POV VALERIA
Tres días. Tres largos días de escuchar a mi papá planear la boda y yo ya no podía más. La verdad, me tenía sin cuidado. Yo no quería casarme.
Él andaba de un lado a otro en mi departamento, mientras yo estaba tirada en el sofá, leyendo algo en mi iPad para evadirme. Pero no. El hombre no podía parar de hablar.
—Valeria, necesitamos elegir tu vestido ya—, soltó.
—Papá, tienes tiempo de sobra—, respondí, sin quitar la vista de la pantalla.
—¡Valeria!— gruñó, perdiendo la paciencia.
—¡¿Qué?!— le dije, levantándome de golpe. Si quería atención, ahí la tenía.
Él bufó.
—Ojalá te interesaras, aunque sea un poquito. Al final, pronto serás la esposa de un hombre y llevarás un anillo—. Dicho eso, se dio la vuelta.
Ahí exploté.
—¡Eso es justamente lo que está mal, papá! ¡No quiero! ¿Entendiste? ¡No quiero!— grité, sin poder contenerme más.
—Valeria, ya basta. No quiero escucharte más—, me cortó, firme.
Cruzada de brazos, lo fulminé con la mirada mientras él seguía dando vueltas con un papel en la mano.
—Si tengo que casarme con él, al menos quiero conocerlo bien. Porque, sinceramente, hasta ahora no me ha impresionado nada—. Dicho eso, volví a dejarme caer en el sofá.
—Eso no está permitido—, me respondió, seco.
—Sí, ya lo sé—, murmuré, resignada.
Fue entonces que lo vi. Daniel, parado en la puerta como si nada. Al menos alguien sensato en este lío. Papá, por supuesto, lo ignoró y subió las escaleras como alma que lleva el diablo.
—¿Daniel?— le dije, acercándome.
—Señorita Méndez, o mejor dicho… ¿Señora Montgomery?— respondió, con una sonrisa socarrona.
—Cállate, Daniel. Y dime Valeria—, le espeté, dándole un pequeño golpe en el hombro. Él solo se rió, como siempre.
—Ethan quiere verte a solas otra vez—, dijo, dejándome helada.
—¿Qué? Pero eso no está permitido, ¿o sí?— le pregunté, cruzándome de brazos otra vez.
—No, pero él lo quiere así—, contestó con un encogimiento de hombros. Suspiré.
—Bueno, entonces que venga mañana en la mañana—, dije, sin ganas de discutir.
—Hecho—, respondió antes de salir por la puerta como si nada. Lo vi irse en el ascensor justo cuando mi papá bajaba las escaleras de regreso.
—Siento lo de hace rato—, le dije a mi papá, intentando suavizar las cosas. —No quería gritarte así.
Él me miró con algo de ternura, lo cual no era muy común.
—No pasa nada, hija. Te entiendo—, me dijo antes de abrazarme.
Poco después, se fue. Cerré la puerta y me quedé ahí un momento, suspirando. El departamento estaba en un desastre, así que me puse a recoger un poco. Pero mi mente seguía dando vueltas.
¿Cómo se imaginaba papá que esto iba a funcionar? Desde niña sabía que eventualmente tendría que casarme, pero ahora… ahora era real. No había escapatoria.
Ya con la sala decente, me puse una camisa larga y me dejé caer en el sofá otra vez. Me recogí el cabello en un moño mientras encendía la televisión.
*
Al día siguiente me levanté temprano, todavía medio dormida pero con ese peso constante en el pecho. Fui directo a la ducha, dejando que el agua caliente me despejara. Después de vestirme, me paré frente al clóset, evaluando mi arsenal.
Ethan llegaría en cualquier momento, y ya sabía que lo que me pusiera iba a sacarle algún comentario. Me reí para mis adentros. Hoy, quería jugar un poco.
Saqué unos jeans negros ajustados y un top n***o de manga larga, sencillo pero con actitud. Completo el look con mis tacones. Listo.
—No queremos incomodarlo otra vez, ¿cierto?— dije para mí misma, con una sonrisa traviesa.
Bajé las escaleras revisando el celular, maquillada y lista para el show. En la cocina, me preparé un café, pero mi mente seguía en Ethan, aunque odiara admitirlo. No era feo, claro que no, pero su personalidad... ¡Ugh! Esa frialdad, esa actitud de superioridad, como si siempre tuviera el control.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Miré hacia allá y caminé rápido para abrir.
—¿Daniel?— pregunté, arqueando una ceja.
—Ethan está aquí—, informó.
—Déjalo pasar.
Me alejé mientras escuchaba la puerta abrirse y, poco después, sentí su presencia. Ethan había llegado. Pero no iba a dársela tan fácil, así que seguí caminando, ignorándolo a propósito.
—Valeria, no me ignores—, fue lo primero que dijo, acercándose. Su tono era serio.
—No lo hago—, mentí descaradamente, sin mirarlo. Lo sentí evaluándome con esos ojos críticos suyos.
—Bueno, al menos esta vez llevas algo decente—, comentó.
Y ahí estaba. ¿Ves? Un completo imbécil.
—¿Qué quieres, Ethan?— suspiré, agotada ya de su presencia. —¿Qué es tan importante que tuviste que venir?
Él se cruzó de brazos.
—Quiero hablar contigo—, empezó —Valeria, en unos días serás mi esposa.
