POV VALERIA
Mañana es el día.
Cerré la puerta de mi departamento con un portazo. Todavía llevaba las manos manchadas de sangre, y el cuchillo que usé lo dejé caer con un sonido seco sobre la mesa. Mi lista, esa condenada lista, me esperaba como siempre. Tomé un bolígrafo y taché un nombre más. Otro que dejó de ser un problema.
Mañana… mañana se supone que mi vida cambia. ¿Para bien? No lo creo. A partir de mañana seré la esposa de Ethan Carter Montgomery, el nombre que mi familia tanto repite. A partir de mañana, la alianza en mi dedo será un recordatorio de que ya no me pertenezco.
Suspiré mientras subía las escaleras de mi pequeño refugio. Cada escalón me pesaba. He matado por esta familia, he ensuciado mis manos por nuestra mafia. Y ahora, el precio parece ser mi libertad.
Al llegar a mi cuarto, las luces de la ciudad se colaban por las ventanas, brillando sobre el vestido blanco que descansaba en el maniquí. La ironía me golpeó. Tanto brillo, tanta pureza aparente… y yo rota por dentro. Me acerqué al vestido, pasé la mano por la tela suave y delicada. Era precioso, sí. Pero no lo quería.
Nada de esto lo quiero.
Me senté en la cama, sintiendo cómo la desesperación se apoderaba de mí. Mi cabeza cayó entre mis manos, y sin poder evitarlo, las lágrimas empezaron a salir. No soy de llorar, nunca lo he sido. Pero esta vez no podía detenerme.
No quiero esto. No quiero este destino.
*
—¡Valeria! El chofer ya casi llega, apúrate —la voz de Camila me sacó de mi trance. Entró a mi cuarto como un torbellino, revisando todo con su usual histeria.
Me levanté de la cama lentamente, sin energía, y caminé hacia el espejo. Lo que vi no me gustó. Mi rostro estaba impecable gracias al maquillaje, mi cabello perfectamente peinado, y las joyas que llevaba. Pero mis ojos… mis ojos no brillaban. Todo era una fachada, una que debía mantener.
—Ya voy, Cami —dije sin emoción.
Ella se cruzó de brazos en la puerta, impaciente. Solté un suspiro y ajusté mis tacones, esos que odiaba pero que se suponía me hacían ver "elegante". Bajé con cuidado, sujetando el vestido, y al llegar al vestíbulo, Leandro, uno de los guardias, me abrió la puerta con una sonrisa.
—Hoy luce usted preciosa, señorita Valeria.
—Gracias, Leandro —respondí con frialdad. No tenía ganas de charlas. Afuera, un enorme Range Rover n***o esperaba, reluciente como siempre. Daniel me abrió la puerta.
—¿También vienes? —le pregunté antes de entrar.
—¿Y dejarte sola en un día como este? Ni loco. Soy tu favorito, ¿no? —respondió.
Ya dentro del auto, me senté en silencio mientras el resto de la caravana se acomodaba en vehículos detrás. Miré al chofer y, sin poder evitarlo, solté un suspiro cansado.
—¿Es necesario tanto show? —murmuré.
—Solo sigo órdenes, señorita. Su padre insiste —respondió sin mirarme, poniendo el auto en marcha.
Y ahí estaba la respuesta que siempre escuchaba: mi padre. Sus reglas. Su mundo. Un mundo en el que yo soy solo otra pieza del tablero. Una que no tiene derecho a moverse sola.
*
TERCERA PERSONA
El sacerdote fijó la vista en Diego.
—Diego, sabes que te considero como de mi propia familia —dijo el sacerdote con tono cálido—. Sé que el temor te invade cada vez que algo le pasa a tu hija, pero hoy todo saldrá bien, confía.
Diego asintió levemente, con un suspiro pesado. Sus ojos buscaron a Ethan por un instante antes de que se animara a hablar.
—Padre, hace casi dieciocho años me tocó huir de todo. Y en ese camino encontré a Valeria, abandonada en un portabebés. La recogí, la cuidé y la crié como si fuera mía. Y aunque el mundo diga lo que diga, para mí es mi hija.
El sacerdote le puso una mano en el hombro con firmeza.
—Y ella te ve como su papá, Diego. Eso vale más que cualquier cosa.
Mientras tanto, en el auto n***o que acababa de detenerse frente a la iglesia, Valeria ajustaba su vestido con las manos temblorosas. Cuando la puerta se abrió, ella bajó con cuidado, alzando ligeramente la tela blanca para no tropezar. Sus ojos brillaron con la tenue luz que iluminaba la entrada.
—Hija mía... —balbuceó Diego al verla, emocionado—. Estás hermosa.
Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas, y aunque Valeria no estaba en ánimo para emociones, le dedicó una sonrisa apenas perceptible.
—Papá, no te preocupes. Todo está bien —le dijo en voz baja mientras lo tomaba del brazo.
Dentro de la iglesia, el murmullo de los invitados fue apagándose al ritmo de la melodía nupcial que resonaba por las paredes. Valeria caminó lentamente junto a su padre por el pasillo central, sintiendo las miradas de todos los presentes clavadas en ella. A medida que avanzaba, una lágrima traicionera escapó de sus ojos, recorriendo su mejilla. Levantó la vista, y allí estaba él.
Ethan, de pie junto al altar, vestido impecablemente con un traje n***o. Su postura era solemne, pero sus ojos estaban fijos en Valeria, analizando cada detalle de su expresión. Ella lo miró directamente.
Diego entregó la mano de Valeria a Ethan con cierto temblor, y ella quedó de pie frente a él. Él era una cabeza más alto, y cuando ella alzó la mirada para encontrar sus ojos, Ethan notó la pequeña lágrima que todavía se deslizaba por su rostro.
El sacerdote comenzó su discurso. Las palabras resonaban mientras todos observaban expectantes. Valeria sentía como si las paredes de la iglesia se cerraran sobre ella. Su corazón palpitaba con fuerza, pero se obligó a mantenerse firme, aunque por dentro luchaba por no quebrarse.
—Ethan Carter Montgomery —dijo el sacerdote con voz grave—, ¿aceptas a Valeria Méndez como tu legítima esposa, prometiendo amarla y cuidarla en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto —respondió Ethan sin titubear, su voz segura.
Luego el sacerdote volteó hacia Valeria.
—Y tú, Valeria Méndez, ¿aceptas a Ethan Carter Montgomery como tu legítimo esposo, prometiendo honrarlo y amarlo en toda circunstancia?
El silencio llenó el lugar. Valeria sintió cómo sus manos temblaban. Una presión en su pecho dificultaba su respiración. Miró a Ethan, buscando algo en su mirada, pero todo lo que encontró fue expectación.
—S-sí... —logró decir.
—Entonces, los declaro marido y mujer. Ethan, puedes besar a la novia.
Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Ethan se inclinó y la besó suavemente en los labios. Ella se estremeció, paralizada por la intensidad del momento. Los aplausos estallaron en la iglesia, rompiendo el silencio. Los invitados se levantaron para celebrar, pero dentro de ella, una maraña de emociones seguía creciendo, imposible de contener.