3. Una cena con el casanova.
Dulce.
—Es una pena, mi niña, te llamaré si hay un turno disponible, pero por el momento todos están ocupados. Estamos en época fuerte, cariño, y nadie quiere perdérselo —Charito me mira con cara de tristeza, y por eso dudaba en contarle que me he quedado sin el sueldo de la empacadora.
—No te preocupes, ya veré cómo me las apaño —le digo con una sonrisa cansada. Son pasadas las diez de la noche y he trabajado un montón.
—Vamos por unas chelas —ofrece Yola, que se pone a mi lado y me mira con cara de curiosa morbosidad. Quiere hacerme mil preguntas sobre lo que ha pasado el sábado pasado, hasta hoy he tenido suerte y no hemos podido hablar largo y tendido, como ella quisiera.
—Necesito un trabajo de medio tiempo para hoy —le digo de una.
—No manches, ¿renunciaste? ¿Ese administrador te seguía echando el ojo?
—No me echaba el ojo. Me tocó el culo, que es algo distinto. Pero ya no importa, el Stone's ha cerrado para siempre y nos ha dejado en la calle.
—Mierda.
—Doblemente mierda porque ahora no tengo ni putas idea de dónde voy a sacar para pagar facturas y mis deudas.
—Puedo pasarte un par de turnos.
—No lo hagas, sé que necesitas el dinero para las medicinas de tu mamá. Ya veré lo que hago. Bueno, que disfruten de su salida.
—¿No vienes con nosotras por un par de horitas?
Sabía que iba a decirme esto.
—No te vayas a ofender pero ahora mismo lo que añoro es mi cama.
Nos despedimos con un par de besos, y paso a despedirme de Charito y de todas las chicas. Ellas se quedan a cerrar el negocio y yo, me vuelo, porqué así no me voy nunca de aquí.
Ni bien doy un paso fuera me lo encuentro al casanova con patillas perfectamente delineadas en la puerta del Blonde' Hair.
—Eres tú. —Me paso la mano por mi pelo que por la hora empieza a encresparse de nuevo.
—Y tú eres tú —responde él mientras me mira como si fuéramos viejos conocidos. ¿Por qué sigue sonriendo así? Exactamente después de mirarme de esa manera se fija la hora en su reloj de pulsera—. Eres una adicta al trabajo. Deberías ganar mucho por las horas que trabajas.
—En eso estoy de acuerdo, pero así es mi vida... ¿Qué haces aquí?
—Pasaba casualmente cuando te vi...
—¿Tratas de ligar conmigo? No es como que te crea eso de que pasabas casualmente, por aquí justo a esta hora.
—Por que no es verdad —confiesa con esa sonrisa avasalladora—. Me preguntaba si tenías apetito.
La verdad es que he preferido no almorzar para ahorrar un poco, y justo ahora me suena la panza del hambre que tengo, pero él no sabe nada de esto.
–¿Por qué lo preguntas? ¿me invitarás a comer?
—No lo había pensado pero suena bien. ¿Te animas a cenar conmigo ? —me mira con mucha confianza en sí mismo, o es que ha perdido la memoria y no recuerda que le he dejado en claro que no es mi tipo, pero si quiere flirtear, ha elegido no a una difícil, sino a una imposible.
Ajjj, esta panza que me delata con sus ruidos...
—Está bien, pero si tengo que pagar un solo centavo, entonces olvídalo —le aclaro el panorama, y así me evito el trabajo de salir huyendo del restaurante al que vayamos.
—Perfecto. Esta vez invito yo. Ven, sígueme. Conozco un restaurante que prepara unos platillos deliciosos.
—¿No quedará lejos, verdad?
—Llegaremos en quince minutos —inesperadamente me guiña un ojo, y se detiene en frente de un bmw azul oscuro. Me abre la puerta del copiloto y yo subo. Enseguida sube él, enciende el motor y arranca. Este carro es tan cool que no hace un solo ruido, parece que no se mueve pero sí lo hace.
—¿A dónde carajos piensa llevarme?
—Te va a encantar —anuncia con una sonrisa misteriosa.
—Mientras no menciones el asuntito de tu camisa Armani... —blanqueo los ojos.
—Okay, solo relájate —me dice mirándome con esos ojos claros sobre mí.
