(Alicia)
-No - dije con la voz apenas audible. Puso su mano sobre mí clítoris, una fina tela separaba nuestras pieles, y sus dedos formaban un delicioso compás sobre él. Se detuvo repentinamente y solté un resoplido con furia, obteniendo una sonrisa cínica de su parte. Me aventó sobre la cama y me jaló de las piernas abriéndolas para él. Me puse sobre mis codos, mientras él desabrochaba su pantalón, liberando su falo grueso y venoso. Rasgó con fuerza la nula ropa, haciéndome saber su ansia y miró por un momento.
-Ya después tendré tiempo de probarte - se relamió los labios y me penetró con intensidad. Su vaivén me recorría a profundidad, me sostenía como podía de la cama, porque él me jalaba con fuerza por las caderas para que no escapara. El placer inundó mi cuerpo en poco tiempo, y se lo hice saber gimiendo.
-Ponte en cuatro - me ordenó tan pronto sintió que el placer me había abandonado. Se volvió a introducir en mí, arremetiendo con fuerza. Dejó caer su cuerpo sobre el mío, a pesar de que se sostenía con un brazo, sentí su peso aprisionándome.
-No tienes idea de cuánto deseaba tenerte así - habló sobre mi oído. -Vente de nuevo para mí - sus dedos hacían formidables movimientos de nuevo, sin abandonar el tempo de sus caderas. Me dejé llevar, mi cuerpo hizo un acompañamiento en la danza, a ritmo en intensidad y fuerza. -Sí chiquita, quiero sentir tus jugos derramándose por mi mano – y llegué de nuevo al clímax.
Su mano me abandonó y escuché un sonido de succión, lo que supuse fueron sus dedos en su boca. -¡Deliciosa! -Sus dedos regresaron a su antiguo martirio sobre mí. -¡Demonios Alicia! ¡Estás tan húmeda y apretada! -El maldito estaba haciendo que alcanzara la cima otra vez, y casi conmigo lo sentí palpitando dentro de mí.
Ágilmente salió, girándome sobre la cama se posicionó entre mis piernas. ¿No había terminado ya? Se deslizó lentamente, pude sentir como me recorrió centímetro a centímetro, fue extasiante, a tal punto que nuestros gemidos no pudieron ser contenidos. Se recostó sobre mí, dejando su boca al lado de mi oído. -Podría quedarme aquí adentro para siempre - se acercó a mis labios, besándome, contrastando por completo el sexo desenfrenado que acababa de suceder. El beso fue lento, hasta podría describirlo tierno; su lengua abrazó la mía, sin prisa exploró mi boca, para abandonarme dulcemente.
Esos tres meses fueron de aprendizaje total, encontrando tanta felicidad y estabilidad que terminé por quedarme un mes más.
Primeramente, mis clientes eran exclusivamente parejas. Por algún tiempo consideré que haber tenido sexo con muchos hombres me permitía tener pleno conocimiento acerca del tema, estaba parcialmente equivocada. Uno aprendía en cada encuentro, especialmente con las parejas lésbicas, que a pesar de no ser lo mío, me hicieron explotar cada parte de mi cuerpo.
Segundo, Fred. Su disfraz de seriedad y profesionalismo, que le daba el traje que vestía a diario, ocultaba a la perfección a su loco y maniático sexuaI. Me hacía liberar mi frustración o rebosar de placer según fuera el caso. Era un especialista para hacerme alcanzar el orgasmo.
Y tercero, adquirí conocimientos intelectuales. Tenía más tiempo libre, por lo que comencé a leer libros y buscar universidades para cuando llegara el momento. Le pedí a Fred poder acompañarlo en sus reuniones de negocios, donde lo observé a detalle, la personalidad y técnica que utilizaba para siempre tener la ventaja, develaban a un hábil negociador. Lo que nos devuelve a Fred, pasábamos tanto tiempo juntos que llegué a conocerlo a profundidad, en todas sus facetas. Sí, me enamoré de él, y lo materialice en la cama. Pero…
-¿En verdad te vas a ir mañana? –Me preguntó mientras deslizaba sus dedos por mis brazos desnudos.
