Capítulo 7: Olvidar no es una opción para mí.

1669 Words
Narra Catherine Vestidas de azabache, despedimos a mi abuelo, a mi padre. Con el corazón partido a la mitad, pensando que Dios me está poniendo pruebas demasiado duras. He estado reconsiderando las razones del por qué me pasaban estas cosas. ¿Qué hice mal para merecer esto? No he logrado sanar una herida cuando aparece otra que nunca se podrá cerrar. —Me duele la cabeza —dice mi madre sentándose en la sala de estar—. Qué día tan horrible, quien iba a pensar que mi padre… La voz de mi madre se corta y se queda callada, ella se recuesta por completo al espaldar de la silla y se quite sus lentes oscuros. —Señora, el abogado está aquí. ¿Quiere que lo deje pasar? —Sí, por favor. Esta visita se veía venir. —De antemano quiero expresarles mis más sentidas condolencias, el señor Richardson fue un gran hombre. Sin duda, el cielo se ha llevado a un pilar importante de su familia. —Gracias, señor Turbay. —Bien, he venido porque hay algunos asuntos que se deben atender. Lamento ser yo quien tenga que portar malas noticias, pero… pero es mi deber. El hombre abre su portafolio y saca una pila de carpetas enorme. —Mi abuelo nos contó lo que estaba pasando con la compañía, nosotras queremos hacerle frente a la situación, no queremos que el esfuerzo de mi abuelo quede en vano. —Bien, ya lo que ustedes quieran optar como medida para reestablecer la compañía, corre por cuenta de ustedes, por el momento; yo les diré el estado actual en el que están las cosas. Inicialmente, Catherine, aquí tengo todos los documentos —este se dirige solo a mí—. Entre esos, el testamento de tu abuelo. Debo decirte que él te ha dejado como la heredera, eres la nueva dueña de todo lo que está bajo el nombre de tu difunto abuelo, la compañía Richardson, sus propiedades, todo te pertenece. —¿Yo? ¿estás seguro? —Sí, completamente. Mi madre me observa y veo preocupación en sus ojos, sé por qué me ve de esa forma. —La compañía de tu abuelo no está en su mejor momento, oficialmente está en bancarrota, sus acciones hoy en la mañana, cayeron en picada. Esto fue una perdida absoluta para todos, excepto por alguien que tenía un treinta por ciento de las acciones y logró negociarlas hace tres días, antes de hacerse pública la quiebra de la empresa y posteriormente el fallecimiento del señor Gabriel. No tenía que decirme quien era el dueño de ese treinta por ciento, ya lo sabía. —Entonces ¿no se puede hacer nada? —pregunté. —Quizás, pero por el momento, es mejor que atiendas los pendientes con el banco. Tu abuelo tiene una deuda de más de doscientos punto cinco millones de dólares, deuda que entre comillas heredas al ser la siguiente propietaria de todo lo que está bajo su nombre. Pero este dinero no exactamente debe salir de tu bolsillo, a menos que lo tengas y desees hacer el pago de esa manera. Pero, por el contrario, el banco hará su cobro a través de los bienes del señor Gabriel que alcancen ese monto adeudado. Eso sintió como un golpe en el pecho. —No tengo ese dinero —susurré. Mis ojos se nublan y sentí que una lágrima se desbordó y rodó por mi mejilla. —Catherine, sé que es una situación compleja. Lamento ser yo quien lo diga y más en este duro momento que están pasando. Te dejaré aquí todos los documentos, léelos con calma, analiza la situación y esperaré tu llamada. Les ayudaré en todo lo que esté a mi alcance. Asentí con mi cabeza, no tuve voz para despedirme. Una vez el hombre sale de la mansión de mi abuelo, mi madre dice: —No hay forma de rescatar algo que llegó a su punto más bajo, Catherine. No estamos en condiciones de levantar la compañía de tu abuelo, creo que es mejor desistir de todo eso. —No podemos, mamá. Tenemos que recuperarla, sé que podemos. Llamé al director de finanzas y al ejecutivo comercial de la compañía y les pedí venir. —Efectivamente la compañía del señor Gabriel está en quiebra, los últimos informes nos dieron malos resultados y por las estadísticas que teníamos, sabíamos a dónde íbamos a llegar, pero el señor Gabriel insistió en permanecer al pie de la batalla. Con los primeros prestamos se cubrieron algunos huecos financieros, nóminas y con el tiempo para sostener a toda compañía. —¿Qué pasó? —le pregunté al ejecutivo comercial—. ¿Cómo pueden en tres años caer de esta manera? —La compañía estaba en pie por los clientes potenciales, socios y proyectos ambiciosos que fueron nuestros por mucho, pero desde hace un tiempo, estos nuevos socios, clientes potenciales y proyectos, no han firmado más con nosotros. Los mejores inversionistas dejaron de apostar por