POV VALERIA
Ahí estaba yo, con el frío colándose entre mi chaqueta, mientras mi papá no paraba de hablarme. Que si el futuro, que si responsabilidades, que si "el chico con el que te vas a casar". ¿Casarme? A mis diecinueve años, ni de chiste. Pero claro, papá tiene su idea fija, y según él, ya era hora de que me "encaminara". Qué risa.
El aire olía a invierno, y yo podía ver mi aliento salir en nubes diminutas. Papá estaba junto a mí, cruzado de brazos, mirando el camino. Entonces lo vi: un todoterreno n***o que rugía mientras entraba en nuestra mansión. Curiosidad no me faltaba, pero ganas de hacer esto, cero.
De la camioneta bajó un tipo alto, vestido como si viniera de cerrar un negocio millonario.
—¡Diego, compadre! —dijo el hombre con una sonrisa. Caminó hacia mi papá y se saludaron como viejos amigos.
—Thomas —contestó mi papá con su tono formal.
El tal Thomas volteó a verme. Me miró directo a los ojos, como si estuviera evaluándome. Me extendió la mano con una sonrisa.
—Valeria, un gusto conocerte.
—El gusto es mío —mentí descaradamente mientras le devolvía el apretón.
—¿Y Ethan? —preguntó papá.
—Está saliendo del carro —respondió Thomas.
Y ahí lo vi. Salió de la camioneta con un aire de suficiencia que casi me hizo reír. Ojos verdes, pelo castaño bien peinado, y un traje que le quedaba perfecto. Sí, era guapo, no lo voy a negar, pero no me iba a impresionar. Mi vida no es una novela, y yo no soy una princesa esperando a su príncipe.
Papá le dio la bienvenida, y él entró a la casa con Thomas. Yo ya estaba planeando cómo sobrevivir a esta tortura cuando Ethan me miró de arriba abajo, con la misma frialdad que traía desde que bajó del auto.
—Primera regla —soltó de golpe, como si estuviera en un maldito contrato—. Si vas a ser mi esposa, tendrás que vestirte diferente.
¿Cómo? ¿Qué acababa de decir?
Lo miré desafiante, porque ¿quién se creía este tipo? Yo llevaba unos jeans negros de cuero, tacones altos y un top que combinaba. Encima, una chaqueta ligera porque, aunque hacía frío, así me gusta vestirme.
—¿Qué tiene de malo lo que llevo? —le solté sin titubear.
—Es casi invierno. Además, ¿así es como quieres que los hombres te vean? No necesitamos que te etiqueten de otra cosa —dijo con una sonrisita llena de arrogancia.
Ah, no, querido. Te pasaste.
—Que te den por el trasero—le espeté, pasándole de largo. Pero claro, no podía dejarlo así. Me agarró de la muñeca antes de que pudiera alejarme.
—No he terminado —dijo con ese tono frío que empezaba a irritarme.
Me giré lentamente.
—Suéltame o te parto la muñeca —le dije, clara y directa.
—No vas a hablarme así, ¿entiendes?
Le escupí en la cara. Sí, lo sé, fue extremo, pero lo merecía. Por un momento, pensé que iba a perder el control, pero se quedó quieto, mirándome con rabia.
—Voy a vestirme como se me dé la gana, ¿entendiste? Aunque tenga que casarme contigo, no vas a dictarme cómo vivir mi vida. Soy una mujer fuerte, y no voy a dejar que un tipo como tú me diga qué hacer. Punto.
Pasé de largo, dejando a Ethan plantado, y entré a la casa. Ahí estaban mi papá y Thomas, charlando como si todo fuera perfecto. Sonreí con esa sonrisa falsa que tengo bien practicada.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Thomas, notando mi entrada.
—Todavía afuera —respondí, echándome en el sillón.
*
Ahí estábamos, una hora sentados en el comedor gigante. Mi papá y Thomas estaban en lo suyo, hablando de la boda como si estuvieran planificando la fiesta del siglo.