-Sí – dije envuelta en una paz interior. Mi oído escuchaba el latir de su corazón.
-Quédate Alicia – su voz fue casi suplicante. Suspiré profundamente, me levanté poniéndome a ahorcajadas sobre él y me incliné hasta quedar a escasos centímetros de su rostro.
-Quiero más que esto Fred – frunció el ceño en señal de poco entendimiento. –Esta es tu vida, la cual es fantástica, y no te voy a pedir que lo dejes por mí, porque yo quiero más. En estos momentos no dejo de ser una prostituta – entonces fue él quien suspiró profundamente y cerró los ojos, atrayéndome hacia él en un cálido abrazo.
No tenía ninguna duda, él también me quería, tal vez el sentimiento era más fuerte y me amaba; pero el mundo en el que vivía no era lo que yo quería para mí. Debo admitir que me interesaba conocer su pasado y la manera en la que había construido su imperio, porque eso era, él era único en su especie y en su ramo; pero eso significaba llegar a otro nivel en la relación exótica que teníamos, una a la que su respuesta corpórea me confirmó que no estaría dispuesto a llegar. Porque así era él, se mantenía reservado y prudente cuando no quería decir lo que sentía, y no podía obligarlo a aceptar que me amaba, así como no podía obligarlo a entrar en la monogamia o formar una familia; y no porque en ese momento fuera lo que buscara, me encantaba tener sexo con diferentes personas, pero sabía que no sería toda mi vida de esa manera.
Me tomó por sorpresa que nos llevara al aeropuerto a despedirnos; porque Vanesa decidió irse conmigo. Era mi mejor amiga, estaba enterada de todo; y Luz después de Vane, pero a ella le gustaba la vida que tenía en la casona.
El vuelo a Ciudad Ni fue anunciado.
-¡Ese es! –Dijo Vanesa entusiasmada. Fred le sonrió de lado y Vanesa se acercó para despedirse de él. –¡Muchas gracias por todo! –Le dio un corto abrazo, por compromiso; lo supe porque vi el rostro de incomodidad de Fred y me burlé de él.
Me acerqué sonriente, aun cuando las lágrimas traicioneras se escaparon de mis ojos; me abrazó y por primera vez me sentí chiquita entre sus brazos. Era el hombre que muchas mujeres desearían, con virtudes y defectos, más de los primeros que de los segundos, era genial; y yo estaba dejándolo ir.
-Cualquier cosa que pase o que necesites, no dudes en llamarme o regresar – me dijo en total seriedad, y sabía que no bromeaba, con él tenía esa seguridad física, económica, sexuaI.
-No lo estás haciendo fácil Fred – acepté.
-Es la idea – se rio. Enterró su rostro en mi cuello, mi cabello lo cubría y lo escuché inhalando con fuerza, entonces fue mi turno de reír. -¡Me encanta cómo hueles! –Dijo bajito, pero no evitó que se sintiera su emotividad. Me separó lo suficiente para verme a los ojos, con un intento de sonrisa; y fui yo quien se lanzó a sus labios, me pegué lo más que pude a su cuerpo, subí mis piernas a su cadera, metí mi lengua en su boca, y él lo correspondió con el mismo ímpetu.
Entonces fue Vanesa quien hizo un exagerado carraspeo para sacarnos del acto, pero nuestra mirada seguía conectada. -Es la última llamada – la voz de Vanesa se escuchó apenada.
-Ahora eres tú quien no lo está haciendo fácil – me dijo con cierto humor y no evité sonreír. –¡Vuela! Tu alma siempre ha sido libre – en ese momento me soltó, la sorpresa me invadió por un momento, para después volver a sonreír ante su comentario, y me alejé de él para abordar el avión.
Un nuevo viaje estaba empezando para mí.