Allí afuera, Helena sintió los ojos de alguien en ella, al principio creyó que era cosa de su cabeza, luego que era solo curiosidad, pero las miradas comenzaron a molestar. Recibió una sonrisa, pero no correspondió, ni sabía cuándo ese soldado pasó a formar parte de la organización. Era muy joven de cualquier manera. Se encontró con Ella en la plaza.
—Esto va a generar una gran confusión, Helena. Esas miradas.
—Sí, pero él nunca dijo nada.
—Pero las miradas lo dicen todo. Xavier se daría cuenta con una mirada, Helena, y Estefano también se dará cuenta.
—Él va a matar al soldado, Ella.
—¿Quieres que hable con Xavier?
—No. Yo se lo cuento a Estefano.
No había otra forma, tenía que contarle. Fueron al gimnasio.
Era una locura mirar a las mujeres del jefe y del subjefe, pero algunos creían que su belleza valía la pena.
(...)
Después de la excitación dolorosa que Rayra le ofreció, Rudá pasó el día dentro de la habitación. Se obligó a hacer ejercicio físico para que la mente no lo volviera loco. Rayra se acercó a la puerta de su habitación, pero decidió no presionarlo demasiado, ya había hecho más de lo necesario. Así que bajó las escaleras. Golpeó la puerta de la oficina que tenía su padre en casa.
—¿Qué pasa, monstruita?
El subjefe sabía que el golpe en la puerta era de su hija por el ritmo.
—Hoy voy a hacer la cena. ¿Qué quieres comer?
—Lasaña de pollo.
Con la respuesta del padre, Rayra fue a la cocina. Estaba separando los ingredientes cuando Rudá apareció con una pequeña mochila en la espalda.
—Me estoy yendo.
—Yo... ¿puedo saber a dónde vas?
—A cumplir órdenes del jefe.
—¿Vuelves hoy?
—Vuelvo, pero... la puerta de mi habitación está cerrada.
—Para que yo no entre —Rayra completó.
Sonó triste.
—No es así. Puedes dormir conmigo en la hamaca, compré una hamaca nueva para ti. Yo haré mi parte.
Ella sonrió.
Rudá se acercó, agarró su rostro y le ofreció un beso en la mejilla.
Helena llegaba. Recibió un abrazo de Rudá, acarició su cabello.
Ten cuidado, Rudá —dijo Helena.
—Voy a tener, tía. Es rápido y vuelvo a cenar, tarde, pero vuelvo.
—Yo haré tu lasaña de carne —dijo Rayra.
A su papá le gusta la lasaña de pollo, pero Rudá prefiere la de carne.
Él salió y Helena subió las escaleras.
Rayra pasó la mayor parte de la noche en la cocina. Mientras cocinaba aprovechó para encender el televisor que Rudá instaló sobre la encimera para ella. Vio una serie. Con la cena lista, los padres cenaron juntos, pero ella decidió esperar a Rudá. Quería cenar con él.
—Yo me acostaré con tu madre, compórtate —dijo el padre.
—Siempre me comporto, papá.
—Lo sé.
Antes de subir a la habitación, Estefano se aseguró de que su oficina estuviera cerrada. Pero en la habitación, se bañó con Helena y la atrajo a la cama con él.
—Suelta el cabello, pequeña.
—Estefano, no.
La besó, pero ella lo empujó.
—Sabes que después de todo, lo que me hace perder la cabeza es tu rechazo. Ayer no me dejaste tocarte y hoy tampoco.
Ella se acostó.
—Helena, ¿qué pasa?
—Yo...
—¿Finalmente la diferencia te pesó, pequeña?
—Estefano...
—Si ya no soportas mi toque, porque te incomodan las cicatrices y mi forma brusca en la cama, dílo...
Como subjefe, ganó algunas cicatrices a lo largo de los años.
Se volvió aún más intimidante con eso, mientras que Helena se volvió más radiante. Estefano estaba seguro de que su cuerpo era incluso más perfecto, porque ella siempre estaba corriendo, en el gimnasio, también sabía que llamaba la atención de los hombres, y la maldita envidia lo llevaba al borde de una crisis.
—No es eso...
Ella suspiró.
