La muerte de Milena

1664 Words
POV VALERIA Ahí estaba yo, con un vestido incómodo, un anillo que me pesaba como una maldición en el dedo, y una copa de champán casi vacía en la mano. Miraba a la gente en la boda. Todos sonreían, reían, pero yo... yo no. Ethan estaba por ahí, platicando con su papá, aunque no dejaba de echarme miradas de reojo. Yo, por supuesto, me hice la loca. ¿Para qué devolverle la mirada? Ni en sueños. Suspiré, me terminé la champaña de un trago y dejé la copa sobre el suelo, sin ganas de buscar una mesa. En eso apareció Daniel, el único que parecía más aburrido que yo. Nos quedamos ahí, en silencio, viendo cómo se movía la gente. —Sonríe, por lo menos, ¿no? —me dijo con una mueca que se suponía era una sonrisa. —Ah, claro, déjame buscar en mi agenda un rato para eso —le respondí, echándole una mirada fulminante. —¿Tanto así? —preguntó. —Qué sé yo... —murmuré. Luego cambié de tema—: ¿Y mi papá? ¿Dónde anda? —En su oficina, como siempre. Asentí y di media vuelta, dejando a Daniel con su sarcasmo. Caminé rápido hacia la mansión. Algunos de los empleados intentaron saludarme, pero no tenía ánimo para eso. Subí las escaleras casi corriendo y me planté frente a la puerta de la oficina de mi papá. Respiré hondo, tratando de calmarme, y toqué ligeramente antes de entrar. —¿Qué pasa, Valeria? —preguntó sin levantar la vista de los papeles que tenía frente a él. —Nada, sólo vine a ver qué haces. —Estoy trabajando. Negocios importantes —respondió, como siempre. —¿No quieres bajar a celebrar un rato? —le solté, aunque ya sabía la respuesta. Finalmente, levantó la vista y me miró. —No, hija. Todavía tengo cosas que terminar aquí. —Pues claro... —murmuré entre dientes, dando un paso hacia atrás. —Valeria, sabes que estoy ocupado. Pero dame un momento y bajo, ¿sí? Sólo un poco más de tiempo. —Sí, claro, como siempre —le respondí, intentando no sonar molesta. Me di media vuelta y salí de la oficina. Apenas cerré la puerta, se escucharon disparos afuera. El sonido resonó por toda la casa, seguido de gritos. Mi corazón se detuvo por un segundo. ¿Qué carajos estaba pasando ahora? Mi papá abrió la puerta de golpe, ya con un rifle en la mano. Nos miramos un instante, y pude ver la alarma en sus ojos. —Papá, ¿qué está pasando? —le pregunté, mientras sacaba mi pistola de la funda. —Valeria, escóndete. Y si tienes oportunidad, rompe una ventana y responde el fuego —ordenó antes de salir corriendo. No lo pensé dos veces. Corrí por el pasillo con el corazón en la garganta. Ethan apareció de la nada y me agarró del brazo. —¡Suéltame! —le siseé. —¿Qué está pasando afuera? —Enemigos. Tenemos que sacarte de aquí, princesa —dijo, jalándome con fuerza. —¿Y nuestras familias? ¡Están allá afuera! —Te lo explico luego —gruñó, sin soltarme. Me llevó hasta una habitación vieja que solía ser el comedor. Ahora estaba casi vacía, apenas con un piano y un par de muebles cubiertos de polvo. Cerré la puerta detrás de nosotros, mientras Ethan se asomaba por la cortina para ver afuera. Me acerqué, apretándome a su lado sin darme cuenta. Mi hombro rozó el suyo, y sentí mi respiración acelerada. —Ethan... —susurré, pero no terminé la frase. —¡Valeria, por favor al suelo! —gritó. Antes de que pudiera reaccionar, disparó a través de la ventana. La ventana reventó de golpe, y miles de pedazos de vidrio volaron como dagas hacia nosotros. Ethan y yo nos lanzamos al suelo en cuestión de segundos, apenas evitando que los fragmentos nos cortaran. El silencio cayó sobre la casa. Solo se escuchaba el latido frenético de mi corazón retumbando en mis oídos. Todo tenía que pasar justo hoy, ¿verdad? —¿Estás bien? —susurró Ethan mientras se arrastraba hacia mí, sus ojos oscuros reflejando preocupación. —Sí, estoy bien —contesté entre dientes, tratando de mantener la calma. —Perfecto, entonces enfoquémonos —empezó a decir —. Vas a quedarte aquí, escondida... —Ni lo sueñes —lo corté de inmediato. —Valeria, no seas testaruda. Esto es demasiado peligroso. ¡Tienes que quedarte aquí! —me espetó, tratando de ser persuasivo. —¡Ethan, soy una maldita sicaria, no una niñita asustada! No me voy a esconder. Voy a pelear. —Mi voz salió firme. Él suspiró, frustrado. —¿Por qué tienes que llevarme la contraria en todo? —murmuró, apretando los dientes. —¿Y tú por qué tienes que darme órdenes como si fueras mi jefe? —le lancé de vuelta. Ya estaba harta. Me levanté con cuidado, pegándome a la pared. Sin decir una palabra más, me escabullí de la habitación, dejando a Ethan. En el pasillo encontré lo que necesitaba: mi fiel pistola. Con el arma en mano, corrí al piso de arriba, donde tenía la vista perfecta del jardín. La escena que vi desde la ventana me hizo apretar la mandíbula: un grupo de idiotas encapuchados estaba amenazando a mi familia. —Pinches imbéciles... —susurré mientras ajustaba la mira de la pistola. Apunté con precisión —Se les acabó el juego. Estaba a punto de disparar cuando Ethan irrumpió en la habitación. Lo fulminé con la mirada, pero él solo levantó una ceja, claramente incrédulo. Antes de que pudiera decir algo, los disparos resonaron. En cuestión de segundos, los hombres cayeron uno tras otro, como fichas de dominó. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras guardaba el arma. Me giré hacia Ethan, triunfante. —¿Cómo rayos hiciste eso...? —murmuró, todavía sorprendido. —¿De verdad? ¿Ya olvidaste a quién tienes enfrente? Soy una sicaria, Ethan. Esto es mi especialidad. De repente, Camila irrumpió en la habitación, con la cara desencajada. —¡Valeria! ¡Es Milena... tu tía! —jadeó, desesperada. No... Esto no podía estar pasando. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo. Bajé las escaleras y atravesé la mansión a toda velocidad, con Ethan y Camila pisándome los talones. —¡Milena! —grité, buscando con la mirada. La encontré tendida en el suelo, rodeada de familiares que intentaban detener el sangrado. Mi papá corría de un lado a otro como un loco. Me arrodillé junto a ella, el nudo en mi garganta haciéndose insoportable. —V-Valeria... mi pequeña sobrina... —susurró Milena, aferrándose a mi mano con fuerza. Mis ojos se llenaron de lágrimas al instante. —Tía, no digas eso, vas a estar bien, ¿me oyes? ¡Tienes que quedarte con nosotros, por favor! —Mi voz se quebró mientras intentaba mantenerla despierta. Un cuchillo sobresalía de su abdomen, y la sangre no dejaba de manar. El pánico me consumió. La abracé con fuerza. —¡Papá, haz algo! —grité, desesperada —. ¡Papá, no te quedes ahí parado! ¡Haz algo! Ethan trató de apartarme, pero yo no quería soltarla. —¡No! —grité entre sollozos, aferrándome aún más a Milena —Valeria, tranquila... —intentó calmarme, acariciando mi cabello. —¡No está bien! ¡Papá, Camila, alguien! ¡Hagan algo! —grité hasta quedarme sin aire. Pero ya era demasiado tarde. Lo supe en cuanto vi cómo los ojos de Milena se apagaban lentamente. Un grito desgarrador salió de mi pecho mientras Ethan me levantaba en brazos. * Habían pasado veinticuatro horas exactas, pero para mí se sentía como una eternidad. No podía sacarme la culpa de la cabeza. Todo había sucedido en mi boda. Mi maldita boda. Y yo… bueno, estaba en la lona. Me dejé caer en el sofá, mirando a través de los ventanales enormes que daban al horizonte. Las luces de los edificios me parecían más cercanas. Ya era de noche. —¿Todavía te estás dando con un palo por eso? —dijo Ethan detrás de mí, mientras servía vino en un par de copas. —Sí… —respondí en voz baja. Ethan vino y se sentó a mi lado. —¿Por qué, Valeria? ¿Por qué te martirizas así? Había estado conmigo desde la boda. No se había movido de mi departamento ni un segundo. Ahí estaba, hablándome, acompañándome… soportándome. —Porque era… ¡era mi boda, Ethan! ¡Nuestra boda! —dije. —Valeria, no fue tu culpa. Fue culpa de esos idiotas… de los enemigos. Me pasó una copa de vino. Le di un buen trago, dejando que el calor del vino se mezclara con el frío que sentía por dentro. Nos quedamos en silencio, mirando la oscuridad a través del cristal. En esas últimas horas me di cuenta de algo. Ethan no estaba tan perdido como pensaba. A su manera, me cuidaba. No me dejaba sola, y eso ya era algo. —Ya, basta, no le sigas dando vueltas. No sirve de nada —dijo, dejando su copa sobre la mesita frente al sofá. —Fácil decirlo para ti… —le contesté, suspirando. Sentí una lágrima resbalar por mi mejilla, y con rabia me la quité. —Eh, eh, tranqui. Todo va a estar bien… —susurró Ethan, tomando mi mano con cuidado. Luego me rodeó con un brazo y me acercó hacia él. Me dejé caer contra su pecho, agotada. Cerré los ojos. —Valeria, ya estamos casados. Tenemos que salir adelante juntos, apoyarnos, ¿sí? —Supongo que tienes razón… —murmuré, demasiado cansada para discutirle. ¿Por qué era tan amable conmigo? Esa faceta suya me desconcertaba. No sabía que podía ser así. —Quiero vengarme —dije de pronto. Ethan me miró. —Por ahora, duerme un rato. No pegaste ojo en toda la noche. No pasó ni un minuto y ya estaba dormida.
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