la compañía de tu abuelo. —¿Por qué? —El ochenta por ciento de ellos, están firmados en la nueva compañía Foster. La competencia se hizo dura para nosotros. La constructora de tu suegro desde siempre fue buena, pero con la firma que creo que tu esposo, la competencia se hizo más dura. Eran dos para uno. —¿Desde cuándo lo sabían? ¿desde cuándo pasó? Tenía el corazón acelerado. —En realidad, fue una pérdida que tuvimos a raíz de un contrato que teníamos con una empresa canadiense. El proyecto era uno de los más grandes y teníamos el setenta por ciento del acuerdo firmado. Tu abuelo decidió hacer la inversión con fondos propios para agilizar lo que sería la obra, todos estábamos seguros de que sería un hecho, pero la empresa decidió a último momento cancelar los acuerdos y firmar con la constructora de tu esposo. Desde ahí, nada funcionó para nosotros. Esos hijos de perr*, ellos lo hicieron, ¿para eso querían la ayuda de mi abuelo? Para luego darle la apuñalada por la espalda. Mi enojo hacia los Foster crecía, mi odio a Christopher iba en ascenso. —Es mejor entregar la casa al banco, cariño. Hemos heredado un gran problema, solo son deudas y no pasará mucho hasta que aparezcan múltiples demandas. Sé que mi padre no quería esto para nosotras y debemos quedarnos con eso; agradecer por todo lo que nos dio en vida, pero hay que ser realistas. Miraba a mi madre y veía angustia en su mirada. A pesar del duro momento, tiene los pies bien puestos en la tierra. —Una vez esa deuda esté saldada, podemos pensar en algo más. No tendremos tranquilidad si tenemos a esa gente detrás de nosotros cobrando ese dinero, llamando a nuestra puerta o nuestros teléfonos. Creo que no tiene sentido desgastarnos por algo que no podemos resolver. Llamemos al abogado, que inicie el proceso con el banco y nosotras nos vamos, tengo dinero ahorrado, quizás tú también y con eso nos podemos ir a otro lugar, enfocarnos en nosotras; podemos buscar otras alternativas, puedo buscar un empleo y ayudarte con esa criatura. Mejor vámonos del país y hagamos una nueva vida. —No tengo dinero, madre. En realidad, no tengo nada. —No importa, con lo que tengo será suficiente. —Pero no me quiero ir así, madre. Siento que me voy huyendo cuando no debería ser yo la que esté en estas condiciones. Me enoja que todo esto me pase a mí, me enoja pasar por esta situación mientras que esa gente que nos ha hecho tanto daño, levanta sus manos victoriosos, no lo merezco, mamá. Pero te juro que esto no se quedará así, Christopher Foster me las va a pagar. —Enfócate en ti, olvida a esas personas, hija. No vale la pena que te cargues de resentimientos, dolores y cargas negativas. Piensa en ti y en ese bebé que viene en camino. Negué con mi cabeza, esa no era una opción para mí. —Te juro que los Foster me la van a pagar, no voy a tener tranquilidad, hasta ver a Christopher Foster arruinado como un maldito perro. Mi madre me observa con rareza y no dice nada al respecto. Acepté las cosas como eran, no podía hacer nada, así que hicimos lo que teníamos que hacer. El banco cobró su deuda de la forma más cruel. Se llevaron la mansión de mi abuelo, sus autos y algunas pinturas de alto valor. Se aprovecharon de nosotras, sus altos intereses los cobraron sin piedad. —Les queda una propiedad en Toronto —me susurra el abogado—. Es un apartamento que podrán ocupar sin problemas. Aunque, lo ideal es que pasen la propiedad a nombre de alguien más, quizás a nombre de tu madre. Es por seguridad, es obvio que la empresa seguirá teniendo problemas, llegarán demandas y más pleitos y será mejor que aseguren lo único que les queda. —Está bien, pero ¿y qué pasará con la compañía? —Solo tú sabrás que hacer con ella. Solo ten en cuenta, que no hay mucho valor en ese lugar. Quizás en el futuro alguien se interese en comprarla, quizás el terreno, no lo sé; pero es cuestión de paciencia. Asentí con mucho dolor por lo que dijo. —Gracias, señor Turbay, por todo. —Es lo que el señor Gabriel habría querido que hiciera. Ahora, salgan de aquí y no le digan a nadie. Si algún día encuentro a alguna persona interesada por la compañía de tu abuelo, te llamaré. —Está bien. Salimos de Seattle de la forma que jamás pensé, salimos huyendo de todos los problemas que se avecinaban; salimos con el fin de hacer una nueva vida, dejar el pasado atrás, pero hay algo que no puedo dejar, hay algo que no puedo olvidar y menos perdonar. Me llevaré conmigo el odio a ese hombre que arruinó por completo mi vida. Olvidar no era una opción para mí, tengo que vengarme.
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