Alicia sintió un nudo en la garganta mientras sostenía el arma con firmeza entre sus dedos. El rostro frente a ella era inconfundible. Aquel hombre rubio que, meses atrás, la había mirado con una oscuridad tan intensa que había sentido escalofríos. Esa mirada fija, perversa, había quedado grabada en su memoria. Ahora, en medio del caos que envolvía la mansión, él estaba allí, como si todo hubiera sido meticulosamente planeado. No hacía falta ser un genio para sumar dos más dos. —Eres tú… —susurró Alicia, con la voz cargada de incredulidad y rabia. El hombre sonrió, ladeando la cabeza como un depredador que acaba de acorralar a su presa. Su sonrisa era una mezcla de diversión y amenaza. —Por supuesto que soy yo, bella. ¿Esperabas a otro? —Su acento italiano se deslizó por la habitac