Respiro hondo al escuchar sus palabras. Me doy cuenta que ni se ha presentado ni me ha preguntado por mi nombre, así que tendré que hacerlo yo.
—Dulce.
—¿Qué?
—Que así me llamo. Dulce García.
—Vaya nombre —me dice y sé a lo que se refiere.
—No es culpa mía. Ha sido el de mis padres, así que cúlpales a ellos, y para que sepas, jamás me he sentido dulce, de hecho soy todo lo contrario.
—James Gerald.
¡Pero si tiene el nombre hermoso! James Gerald, suena hasta romántico, parece un nombre sacado de una película de romance de los 60's.
James me mira de reojo, es como si leyera mis pensamientos.
Es un restaurante elegante, me siento incómoda, habría preferido un Burger King o el Burrito's hot, pero no me quejo, es comida gratis. ¿No?
Mientras nos traen los platos, saco mi celular y comienzo a plagar a mi lista de contactos con mi currículum por si surge algo para mí.
—¿Qué haces? —me pregunta, mientras sirve las copas con vino.
—Le mando mi currículum a todos mis conocidos.
—¿Qué sabes hacer?
—Pues de todo. He tenido tantos trabajos que es más fácil decir lo que no sé hacer.
—¿Qué no sabes hacer?
—Eso es fácil, no sé cocinar, aunque mi mamá siempre repetía que una mujer debe saber cocinar para su marido. No la culpes, es bummer, es decir que ha crecido con esa mentalidad, como la mayoría de su generación, son chapadas a la antigua, que piensan que la mujer tiene que estar en la cocina y el hombre follándose a todas mientras su familia pasa hambre. Ups, lo siento, a veces soy demasiado habladora, y no sé por qué te cuento esto a tí.
No se lo he contado ni a Yola, que es mi mejor amiga, y vengo a soltárselo nada menos que al casanovas con ojos de mar.
—¿Me cuentas algo de tí, James Gerald?
—Estoy soltero, practico deporte en mi tiempo libre y me gusta la comida picante.
—Vaya... ¿esa es tu presentación en Tinder?
—Eres exigente.
—Solo quiero saber por qué me invitaste a comer.
—Te vi saliendo del trabajo, y me dije... ¿Por qué no la invitas a comer?
—No tendremos sexo después, ¿lo sabes no?
—Vaya, sí que eres directa.
—Solo sé lo que quiero y lo que no.
—¿Estás segura?
—¿Segura de que no quiero sexo?
—No. Estar segura de saber lo que quieres.
—La mayoría de las veces sí lo estoy... como ahora que sé que no quiero sexo.
—¿Sabes que comer solo es triste? —y casi de inmediato cambia de tema—. Aquí sirven unos platillos exquisitos ya lo verás por ti misma.
La mesera que mastica chicle de pronto detiene de hacerlo al verlo a él. Comienza a caminar hasta aquí moviendo las caderas, y no le quita los ojos de encima.
—Buenas noches soy Kat. ¿Qué van a ordenar hoy?
—Hola Kat, bien, yo pediré un bife a las especias con puré —le dice James, aparentemente sin darse cuenta que Kat le coquetea.
Ahora Kat me mira, yo ni siquiera he visto el menú.
—Bien... pediré lo mismo que él —salgo del paso.
—Enseguida les traigo sus platillos —Kat se retira no sin antes mirar por unos segundos a James, y él le guiña el ojo, ya sabía yo que era todo un casanova.
—¿Kat y tú se conocen?
—Vengo a cenar aquí dos veces a la semana, si te refieres a eso, sí.
—¿Sabes que le gustas?
—Sí. ¿Y te gusta ella?
—Es atractiva pero no. Me gustan otro tipo de mujeres.
—Si no te gusta ¿por qué le guiñaste el ojo?
—Porque es una buena chica.
—Así solo le das esperanza de que pueda ella y tu tener algo.
—¿Te molesta que Kat piense que puede haber algo entre ella y yo?
—Claro que no me molesta, solo me pongo en su lugar... no es bonito que te manden señales erroneas.
—¿Tenía que ignorarla y despreciarla? ¿No es eso peor? No me gusta lastimar los sentimientos de una mujer, y si te soy sincero, no soy tan idiota como para desaprovechar una oportunidad, quizás hoy no me guste, pero ignoro si pensaré lo mismo el día de mañana.
