Misha
Salí de la casa de Helena con el sabor del café todavía en la lengua y el regusto de una conversación que me había dejado mal cuerpo.
Oracle.
Pueblo pequeño.
Demasiadas variables en un tablero cada vez más chico.
Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta mientras avanzaba por la calle.
La mañana tenía ese color gris de pueblo que fingía tranquilidad. Un par de persianas a medio subir, olor a pan, un perro durmiendo en la vereda como si el mundo no estuviera, potencialmente, a punto de arder.
Para ellos, todo normal.
Para mí, solo números rojos si proyectaba la ecuación a unas semanas.
Saqué el celular, revisé por costumbre: notificaciones mínimas, un par de alertas de los servidores que había dejado monitoreando y, arriba del todo, el mensaje que me había mandado Adrian de madrugada.
Lo había leído por encima antes de entrar a casa de Helena. Ahora lo releí.
Adrian:
Necesito hablar contigo. Solo contigo.
Mañana en la cafetería, antes de que abra. Y no le digas a él que te escribí.
Él.
Gavril.
Me guardé el teléfono, el ceño ya estaba fruncido.
Estaba en la lista de cosas que tenía que resolver ese día. No porque desconfiara por defecto de Adrian, de hecho, era de las pocas personas en este pueblo que me caían bien, sino porque la experiencia me había enseñado que cualquiera que dijera “no le digas a él” cerca de un Markov solía convertirse en un problema.
Y yo estaba hasta la coronilla de problemas.
La cafetería estaba a medio abrir cuando llegué. Las luces interiores encendidas, el letrero aún apagado. Empujé la puerta; cedió con ese tintineo molesto de campanita feliz.
Olía a café recién molido y a piso fregado; el combo clásico.
Adrian estaba detrás de la barra, de espaldas, acomodando tazas.
—Llegas puntual. —Ni siquiera se giró—. Empiezo a preocuparme.
—Y tú arriesgas demasiado dejando la puerta abierta cuando sabes que hay gente mala en el pueblo —repliqué, cerrándola detrás de mí—. Un día de estos va a entrar alguien dispuesto a arrancarte la vida entera mientras preparas capuchinos, y ni siquiera lo vas a ver venir.
Giró, al fin.
Tenía el pelo aún húmedo, la camiseta negra pegada al pecho en algunos puntos y ojeras suficientes como para abrir un café nuevo solo para ellas. Pero me miró directo, sin rodeos.
Adrian no era un cobarde. Eso me gustaba.
—Gracias por venir —dijo, secándose las manos en un trapo—. Quería hablar contigo antes de que el “padre” decida hacer su ronda.
Hizo las comillas en el aire.
—¿Tengo que preocuparme? —pregunté, acercándome a la barra.
—Depende —contestó—. ¿Vas a decirme la verdad?
Sonreí de lado.
—Siempre digo la verdad. Solo selecciono qué partes necesitan escuchar.
Rodó los ojos, pero no sonrió.
Eso ya era mala señal.
—Un café —pedí, sentándome en uno de los taburetes—. n***o. Sin sermón.
—El sermón viene de regalo —respondió, poniendo la máquina a trabajar.
Lo observé en silencio mientras movía manos, palancas y tazas con la familiaridad de quien había encontrado en ese bar su trinchera. Había algo calculado en sus movimientos, algo que me chirriaba ahora que estaba mirando con otros ojos.
Comportamiento extraño. Reuniones muy tarde. Llamadas de madrugada.
No era solo paranoia. Tenía datos.
Dejó la taza frente a mí. El café humeaba, oscuro, perfecto.
—Habla tú primero —dijo—. Estás muy callado para alguien que suele narrar sus propias bromas.
Tenía más agallas de lo que aparentaba.
—Te he estado mirando —solté, sin preámbulos.
Alzó una ceja.
—Suena romántico; algo así como una obsesión en un buen dark romance —dijo—. Pero sospecho que no lo es.
—No lo es —confirmé—. Llamadas a números enmascarados, reuniones fuera de horario, correr las cortinas a mitad de la tarde para hablar con alguien “del proveedor” que no figura en ninguna lista. —Apoyé los codos en la barra—. Vas a tener que hacer algo mejor que “estoy organizando una cata de café”.
Sus dedos se tensaron alrededor del trapo. No lo dejó caer. Lo dobló. Una vez. Dos.
—Me estás vigilando —concluyó, sin dramatizar.
—Estoy monitoreando todo lo que se mueve en este pueblo —corregí—. Tú incluido.
Una sombra de sonrisa triste le cruzó el rostro.
—Entonces tenemos algo en común —murmuró.
Lo dejé colgar un segundo.
—Explícate —pedí.
Adrian soltó el aire despacio, como si hubiera estado conteniéndolo desde anoche.