—Estás evitando mi toque, Helena. Me estás rechazando.
—Yo... ¿prometes que no matarás a nadie?
—No, maldición.
Estaba sin camisa, y se la puso.
—¿A dónde vas?
—Al sótano.
—Tengo algo que contarte.
—No quiero escucharlo.
—Pero...
—No quiero escuchar, pequeña, porque si dices que ya no me amas, perderé por completo la cabeza.
—Te amo.
—Y entonces, ¿por qué estás evitando mi toque?
—Tengo algo que contarte, pero no quiero sentirme culpable por la muerte de un niño.
Helena fue a la parte de su armario, agarró una caja de cartón y se la entregó.
—¿Qué es esto?
—Ábrelo.
Estefano encontró chocolates, broches, diademas del modelo que solía usar e incluso un conjunto de lencería.
—¿De dónde vino esto?
—Están siendo dejados en la puerta cuando no estás...
Golpeó el colchón.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Pensé que si simplemente los tiraba, se detendrían... Pero los regalos aumentaron... Sabes que no me gusta que insultes.
—Dime quién los mandó.
—Estefano...
—¿Quién los mandó? Mierda.
Ella lo miró, sus ojos claros heridos.
—Lo siento, pequeña. La crisis está afectándose fuerte.
Ella sacó las notas de lo más profundo de un cajón y se las entregó, sentía pena por el chico, pero no podía mentirle a su esposo.
—Renan
El nuevo soldado, solo tenía dieciocho años. Era hijo de uno de los antiguos soldados. Vio cómo cambiaba, cómo desaparecía el esposo amoroso y emergía el subjefe de la mafia americana. Él mataría al chico frente a todo el condominio. Y había varios niños en el lugar. Helena corrió hacia la puerta impidiéndole salir.
—Apartate, pequeña.
—Estefano...
—Si no te apartas, pensaré que te has complacido con los avances... De alguien más joven y sin cicatrices.
Ella le dio una cachetada.
—¿Cómo te atreves? ¿Cómo?
—Pequeña... Maldición, los celos, lo siento mucho.
Ella se deslizó al suelo.
Estefano se arrodilló junto a ella.
—Solo no quería que mataras a un chico por mi culpa. Él es aún más joven que Rudá. No supe qué hacer... No me asusté tanto cuando solo eran los chocolates y las tiaras, pero las prendas íntimas.
—¿Él se acercó a ti?
—No.
—¡Helena!
—No. Pero él suele mirarme mucho y estoy asustada, él sabe cuándo tú y Rudá están fuera.
—¿Por eso estás tensa en la cama?
Ella suspiró.
—Sí... Las prendas íntimas me asustaron. Llegaron cuando tú y Rudá estaban fuera.
—¿Fue solo las prendas íntimas?
Ella cerró los ojos.
—Helena…
—¿Vas a culparme?
Él la puso en su regazo.
—No, no lo haré. Estoy celoso, pero no rechaces mi contacto, me hace perder el control.
Él susurró entre dientes.
—Llegó un juego de braguitas cuando estabas en el sótano...
—Las cámaras…
—Él las entrega junto con la correspondencia... por eso nadie encontró esto extraño...
Rayra quería contártelo, pero ella lo prohibió, y al principio, Helena creyó que era para la hija, no para ella, pero los mensajes empezaron a llegar con el nombre de Helena.
Estefano la acostó en la cama.
—Volveré enseguida.
—Yo…
—No es culpa tuya... El soldado ni siquiera está aquí. Está en el campo con Rudá, está siendo entrenado.
—No, Estefano…
—Pequeña.
—No quiero que mi chico mate a alguien por mi culpa.
Ella sabía que Rudá era el ejecutor, y que él no era un niño, pero lo amaba como a un hijo.
—No se lo digas.
—No lo haré... pero prométeme que no me preguntarás sobre el soldado. Esta es mi condición. Y no rechazarás mi contacto como lo hiciste hoy.
—No lo haré.
—No me rechaces de nuevo, casi tuve una crisis violenta.
—Lo siento... No sabía qué hacer, para mí era simplemente un chico, pero los últimos regalos me asustaron.
—Los regalos no continuarán.
Él se fue.