LUCÍA
—Déjeme hacerlo yo, por favor—le pedí al hombre que regaba el jardín.
Me observó unos segundos y, sin decir nada, me tendió la regadera. Le devolví una sonrisa tímida y comencé a regar con cuidado. El simple sonido del agua cayendo sobre la tierra logró calmarme de inmediato.
Antes, mi vida era sencilla. Yo también lo era. Mis sueños no iban más allá de lo que veía a mi alrededor: un esposo amable, una casa modesta y un jardín amplio donde pasar las horas cuidando plantas. Me imaginaba cocinando para alguien que me quisiera y esperando su regreso cada tarde. Haber crecido en un pueblo pequeño, en una familia normal, parecía marcar ese destino desde el inicio. Estudiar más de lo necesario nunca fue una opción. Terminar una carrera corta y casarme. Eso era todo.
Mientras otras jóvenes pensaban en ascensos, viajes y títulos, a mí me enseñaban a doblar ropa sin arrugas y a preparar comidas perfectas. Nadie me preguntó si quería algo distinto. Y, sin darme cuenta, ser una buena esposa dejó de ser una opción y pasó a ser mi único objetivo.
Me detuve frente a un grupo de lirios blancos. Me agaché y los rocé con los dedos. Estaban fríos, delicados. Siempre me habían gustado.
—Hay muchos—comenté, mirando alrededor—. ¿Son sus favoritos?
El jardinero suspiró, como si esa pregunta trajera recuerdos que pesaban.
—A la señora Elena le encantaban.
—¿Elena?—pregunté, confundida.
Negó con la cabeza enseguida.
—No importa. Déjeme seguir con mi trabajo.
Entendí que había tocado un tema que no debía. Me levanté y caminé unos pasos hasta encontrar rosas rojas. Arranqué una y la coloqué entre mi cabello.
—De pequeña robaba rosas del parque—confesé con una sonrisa—. Las escondía dentro de mis libros.
El hombre sonrió, mostrando las arrugas de los años.
—Dígame qué flores prefiere y me encargaré de plantarlas.
—Jazmín y orquídeas—respondí al instante. Luego miré de nuevo los lirios—. Pero no quite estos, por favor. También los quiero aquí.
Asintió despacio, como si dudara en decir algo más, pero antes de que pudiera hacerlo, Alejandro apareció en el jardín.
Me quedé inmóvil. De pronto, todo me incomodaba. Evité mirarlo.
¿Pensaría que estaba invadiendo su espacio?
—Yo solo estaba… no pretendía…—empecé a decir, nerviosa.
—Esta también es tu casa—me interrumpió—. No tienes que justificarte.
Se agachó, tomó algunos lirios y se alejó. Dudé un segundo antes de seguirlo.
—Alejandro—lo llamé cuando ya iba a salir.
Se volvió hacia mí.
Respira, Lucía.
—Necesito comprar algunas cosas—dije al fin—. ¿Podrías llevarme?
—Si quieres comer algo específico, díselo al chef—respondió, mirando su reloj—. Él se encargará.
—Me gusta cocinar—dije, bajando la voz.
No le expliqué que necesitaba ocupar mis manos, ni que el silencio me ahogaba. Eso me lo guardé.
Pareció pensarlo. Sus ojos decían claramente que prefería evitarlo, pero aun así asintió.
Fuera nos esperaba un SUV n***o. El conductor le entregó las llaves. Subí al asiento trasero sin decir nada. Parte de mí se preguntó si me pediría sentarme delante, junto a él. No lo hizo.
Miré por la ventana. Había pasado demasiado tiempo sin salir.
—¿Sabes manejar?—preguntó de pronto.
—No.
—Puedes usar mis coches cuando quieras. Si lo deseas, buscaré a alguien que te enseñe.
—Si te molesto, dímelo—murmuré—. No quiero incomodarte.
No respondió. Y yo tampoco insistí.
Ambos sabíamos qué era este matrimonio. Un acuerdo. Una fachada. Yo no esperaba amor, y él nunca lo ofreció. Aunque se hubiera casado conmigo, su corazón seguía en otro lugar. En Elena.
Todo lo que soñé alguna vez murió el día en que la persona en la que más confiaba me traicionó.
Casarme con Alejandro Villaseñor no fue un privilegio ni una promesa de futuro. Fue un salvavidas.
Al llegar a la tienda, me entregó su tarjeta sin bajarse del coche. Comprendí el mensaje.
Tomé champiñones, perejil, queso y lo necesario para hacer pan. Me moví rápido. Antes de pagar, regresé por crema de queso, arándanos y nata. Una idea se formó en mi cabeza y sonreí sin querer.
De vuelta en el coche, le entregué la tarjeta.
—¿Algo más?—preguntó.
—No.
—Espérame aquí—dijo, saliendo.
Asentí, pero al verlo llevarse los lirios sentí un impulso extraño. No debía hacerlo. Aun así, lo seguí a distancia.
Cuando reconocí el lugar, el pecho se me cerró.
Un cementerio.
Me oculté tras un árbol y leí el nombre grabado en la lápida.
Elena Cruz
Sentí que el aire me faltaba. Alejandro se arrodilló y dejó las flores con cuidado, como si aún pudiera lastimarla.
Corrí de vuelta al coche con el corazón desbocado. No entendía por qué, pero las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.