Frente a mí estaba Ethan, mi supuesto "futuro marido". Llevaba todo este rato callado, con cara de pocos amigos, seguramente por lo que pasó antes. ¿Pero qué esperaba? No iba a dejar que un tipo como él me mandara. No me importaba su berrinche.
—Vamos a hacer la boda en un entorno sencillo, solo con la familia más cercana. Algo tranquilo en el campo —dijo mi papá, mirándome como si quisiera que me emocionara.
—Me da igual —respondí, recostándome en la silla. Y claro, eso hizo que Ethan me lanzara una mirada fulminante.
—No le hables así a tu padre —me susurró con ese tono de jefe que ya me tenía harta.
—Tú no tienes derecho a decirme nada —le respondí, mirándolo directo a los ojos.
—Valeria… —empezó a decir.
—No entiendo qué estás pensando, papá —lo interrumpí—. ¿Por qué tengo que casarme con él? ¿Por qué me estás haciendo esto?
—Es por la familia —respondió papá.
—¿Y qué? ¡Tú no tienes esposa! Yo no tengo mamá ni madrastra, ¿verdad? Entonces, ¿por qué yo tengo que tener un marido? —Mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba, y de repente el comedor se llenó de un silencio incómodo. Papá desvió la mirada hacia el suelo. Genial. Ahora parecía que había dicho algo terrible.
Thomas aprovechó el momento para levantarse y declarar su retirada.
—Diego, nosotros ya nos vamos —dijo con su tono elegante.
—¿No se queda aquí? —pregunté, señalando con desgana a Ethan.
—No, eso no está permitido —respondió Thomas.
Solté un suspiro de alivio. Claro, eso me delató, y Ethan, el muy creído, me miró con esa sonrisita de lado.
—¿Qué? —le solté sin emoción.
—¿No te vas a despedir de tu futuro esposo? —preguntó, cargando cada palabra con ironía.
—Olvídalo, Montgomery —dije, dándole la espalda. Y para rematar, le mostré el dedo del medio mientras subía por el camino de grava hacia la casa. Ni loca me casaba con él. Ni loca.
Detrás de mí, alcancé a oírlo mascullar algo como "no me jodas, Valeria".
Cuando llegué a la entrada, Camila, vino hacia mí con su típica cara de preocupación.
—Tu papá está en el despacho. Quiere hablar contigo otra vez —dijo en tono serio.
Suspiré y asentí. Subí las escaleras rápido, más por acabar con esto de una vez que por interés real. Al entrar, ahí estaba él, mi papá, con cara de quien tiene algo importante que decir.
—Valeria —empezó con ese tono paternal que usaba cuando intentaba calmarme—. Necesito hablarte de algo.
—Hablemos —respondí, cruzándome de brazos.
—Ethan será tu marido en unos días. Los planes ya están en marcha.
—Ajá… ¿y por qué me dices esto? —pregunté, confundida y un poco a la defensiva.
Papá se puso de pie.
—No puedo permitir que lo trates así, hija. No puedes ser tan grosera con él.
¿Grosera? ¡¿Yo?!
—¿Qué…? ¡Papá! Él me está diciendo cómo tengo que vestirme, ¿entiendes? ¡Cómo vestirme! —le repliqué, casi gritándole.
—Desafortunadamente, él tiene derecho a hacerlo. Va a ser tu marido —dijo.
—¡Papá, no quiero casarme con él! ¡No quiero casarme con nadie! ¿Por qué no entiendes? ¡Soy una maldita sicaria, papá! Ese tipo es un imbécil, ¿y me vas a obligar? ¡No quiero hacerlo! —Cada palabra salió más fuerte que la anterior, pero no me importaba.
Papá suspiró.
—Lo sé, hija, lo sé. Pero estas son las reglas. Lo siento mucho.
Lo miré con incredulidad. Las "reglas". Siempre las "reglas". ¿Y yo? ¿Acaso nadie pensaba en lo que yo quería? Esto no iba a terminar bien. No iba a terminar bien para nadie.