—Hay cosas que no puedo contarle a ella —empezó—. No ahora que está… —hizo una mueca leve— como está.
Supe a qué se refería. No necesitaba que lo dijera.
—Pero alguien tiene que pensar en qué pasará cuando todo esto explote —continuó—. Y no hablo solo de tu amigo con sotana decorativa. Hablo de lo que sea que viene detrás. Esos nombres que ninguno dice en voz alta cuando ella está cerca.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Así que sí. He hecho llamadas. He tenido reuniones. He pedido favores. Todo para una sola cosa.
—¿Cuál? —pregunté, aunque ya la intuía.
—Que si un día Helena está en peligro o se ve obligada a huir… no se quede sola —dijo, sin titubear—. Que tenga un lugar adonde correr, un contacto que no dependa de ustedes dos. Un plan que no lleve el sello Markov ni el rótulo visible de su mano derecha.
No era la respuesta que esperaba. Había calculado algo más egoísta, una huida romántica, una traición tonta.
Esto era otra cosa.
—¿Con quién has hablado? —pregunté, más suave.
—Con quien pude —respondió—. Una ONG que trabaja con mujeres que necesitan salir rápido de situaciones violentas. Un abogado en la ciudad que debe un favor a mi hermana. Un contacto en prensa que, si le mando cierto paquete, puede hacer ruido suficiente como para que olvidarse de ella sea mejor opción que ir atrás.
Se encogió de hombros.
—No es perfecto —admitió—. Pero es algo. Y todo está listo si tengo que apretar “enviar”.
Lo miré un momento largo.
Adrian, el barista, el amigo, el plan B por si nosotros fallábamos.
Mis dedos tamborilearon un segundo sobre la taza.
—¿Gavril lo sabe? —pregunté.
—¿Tú qué crees? —devolvió, con una ironía seca—. Si se entera, lo verá como una amenaza. Y créeme que prefiero tu mirada cabreada a la de él.
Tenía razón.
—¿No estás vendiendo información? —inquirí—. ¿No estás llamando al enemigo? ¿No estás montando un circo para quedarte con ella?
Necesitaba oírlo de su boca. Confirmarlo sin rodeos. Sentí el pulso tensarse en la sien y un ardor incómodo en el pecho, una presión absurda que no tenía nada que ver con su amistad y todo con algo que me negaba a decir en voz alta.
—No —negó, directo—. Estoy intentando asegurarme de que, si ustedes la rompen, haya algo después. Porque… —se le quebró un poco la voz, apenas— para mí ella no es una “variable emocional en la misión”. Es mi familia.
Bajó la vista. Me dio un segundo de vulnerabilidad sin maquillaje. Y eso, en mi idioma, valía más que cien discursos leales.
Tomé un sorbo de café. Estaba excelente. Odiaba reconocerlo.
—Bien —dije—. Entonces tú y yo tenemos un problema común.
—¿Emil? —adivinó.
Sonreí de lado.
—Qué listo —asentí—. Sí. El ratón de ordenador con complejo de héroe trágico.
Adrian apoyó ambas manos en la barra.
—Helena no tiene idea —dijo—. Cree que Emil es solo… Emil. El chico bueno, tímido, que siempre aparece cuando algo se rompe. Pero yo lo he visto.
Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz.
—No mira el orfanato —aclaró—. La mira a ella. Y últimamente, ese brillo en los ojos cambió. Ya no es solo un enamoramiento adolescente. Es… —buscó las palabras— resentimiento. Venganza.
Lo había notado en los patrones. Visitas que coincidían demasiado con ciertos días. Movimientos en la red a horas en que solo Helena y él estaban conectados.
—Tiene acceso a cosas que no debería —comenté—. Y lo usa. Borra archivos, manipula datos. No con la elegancia de Oracle, pero sí con suficiente conocimiento como para hacer daño.
—No es ese tal Oracle —dijo Adrian, seguro.
Lo miré.
—¿Y eso?
—Porque he escuchado lo que dices de él, Oracle y créeme, Emil no le llega ni a los talones —respondió, simple—. Lo he visto ponerse nervioso cuando tú estás cerca. Oracle no parece ser del tipo que tiembla. —Me sostuvo la mirada—. Y porque Emil no odia el mundo oscuro.
Hizo una pausa.
—Solo odia la idea de no ser suficiente para ella.
Eso, a veces, era más peligroso.
—Un idiota enamorado con habilidades —resumí—. Perfecto material para ser un títere.
Adrian asintió.
—Y Helena… —dudó un segundo—. Helena tiene agujeros en su historia. Lugares a los que nunca entra. Años de los que habla como si fueran una foto borrosa. Sé que hubo un sacerdote antes, sé que hubo un “no” que la dejó rota, sé que… —cerró los ojos un instante— la sepultaron bajo la culpa. Pero los detalles, los nombres, las fechas… se pierden.
