Helena
La cama de mi casa nunca había sido especialmente cómoda. El colchón estaba hundido en el centro, la sábana tenía un ribete deshilachado y la madera del cabezal crujía con solo respirar sobre él.
Pero esa noche, con el cuerpo todavía temblando por la adrenalina y el olor a bosque pegado en la piel, no había lugar más seguro para mí que ese.
Gavril estaba tumbado a mi lado, ocupando más espacio del que la cama estaba diseñada para soportar. Tenía el cabello húmedo por la ducha rápida que tomamos al llegar, y el peso de su brazo sobre mi cintura era suficiente para recordarme que seguía aquí, conmigo, lejos de los árboles, la sangre y los hombres de Volkov.
O casi.
Porque cada vez que parpadeaba, notaba un destello en su mirada. Algo oscuro, alerta, escondido detrás del agotamiento. El Markov que nunca dormía del todo.
Me giré hacia él, acercándome hasta apoyar la frente en su pecho. Sentí el latido fuerte, sólido, como si se negara a aflojar un solo segundo.
—Puedo oír cómo piensas —murmuré.
—No pienso tanto —contestó él, y las puntas de sus dedos encontraron mi cadera, trazando círculos lentos.
Me quedé observándolo un momento. Esa mandíbula firme, el corte en el labio, las sombras bajo los ojos. Era un hombre duro, marcado, pero cuando estaba así, con la guardia baja, conmigo, en mi cama, parecía casi humano.
—Gavril…
—Mm.
No sabía cómo preguntarlo sin sonar como una completa idiota. Me mordí el labio, dudé, lo intenté de nuevo.
—¿Por qué…? —respiré hondo—. ¿Por qué nunca me dices ese tipo de cosas?
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó, ladeando la cabeza.
—Ya sabes… —Me obligué a continuar, aunque sentí el rubor subir por mi cuello—. Eso de “eres mía”. Lo que dicen los hombres cuando… bueno, cuando quieren dejar claro que…
Me hundí más en su pecho, deseando desaparecer en él.
Gavril alzó una ceja con una sonrisa lenta, peligrosa.
—¿Tengo que hacerlo? —preguntó con esa arrogancia suave, casi burlona.
—¡No! —solté demasiado rápido—. No es eso, es que…
Mis palabras se deshicieron en mi boca. Él se incorporó apenas, apoyando su peso contra mí, y me atrapó con un abrazo que casi me quitó el aire. No de fuerza. De intensidad.
—Si no lo digo —susurró contra mi sien—, es porque ya es un hecho.
Mi corazón dio un salto brusco.
—¿Un hecho…?
—Que eres mía —continuó, muy cerca del oído—. Pero no mi propiedad.
Me quedé quieta.
Él se separó solo lo necesario para mirarme de frente. La expresión se le había suavizado, pero no se le había ido la seriedad.
—Escucha —dijo, tocándose el pecho con un gesto impaciente—. Yo soy un bruto. Un salvaje. Un hombre que aprendió más a matar que a hablar. Y contigo… —pasó el pulgar por mi mejilla—. Contigo estoy haciendo todo esto por primera vez.
Me señaló.
—Y tú eres independiente —me besó la mejilla, firme.
—Inteligente —besó mi sien.
Mi respiración se aceleró.
—Demasiado para mí —añadió, rozando la comisura de mis labios con un beso suave—. Y aun así eliges quedarte conmigo.
Por un segundo, la imagen de su mano llena de sangre se coló entre nosotros. La aparté a la fuerza. No quería que estuviera ahí. No en ese momento.
Y antes de que pudiera responder, me besó.
Profundo. Lento. Tan honesto que dolía.
Mis dedos se hundieron en su cabello. Su mano se posó en mi cintura, deslizándose hacia arriba, lenta, cada centímetro despertando una línea de calor bajo mi piel. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza; me arqueé hacia él, buscando más, la boca abierta al borde de otro beso.
Y entonces, el teléfono vibró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Los dos nos congelamos.
Yo porque no esperaba ninguna llamada.
Él porque quería matar a quien estuviera interrumpiendo.
Me incorporé un poco, tanteando la mesita. Reconocí la pantalla iluminada.
Adrian.
Por supuesto.
—¿Vas a contestar? —preguntó Gavril, con una calma asesina.
—Es Adrian —expliqué.
La expresión de Gavril no cambió.
Pero su mandíbula sí.
—¿Y? —preguntó él.
Me reí, porque de repente parecía un lobo celoso y malhumorado.
—¿Estás celoso de Adrian? —pregunté, incrédula.
Él no titubeó ni medio segundo.
—Sí.
Me quedé mirándolo. Y después… exploté en carcajadas. De verdad. Me tapé la boca, pero no pude parar.
—¿Qué? —dijo él, indignado.
—Es que… —intenté hablar, pero me faltaba el aire—. Jamás pensé que tú… tú, Gavril Markov, pudieras tener celos de mi mejor amigo gay.
Él parpadeó.
—¿Qué…?
Se incorporó un poco, como si necesitara reacomodar el cerebro.
—¿Gay? —repitió.
—Gay —confirmé.
La mirada de Gavril pasó de sospecha, a confusión, a puro insulto autoconsciente en menos de un segundo.
—Perfecto —murmuró, con cinismo—. Entonces sí estaba celoso por estupideces.
Hice un esfuerzo por dejar de reír. Tomé el teléfono. Él me observaba con los brazos cruzados, claramente molesto pero intentando fingir que no.
Respondí la llamada.
—¿Helena? —la voz de Adrian salió tan fuerte que hasta Gavril la escuchó.
Me alejé un poco del oído.
—Hola, Adri…
—¡Cuéntamelo YA! —chilló él—. ¿¿Cómo te fue en el retiro??
Gavril giró lentamente la cabeza hacia mí, como un perro que acaba de escuchar el silbido de un extraño.
—Adrian… no grites —le pedí en un susurro.
—NO PUEDO —respondió él—. ¿Te lo pudiste coger o no?
Gavril abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
Yo puse los ojos en blanco.
—No, Adrian, no voy a comentarte eso —obviamente mi amigo no entendió que se lo contaría luego...
—Helena… —su tono se volvió venenoso—. No me digas que ese hombre no te tocó porque ME OFENDO.
Tragué aire.
Decidí divertirme un poco.
Miré a Gavril, que ya estaba medio fuera de la cama, tenso, con una vena marcada en la sien.
—Bueno… —dije como quien habla del clima—. Digamos que no fue para tanto.
Gavril frunció el ceño.
—¿Cómo que no fue para tanto? —susurró él entre dientes.
—Entonces… me imagino que se escaparon de las viejas ¿dime que todo salió cómo planeaste? —lanzó Adrian sin compasión.
—Ni tanto —dije con absoluta indiferencia, respondiendo a una pregunta que no había hecho—. Apenas y hace cosquillas.
Gavril NO reaccionó bien.