—Deja ver si he entendido, ¿dices que solo la mantienes ilusionada por si más adelante quieres llevarla a la cama?
—Yo no mencioné que me gustaría tener sexo con ella, pero sí una relación amistosa.
—¿Y qué fue de tu cita del sábado anterior?
—Digamos que ahora mismo no soy la persona favorita de alguien.
Kat trae nuestros platillos, meneando las caderas. Todo luce delicioso, prácticamente mi boca se hace agua al sentir los aromas deliciosos del bife a las hierbas y el puré.
—Disfruta, Dulce —me dice con su voz profunda casi hipnotizante. Comemos en silencio, cada uno sumergido en sus propios asuntos.
—¿Y qué hay de tí, Dulce?
Ahí está de nuevo, mencionando mi nombre de esa manera tan especial, eso me confunde. ¿Me toma como un futuro bocadillo? Diablos, dije bocadillo, como se ve que disfruto de este delicioso el bife, está tan tierno y suave, se derrite en mi boca...
—Tenías razón —le digo.
—¿En qué?
—En que está delicioso.
James sonríe, y me ve mientras me llevo un pedazo de bife a la boca.
—¿Vino? —me ofrece, y sé perfectamente que tengo que ir con calma, ya sabemos lo que me pasa cuando se me sube el alcohol a la cabeza.
—Un poco, gracias —le digo, y James me sirve menos de la mitad. Bien, al menos no trata de embriagarme, pero no debo bajar la guardia.
—¿No me responderás la pregunta?
—No hay mucho que decir de mí... trabajo como una pobre endemoniada, tengo deudas por montón, y me hace falta un buen trabajo, o mejor aún, que me ocurra un milagro y solucione de una todos mis problemas económicos —y río de mí misma, y me doy cuenta que estoy siendo una patética auto compasiva, es lo que siempre he criticado a mis hermanas cuando se ponían a lamentarse por su mala suerte, y heme aquí, haciendo precisamente lo mismo.
—Bien, supongamos que soy un genio que te cumple los deseos, y de ahora en adelante ya no tienes problemas económicos, es más toda tu vida es perfecta, es como siempre has deseado que sea, anda, cierra los ojos y creételo.
—Bien, lo haré, pero nada de trucos, eh.
El asiente y yo cierro los ojos.
—Respira hondo....—murmura cerca de mí y yo lo hago—... Todo está bien en tu vida... respira profundamente...
Pasan unos segundos en los que me hago a la idea de que no me comen las deudas y que las facturas de los servicios están al día. Eso es una maravilla.
Suspiro hondo, muy hondo...
Me siento tranquila, mi mente está despejada. Hace tiempo que no me sentía así de bien.
—Abre los ojos...
Abro los ojos y lo primero que veo es a él, a sus maravillosos ojos claros, que están fijos en los míos, soy consciente de su sonrisa llena de confianza, y su tremenda sensualidad avasalladora.
Suspiro hondo una vez más.
—No sé lo que has hecho pero ha funcionado —le digo, sorprendida, y desvío los ojos, no quiero sonrojarme, aunque creo que ya lo estoy.
—Es un método que me sirve cuando el trabajo se pone tenso.
De fondo suena Rolling in the deep,
de Adele, y la noche no puede ponerse mejor.
Ahora que estoy relajada me doy cuenta de lo divertido que es pasar el tiempo con él. La alarma roja que tengo incorporada en la cabeza me manda señales de peligro, no puedo permitirme pasar por esto una vez más.
—Creo que es momento de regresar a casa —dejo la servilleta a un lado y me dispongo a marcharme.
—Espera. Voy a llevarte a casa.
—No hace falta, puedo tomar el metro.
—Para eso tendrás que caminar veinte minutos. Vamos, Dulce, permíteme ser un caballero.
—Está bien, no tienes que hacerlo, pero te lo agradezco mucho.
Kat le trae la cuenta y el posnet, y James apoya una tarjeta dorada sobre el aparato.
Al volver a su coche me doy cuenta que me he dejado el bolsón con todas mis cosas dentro. Si me iba por mi cuenta, como era mi plan, habría pasado un mal momento, y gracias a James la noche va a terminar relativamente mejor de lo que esperaba.
