres, pero a mí me dá perfectamente igual. Suspiro hondo y luego miro la hora en mi puto celular.
Veo un mensaje de mi jefa en Stone's la empresa de empaquetamiento en la que trabajo de lunes a viernes desde las siete de la mañana hasta las diez. Mi jefa nunca suele enviar nada la grupo de información que tenemos en w******p. Solo por eso le presto atención.
"La empresa Stone's y sus afiliadas cierran desde el día de hoy sus puertas de manera permanente" En el transcurso de la semana se les irá abonando sus sueldos correspondientes..."
Genial. La noticia de fin de año. Acaban de despedir a todo el personal. He quedado sin mi empleo de medio tiempo...
Pero yo soy la más antigua del equipo y sé que me toca bonificación por antigüedad. Llamo a Darío, el administrador, y luego de preguntarle por quinta vez si no es obra de un hacker que se ha hecho pasar por la jefa para hacernos una broma pesada, me asegura por quinta vez que la noticia es oficial.
—Te pagaremos tu indemnización en tres meses, como avala la ley, no te preocupes de nada, Dulce.
—¿Cómo que no me preocupe por nada? He quedado sin trabajo y sin mi sueldo... ¿hasta que pasen tres meses qué voy hacer?
—Tenía entendido que eras estilista.
—Lo soy, pero mi sueldo es para pagar mis deudas, ¡acabo de comprarme un lavarropas carísimo y aún no he terminado de pagarla! —cuelgo, estoy que no doy más. No sé que voy hacer.
Qué golpe más duro para mis bolsillos.
Estoy deprimida al borde del llanto.
No hay nada peor que recibir una mala noticia en vísperas de año nuevo.
Buah, año nuevo, trabajo nuevo. Deuda nueva. Me muero.
Miro a Micky.
—Sírveme un whisky a las rocas.
Abro los ojos y una puta migraña me atraviesa la cabeza. Me duelen los ojos por la luz que entra por la ventana que da al patio.
Mierda, mierda, mil veces mierda.
¿Cómo he llegado a casa?
Hago esfuerzo pero no logro recordar nada, no tengo la menor idea...
Busco por todas partes mi celular y mi bolso, no están en mi dormitorio, salgo a la sala y están encima de la mesa, cosa rara porque no suelo recordar que tengo una mesa. Tomo mi celular rogando que no haya hecho lo mismo de siempre y que me ponga ebria.
Abro la galería de las fotos...
¡Y sí, lo he vuelto a hacer!
¡Me quiero morir! Hay cientos de selfies con Micky y con gente que no conozco, muchas están borrosas, y en todas estoy claramente alegre y tan ebria...
Mi cabeza...
Tengo mucha sed.
Voy a la cocina y lleno un vaso con agua de canilla, me lo bebo todo. En la alacena no queda nada para comer y se me ha acabado el café, tengo que ir a comprar... ahora que recuerdo es lunes, pero ya no importa, no tengo trabajo al que asistir.
Hoy no tengo ganas ni de darme un baño, a pesar de que me ayudaría con esta jaqueca. Me pongo un jeans viejo y una remera blanca que me llega hasta la cintura, zapatillas planas. Mi celular, las llaves en el bolso, y estoy lista para ir al supermercado.
¿Qué es esto?
Alguien ha deslizado un sobre por debajo de mi puerta. Espero que no sea otra factura vencida.
Sumamente curiosa lo abro con torpeza.
¡Si será un idiota!
El casanova libidinoso me ha pasado un recibo por una camisa nueva de Armani por diez mil dólares.
¡Está loco!
En el sobre también viene una nota con un número de un celular, supongo que es el suyo. Bien, esto lo arreglo ahora mismo. Le llamo. Suena como cinco veces antes de que decida contestar. Genial. Me ha sacado la jaqueca de encima:
—No sueñes que te vaya a pagar esto... —le digo—. Me acaban de despedir y no me alcanza ni para el alquiler del mes...
—Dicen que cuando se cierra una puerta se abren mil —suena tan relajado que no sé si se está burlando de mí o no entiende la gravedad de mi situación. ¡Voy a perder todo!
—Pues, me he quedado ciega porque no veo esas mil puestas. Adios.
A los dos segundos me devuelve la llamada.
—Si bien recuerdo, ayer mencionaste que tienes dos empleos —dice como si no se hubiera enterado que corté la llamada hace nada.