Lo había notado también en los sistemas. Registros inconsistentes de su paso por la diócesis, archivos borrados, informes con partes faltantes. Como si alguien hubiera hecho limpieza selectiva.
—¿Crees que ella tenga que ver con Oracle? —pregunté.
—¡No! —respondió rápido—. Pero sé esto: alguien se benefició de que ella se quedara callada. Y ahora hay otro alguien, con sotana falsa y apellido real, dispuesto a quemar medio mundo por lo que sea que están tapando.
Me sorprendí dándole la razón.
—Siempre hay grietas en las versiones oficiales —murmuré—. Y la gente como Emil se cuela por ellas.
Nos quedamos en silencio un momento.
Yo, haciendo mapas mentales.
Él, probablemente imaginando todas las formas en las que esto podía salir mal.
Al final, fue Adrian quien habló.
—No quiero ser tu enemigo —dijo, sin florituras.
Lo miré, directo.
—Yo tampoco quiero que lo seas —admití—. He tenido enemigos suficientes como para que, por primera vez, tenga en la lista a alguien que hace buen café y se preocupa por la misma persona que nosotros.
Sus labios se curvaron apenas.
—¿Eso fue… un cumplido? —preguntó.
—No te acostumbres —respondí—. Solo digo que, si estamos vigilando al mismo cretino enamorado y al mismo fantasma homicida, tiene más sentido compartir información que pelear por quién la quiere más.
—Helena no es un premio —dijo, automático.
—Lo sé —asentí—. Es precisamente por eso que estoy dispuesto a hacer algo raro.
—¿Qué cosa rara? —frunció el ceño.
Extendí la mano por encima de la barra.
—Ser socios.
Adrian miró mi mano como si fuera una granada sin seguro. Después, muy despacio, la tomó. Su apretón fue firme.
—Socios —repitió.
Lo sentí tragar saliva.
—Si mi amiga pudo enfrentar sus miedos… —añadió, casi en un susurro— yo también.
No entendí a qué se refería hasta que soltó mi mano, rodeó la barra por un lateral y se detuvo frente a mí, demasiado cerca para que fuera una simple “conversación estratégica”.
Lo vi dudar un segundo.
Podría haberme echado hacia atrás, hacer un chiste, desviar la atención. Pero intuí lo que vendría. Así que no lo hice.
Adrian me miró a los ojos, respiró hondo como quien se lanza desde un puente… y me besó.
No fue un beso torpe, pero sí cargado de algo que no tenía nada que ver con Helena ni con Oracle ni con Emil. Era suyo. Un miedo enfrentado a la fuerza.
Sus labios se apoyaron en los míos, suaves, calientes, con un temblor mínimo que delataba el esfuerzo de no salir corriendo.
Podría haber enumerado una lista de razones por las que mezclar cosas personales con una operación era una estupidez.
En lugar de eso, cerré los ojos y correspondí al beso. Una vez. Breve. Basta para dejar claro que lo había entendido.
Se separó enseguida, las mejillas rojas, la mirada brillante.
—Eso fue… —empezó.
—Un movimiento de alto riesgo —terminé por él.
Se rió, nervioso.
—Si ella pudo cruzar al confesionario sabiendo quién es él, yo puedo cruzar de una maldita barra —dijo, encogiéndose de hombros—. No pienso seguir escondiéndome toda la vida.
Lo miré un momento, intentando ordenar el caos de prioridades en mi cabeza.
Oracle.
Emil.
Helena.
Gavril.
Adrian.
Suspiro.
—Está bien, socio —dije al fin, levantándome del taburete—. Empecemos por no morir esta semana. Después vemos en qué lío emocional te estás metiendo conmigo.
—Con nosotros —corrigió, con una media sonrisa—. No te olvides de que, para bien o para mal, ahora estamos en el mismo lado.
Asentí.
Mientras bajaba del taburete, saqué el celular del bolsillo y abrí el chat con Gavril.
Tecleé:
Adrian no es un problema.
Emil sí.
Luego detalles.
Guardé el teléfono y miré a Adrian una última vez antes de irme hacia la puerta.
—Te aviso si el ratón se mueve —prometí.
—Y yo si se rompe algo —respondió él.
Nos quedamos un segundo así, midiendo el peso de lo que acabábamos de acordar.
Socios.
En una guerra que ninguno había pedido, pero que ya nos tenía en el centro.
Salí al aire frío del pueblo con una certeza nueva: el tablero acababa de ganar una pieza que nadie contaba.
Y a veces, los peones que deciden dejar de esconderse… son los que cambian la partida.