22. Nada me afecta. Nada que venga de él. Dulce. No he dormido nada. De nuevo. Así cargada de sueño como llegué a Salamanca, ahora me marcho. Estoy a las seis de la mañana, puntual para mi jefe que ni le importa. No me mira, y apenas nota que existo. Le entrego su taza de café con dos de azucar y él se lo bebe sin cambiar de expresión y aún así se ve tan malditamente fresco como una lechuga, ha dormido plácidamente mientras que yo no he pegado un solo ojo en toda la noche, como lo odio. Sonrío. Desde ahora seré, (trataré de ser) tan políticamente correcta como pueda. —Sus cosas ya se encuentran en el coche —le informo, y él apenas asienta con la cabeza, no me mira. Mejor así para mí, porque no sé lo que sería de mí si tan solo, ese par de ojos oscuros y cargados de misterio podrían