—Sí, pero ni así me alcanza... en el Blonde's Hair hago buen dinero, y con las propinas, y puedo, digo, podía pagar una parte de mis deudas pero eso a terminado... No sé por qué terminé contandote esto, ni te importa, ni te incumbe, supongo que necesitaba decírselo a alguien, en fin, adiós —cuelgo.
A los dos días, lo veo en el sector de espera.
Viste elegante. Una camisa azul oscuro y un elegante traje gris, que hace juego con la corbata.
Lo veo desde adentro.
¿Qué hace él aquí?
—¿Estás libre? —me pregunta Charito delante de Adele, la jefa, que jamás pone un pie en la estética, a menos que una personalidad importante venga a atenderse.
—Sí, ha cancelado mi clienta —le digo.
—Okay. Atiende al cliente que espera.
—¿No puede hacerlo otra persona? —pregunto casi sin pensarlo.
—Lo siento Dulce, eres la única que ha quedado libre.
Mierda. Mierda. ¿Por qué esto me tiene que pasar solo a mi?
Respiro hondo para sacar valor de alguna parte
Voy por él.
—Hola. Seré tu estilista el día de hoy. Sígueme por favor... —si no fuera que Adele está mirando lo echaría de aquí, pero no puedo darme el lujo de hacerlo.
Le indico donde sentarse y le pongo la capa, le aprieto un poquito para que no esté tan cómodo, y se ve por su cara que he conseguido mi propósito.
Es atractivo. No lo niego, algo joven para mí. Tiene el corte impecable, ha debido ir recientemente a un estilista.
—¿Qué necesitas? Tienes el corte impecable, y no tienes sombra de barba.
—Las patillas. Me molestan —me dice, lo más relajado y de buen humor que puede estar alguien en su lugar— ¿Puedes hacer algo?
Eso lo soluciona el barbero, no una estilista, pero qué más da, mientras pague.
—Claro —enciendo la máquina de pelo, y lo tengo en mi mano como un arma. Le paso suavemente y con cuidado por las patillas. Se las dejo perfectamente delineadas, mientras tanto él me mira por el espejo, repasa todo mi cuerpo con ese par de ojos de mar, y eso impide que me concentre, entonces mi esfuerzo es doble, aparentar que no me pasa nada y delinear sus pastillas de manera perfecta.
—¿Me dices realmente por qué estás aquí? —le pregunto mientras empiezo con la otra patilla.
—Quería verificar si de verdad trabajabas aquí.
—¿Por qué mentiría?
—¿Para zafarte de la deuda que tienes conmigo?
—Ya te dije mil veces que no puedo pagarle diez mil dólares por tu camisa Armani que accidentalmente se achicó en mi lavarropas. Eso me pasa por tratar de darle una mano a un desconocido.
—Fuiste tú la que me manchó con vino y luego la pusiste a lavar con agua caliente. Doble culpa.
—Sueñas que te pague. No tengo ni para pagar mis deudas, menos a tí, pero claro, a menos que me consigas un trabajo de medio tiempo con un jugoso sueldo, y ni así llegaría, tendrías que esperar unos tres meses, para que te empiece a pagar, lo haría en seis pagos.
Cuando termino de delinear las patillas, le paso el limpiador de pelo, y le desinfecto. Le saco la capa con cierta brusquedad.
—Ha sido un placer atenderte —repito las palabras que les digo a mis clientes antes de que se marchen.
Pero este casanova se toma todo su tiempo para revisar a detalle mi trabajo de delineado de patillas.
—Eres buena en esto. Aunque no tanto en la cama.
Sus palabras hacen que se me enciendan las mejillas, debo estar roja como un tomate. Tengo que hacer que pare.
—Es una pena que te haya decepcionado, para tu consuelo, ya somos dos los decepcionados —le enseño mi sonrisa maliciosa, la que pongo en estas situaciones, y veo que mis palabras le han llegado duro al ego de machito
Tengo sus ojos claros como el mar fijos en mi, y no lo resisto.
—Gritabas de placer. Me pedías que no pare —murmura para que solo yo escuche.
—Y me has dejado con ganas... —le aclaro por si se ha olvidado—. Eso me pasa por llevar a mi cama a alguien más joven que yo. Dicen que los hombres se ponen sabrosos después de los cuarenta, eso es lo que espero.
Con mis últimas palabras se retira en silencio, no con esa cara de daddy que sabe que está más que atractivo y que puede cogerse a la que quisiera con una sola de sus sonrisas. Si algo sé hacer bien es espantar a los tios que me quieren de juguete, pues este tío no será la excepción. Lo pondré en mi lista de prohibidos.