8. Conejilla de Indias.
Dulce.
Se acomoda para probar el café.
—¿Sin azucar verdad?
Mierda. Lo olvidé.
—Sí —le miento. Mi jefe ni siquiera me mira, ni siquiera lo duda y lo bebe.
—Me gusta —me dice— ¿Dulce verdad?
Me quedo congelada en el tiempo, hasta que me doy cuenta que pregunta por mi nombre.
—Sí. Dulce —le confirmo.
Mira mis tacones.
y toma su celular del suelo.
—¿Cuánto calzas?
—Treinta y siete —le respondo tratando de sonar normal.
—Consígue un par de calzados cómodos... de talla treinta y siete para dama —dice a la persona con quien habla por celular, y cuelga.
—Ensiende la ducha, por favor. Necesito despavilar. Agua fría —ni bien termina de decir eso, se saca el pijama y está en pelotas. Rápidamente me doy la vuelta para no mirar, y voy hacia la primera puerta que veo. Es el vestidor de gran tamaño que abarca un montón de trajes, camisas, corbatas y calzados de varón. Cierro la puerta, y rápidamente busco la maldita puerta del baño, deseando no estar quedando como una idiota delante de mi jefe.
A mano derecha, una puerta del mismo color de la pared.
Ay, mierda, que sea el baño.
Abro la puerta y ¡bingo!
Entro sin fijarme en nada. Enciendo la ducha. Agua fría, y entonces, como si fuera una misión imposible me siento orgullosa por haber encontrado el baño. Le doy una rápida mirada. ¡Tiene un jacuzzi!
Owen Crane entra sin fijarse que sigo aquí y se mete a la ducha. El agua va cayendo por su espléndido cuerpo. Me quedo mirándole en silencio sin pretenderlo.
Ese pelo corto y ondeado que le cae en la frente se humedece, esa espalda ancha y musculada... uhmmm es excitante... y esas nalgas, ¡mama mía! se gira su rostro un poco hacia donde estoy. Antes de que se de cuenta que le miro salgo rápidamente del baño, y de su dormitorio.
Me dejo caer sobre el sofá.
Mi corazón es un potro corriendo por los prados..., y estoy húmeda...
Al momento entra una mujer bien vestida, tiene el pelo cortísimo y le queda de lujo, unos pendientes largos y de diamantes relucientes realzan su belleza.
—Tú debes ser la nueva —y me alcanza una caja de calzados— Esto es para tí —me mira los pies—. Se olvidaron de decirte que necesitas calzados cómodos, esos tacones te matarán en menos de una hora.
—¿Por qué?
La mujer sonríe como si la respuesta es obvia.
—Porque mi querido primo suele ser demandante. No es mi opinión, es de las cientos de asistentes que han dejado el puesto en menos de dos años, y que ahora tú ocupas.
—Ah. Bueno —no me asusta la idea, puedo resistir todo por el sueldo que tendré a fin de mes.
—No te quiero asustar, no te lo tomes a mal.
—No me asusta el trabajo duro —le digo.
—No es duro, es imposible, pero... eso lo verás por tus propios ojos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Ya lo hiciste.
Jaja, qué graciosa, pero no me agrada.
—¿Por qué me dices todo eso? No renunciaré —le digo convencida de mis palabras.
Ella se divierte a mi costa.
—Suerte con eso —me dice—. En fin. Ya tienes tus calzados cómodos. Dile a mi primo que me llame.
—Se lo diré.
—Tienes que hacerlo, si no le pasas mi recado te despedirá —sonríe con autosuficiencia, es tan bella y a la vez una antipática—. Chau. Conejilla de indas —murmura antes de volver al ascensor y luego desaparece de mi vista.
Claro que no me asusta, nada puede hacerlo, no después de haber trabajado por un año encerrada en un depósito clandestino infestado por ratas. No sabe con quién habla, pobrecita. Se nota que nunca ha tenido que hacer nada por dinero.
Me saco los tacones preciosos y los guardo en la caja de los calzados planos, y me pongo los planos. No creo que haga juego con mi vestido, esa antipática se ha encargado de traer los más feos que pudo, eso me queda en claro. Suspiro hondo, no puedo ser superficial en este momento, son cómodos, y cumplen con su función.