Una hora después, me lleva hasta la puerta de mi casa.
—Gracias por la cena, James, y antes de que te vayas, quiero decirte que lamento haberte tratado mal esta tarde.
—No recuerdo que lo hayas hecho, quédate tranquila. Has sido una compañía agradable esta noche —sonríe y veo que no tiene intenciones de entrar, y me relajo un poco.
—Bueno, ya tengo que entrar.
—Me iré cuando te vea cerrar la puerta.
Qué momento lleno de tensión, mi cuerpo me dice que lo deje entrar, que me deje hacer cosas sucias con él, pero mi cabeza, que es la que manda aquí, no se lo permite.
—¿Sucede algo? Tus mejillas están rojas... ¿Te has excitado?
No, mierda, no.
—¿Excitarme? ¿Por qué lo estaría? Claro que no lo estoy.
—Si no fuera cierto lo que dices, ¿me lo dirías? —hay un cierto brillo en sus ojos que me hace sentir las piernas de gelatina.
Abro la puerta con las manos temblorosas, quiero hacerlo rápido pero me he puesto torpe y no recuerdo ni cual de las llaves es la correcta.
Río para disimular mi estado, hasta que al fin doy con la llave correcta.
—Chau —le digo antes de cerrar la puerta, y él no ha movido un solo pelo de su cuerpo.
Cierro la puerta de una. Me apoyo atrás de la puerta.
De repente toca la puerta.
—¿Sí?
—Dulce...
—No pienses que te dejaré entrar... —me adelanto, no debo bajar la guardia.
—Tu bolsón.
Mierda.
Es la segunda vez que me olvido de mis cosas estando con él.
Me giro y abro la puerta.
Le tengo a él de vuelta frente a mi, un escalofrío me recorre todo el cuerpo, es difícil disimularlo.
Veo que tiene mi bolsón en la mano.
—Gracias —estiro mi mano para que me lo devuelva. Él se toma su tiempo en hacerlo. Dentro de mí es una lucha interna, mi corazón suena a más de mil, y por lo que veo, él sabe lo que me pasa, o al menos es lo que aparenta.
—¿Me lo das? —le hago recordar que tiene mi bolso en sus manos. Es un momento incómodo.
—Claro —me alcanza mi bolsón al final.
—Entonces, hasta otro día —le digo sin saber bien qué decir en este momento. Con mi bolsón en mi poder cierro la puerta, mientras él permanece inalterable.
Permanezco un buen rato apoyada detrás de la puerta, a solas.
Suspiro profundamente.
Me doy cuenta que, James Gerald me gusta demasiado...
Inesperadamente alguien toca la puerta. Dudo que sea él. Dejo mi bolso sobre el montón de ropa para planchar y voy a abrir.
Es él.
Se me lanza de una, y nos besamos apasionadamente, me derrito como chocolate en el fuego, por él, me aferro a su cuerpo mientras, él avanza, inevitablemente hacia el dormitorio que sigue un desastre, y luego a la cama.
Me saca en un dos por tres la ropa, y luego se saca el pantalón, deja que vea su tremendo pene, se coloca preservativo y luego me lo mete de una, sin preámbulos ni nada, entra en mi sin problemas, pues estoy tan excitada y mojada...
Jadeamos, nos besamos, el casanova lividinoso me recorre con las manos todo mi cuerpo, estoy en las nubes que no sé lo que hago pero quiero más y más...
...
Abro los ojos.
Es de día, lo dice la luz que entra de lleno en mi habitación y me lastiman los ojos. Al recordar todo lo que hice anoche con el casanova, cierro los ojos.
No, mierda. Lo hice de nuevo...
Miro a un costado, para ver si sigue aquí en mi cama, pero no. En cambio ha dejado una nota. La traigo hacia mí para leerla. Pero no es una nota. Es una carita sonriente y nada más.
¿Pero qué mierda significa?
¿Cómo diablos debo tomármelo
¿Se burla de mí?
Y eso no es todo.
Para dejarme esta cara sonriente ha tenido que sacar una hoja de mi libreta de anotaciones. ¡Grandioso! el casanova lividinoso ha estado husmeando entre mis cosas, mientras yo roncaba.