—Lo sé… lamentablemente—, murmuré, mientras me servía otra taza de café.
—Al menos deberíamos intentar llevarnos bien—, sugirió.
Lo miré en silencio, procesando sus palabras. Ethan se sentó en la isla de la cocina, como si estuviera en su casa. Solté un suspiro y me senté frente a él.
—Está bien—, accedí, mirándolo directo a los ojos. —Pero entonces deja de estar dándome órdenes o intentando impresionarme. Es irritante.
Ethan levantó las manos como si se declarara inocente. Me quedé ahí, mirándolo con más detalle. Su cabello castaño estaba un poco despeinado, pero de alguna manera le quedaba bien. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que no podía ignorar. Y, por un momento, sentí algo raro en el estómago. No, no. No puede ser.
—¿Tienes algo más que decir?— pregunté, rompiendo el silencio incómodo.
—No mucho. Solo creo que debemos intentar convivir en paz. Al final, tendremos que compartir nuestras vidas—, respondió, como si fuera algo sencillo.
—Si intentas tocarme en nuestra noche de bodas, te mato—, le solté, seria. Porque sí, lo decía en serio.
Pero él, en lugar de molestarse, simplemente sonrió.
—Lo pensaré—, dijo, con ese tono burlón.
Y luego se fue, dejándome ahí con mi café.
*
—Tu gran día se acerca, Valeria—, dijo Camila.
La miré. Su buena actitud era como echarle limón a la herida. Suspiré y traté de calmarme.
—Sí, y no me emociona para nada—, respondí, mientras me ponía los tacones.
—Te entiendo. Pero por eso vamos ahora a buscarte un vestido hermoso, como de ensueño—, dijo.
—Prefiero algo n***o. Es un día de luto, después de todo—, murmuré, con sarcasmo.
—Solo que tu papá no se entere—, soltó con una risita nerviosa.
Salimos de mi departamento y bajamos las escaleras. Daniel ya estaba ahí, puntual como siempre. Nos condujo hacia uno de los autos. Subimos los tres, en silencio.
—Al menos tengo a ustedes dos—, solté mirando hacia la nada, más para mí misma que para ellos.
—Oh, Valeria, claro que sí. Te hemos cuidado desde que eras una niña—, dijo Daniel. Giré la cabeza hacia la ventanilla, tratando de ignorar el nudo en el estómago.
Unos minutos después llegamos a una tienda de vestidos. Chic, cara y con ese aire de exclusividad que solo confirmaba lo fuera de lugar que me sentía. El chofer nos abrió la puerta, y Daniel cargó con mi bolso.
Al entrar, un aroma a lavanda nos envolvió. Una señora mayor, elegantemente vestida, se nos acercó con una sonrisa profesional, alisándose la chaqueta mientras nos observaba de pies a cabeza.
—¿En qué puedo ayudarles?—, preguntó.
—Buenas tardes—, contestó Camila con su mejor voz amable. —Valeria se casa en unos días y necesita elegir un vestido.
La mirada de la señora se clavó en mí, y sus ojos brillaron con algo parecido a la emoción.
—¡Oh, querida! ¿Una boda? Pues vamos a encontrar algo perfecto para ti—, exclamó.
—Gracias—, respondí con una pequeña inclinación de cabeza, tratando de no sonar molesta.
—Adelante, date una vuelta—, dijo, indicándome la tienda con un gesto.
Mientras caminaba entre los vestidos, notaba a Camila y Daniel parados, casi como estatuas. Había diseños espectaculares, pero la mayoría no eran mi estilo. Algunos, incluso, me parecían horribles.
—¿Ya tienes algo en mente? ¿Algún diseño que te guste?—, preguntó la señora mientras me seguía con discreción.
—No… honestamente no—, respondí. Seguía mirando, aunque mi cabeza estaba en otra parte. Ethan. Por alguna razón, no podía sacarlo de mi mente. ¿Por qué rayos pensaba en él ahora? No debería importarme.
Pero bueno, me voy a casar con él.
Fue entonces cuando lo vi. Un vestido diferente a los demás. Algo en él me atrapó al instante. Caminé rápidamente hacia él.
El vestido era precioso. Simple, pero con un diseño elegante. No era exagerado, pero tenía ese algo que lo hacía especial. Una sonrisa involuntaria se formó en mis labios.
—¿Valeria?—, dijo Camila detrás de mí. Me giré hacia ella, emocionada.
—¡Este! ¡Este vestido!—, exclamé, casi gritando.
—Wow… sí que es hermoso—, respondió ella, entusiasmada.
—Es una obra maestra—, añadió la señora, apareciendo de la nada. —Es uno de mis favoritos también.
—Quiero llevármelo—, dije, todavía admirándolo.
—Bueno, pero ¿no prefieres probártelo primero?—, preguntó Camila.
—¿Probarlo?—, repetí, como si no fuera obvio. —Claro que sí.
Unos minutos después, salí del probador. Camila, Daniel y la señora me miraron, evaluándome con cuidado. Me paré frente al espejo y apenas me reconocí.
—Es muy bonito—, dijo Daniel.
—Sí, lo es—, admití mientras alisaba la tela con las manos. No quería admitirlo, pero me sentía bien, por primera vez en días.
—Nos lo llevamos—, sentencié.