Las horas se hacían días y los minutos horas que tenían el mismo peso que mil años, el tiempo marchaba más lento y Jade tenía la impresión de que así era, quien iba a pensar que a su mejor amigo le diagnosticarían cáncer, quien iba a creer que su madre le rogaría regresar con ella, que se sentía sola, pero cómo iba a ser capaz de decirle que tal vez jamás volvería a verla. Era incapaz de despedirse, pero de no hacerlo tal vez llegaría el día en el que no tendría dicha oportunidad y todo lo que su boca quisiera decir se iría a la tumba con ella en vez de quedar en los recuerdos de su madre. —Buenos días dormilo… —se calla a medias de la frase ya que al entrar a la habitación Jade seguía despierta—, lo siento pensé que estabas dormida. —Buen día María, no hay problema ¿Dónde está Litzy?