El agua de la ducha ha parado. Mi respiración vuelve a acelerar. Debo ser profesional. Intentarlo. No. Serlo.
Me incorporo del sofa, mientras mi jefe continúa en su dormitorio. A los pocos minutos, antes de lo que me esperaba sale bien vestido. Ha dejado de ser el hombre despreocupado que aparentabas ser y se ha convertido en un hombre serio de negocios.
Antes de que me lo olvide le doy el mensaje de la antipática.
—Su prima dijo que le de una llamada.
Mi jefe apenas y reacciona a mis palabras, y dudo si me ha llegado a escuchar. Hasta que, luego de hacerse la corbata me dice.
—¿Son cómodos?
Se refiere a los calzados.
—Sí, muchas gracias.
—Necesito que vayas a comprar esto—. Me enseña una cajetilla de cigarros de una marca que jamás he visto antes, y eso que por un largo tiempo he sido fumadora empedernida, hasta creía que iba a morirme de cáncer. Los deja sobre la mesa del comedor.
—¿Tiene un negocio en especial?
—El Junti's. Es el único local que lo importa. Lo trae para mí, lo traían. Necesito que no se enteren de que los compras para mi. ¿Te queda claro? Ve al dormitorio. Del cajón del velador toma una tarjeta.
Asiento con la cabeza porque no creo que un "okay" suene bien en este caso.
Voy al dormitorio, abro el velador, adentro hay cientos de pastillas, no imagino de qué. Tomo la tarjeta dorada como la de el casanova.
—Está a tu nombre —me dice, apareciendo por atrás, sus ojos oscuros y profundos me miran fijamente a los míos, y en lo único en que puedo pensar es en que es atractivo—. Pagarás con ella desde ahora. Las facturas serán a tu nombre.
Asiento una vez más.
Cuando vuelvas deja el paquete encima del velador. Tiene que ser antes de la una de la tarde, tengo una reunión y no podré soportarlo si no fumo uno de esos.
—Estaré a tiempo —prometo.
—Bien porque es lo que espero de tí, Dulce.
Al escuchar mi nombre en sus labios me hace sentir los pies de gelatina. Incluso mis vellos se han parado todos.
Mi jefe se ha marchado del penthouse y yo ni siquiera le he preguntado dónde rayos queda ese Yuntis o como se llame. Buscaré en Google.
Busco mi celular en mi bolsón.
Está apagado. Lo enciendo y me encuentro con diez llamadas perdidas de mi amiga Yola, y un par que sonde mi ex. De Tom. No carajo, no lo quiero más en mi vida. Me ha dejado dos audios en w******p, que desde luego no pienso escuchar. Claudin le ha dado mi número, era de esperar...
Pero nada de ponerme mal...
Ya no siento nada por él.
Tengo que buscar la dirección de ese Yuntis.
Me tomo cinco minutos para darme cuenta que no hay registros de ese negocio. Mierda. ¿Y ahora qué? Son las nueve de la mañana y tengo que estar de vuelta para la una...
Llamo al casanova libidinoso y ruego que él pueda ayudarme.
—¿Hola?
—¿Sabes dónde queda un local... Yuntis?
—Junti's. Te pasaré la dirección por chat.
—Gracias —le digo y mis hombros se relajan.
—¿Cenamos hoy?
—Si quieres —respondo sin pensarlo dos veces, en este momento veo la hora de la cena tan lejana... —. Tengo que colgar —le digo.
—¿Dulce?
—Dime.
—Feliz primer día de trabajo —me dice con su tono relajado que me da envidia y a la vez me calma un breve instante. Me hace sentir esas mariposas en la panza y vuelven a amenazar con expandirse a todo mi cuerpo.
Suspiro profundo.
—Gracias —vuelvo a agradecerle y cuelgo.
Abro el enlace que acaba de pasarme.
—Mierda, esto queda al otro lado de la ciudad. Tardaré una hora y media de ida y con suerte otra hora y media de vuelta si es que no hay congestionamiento en la autopista.
¡Me quiero morir!
Salgo corriendo del imponente rascacielos, mientras pido un Uber por la app.