LUCÍA
Tranquila. No pierdas el control.
Me repetí esas palabras frente al espejo mientras intentaba reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. El abrigo rojo que llevaba puesto parecía pesar una tonelada y las joyas doradas brillaban tanto que me resultaban ajenas, casi ofensivas. Me habían preparado para la recepción como si fuera una muñeca de exhibición: maquillaje perfecto, ropa imposible, lujo por todas partes. Nada de eso tenía que ver conmigo.
No pasa nada, pensé. Solo es una noche.
Vendrán los socios de Alejandro, sus conocidos… y mi familia. Ya sobreviví a la boda. Puedo con esto también.
El sonido de unos nudillos golpeando la puerta hizo que el estómago se me encogiera. Aun así, abrí.
—¿Lista? —preguntó Alejandro, extendiéndome la mano con educación.
Asentí y sonreí de una forma que ni yo misma creí. Él iba impecable con su traje oscuro, el cabello perfectamente arreglado. Me sorprendió lo cerca que estaba, lo fácil que era fijarse en los detalles: la línea firme de su mandíbula, una marca casi invisible junto a la ceja, un pequeño lunar bajo el labio. No era un hombre expresivo, pero había algo en su rostro que atrapaba la mirada.
Tomé su mano. La suya estaba fría; la mía, húmeda por los nervios. Bajamos juntos y, en cuanto cruzamos el umbral, las cámaras comenzaron a estallar en luces. Sentí el cuerpo rígido, como si todas esas miradas me atravesaran. Nunca había estado tan expuesta. Mis dedos temblaron, pero Alejandro no me soltó, y ese simple gesto me ayudó a no desmoronarme.
—Lucía, estás preciosa —dijo mi madre al abrazarme.
Respondí con una sonrisa automática, apretando los dientes.
Mi padre, mi hermano y su esposa nos observaban con una satisfacción que me revolvió el estómago. Los odiaba. Por todo lo que habían hecho, por lo que habían permitido. No había perdón posible.
Alejandro intercambió saludos con ellos y luego se apartó, dejándome sola frente a mi familia.
El cambio fue inmediato.
—Más te vale no hacer el ridículo —escupió mi padre en voz baja—. No entiendo qué vio ese hombre para casarse contigo.
—Compórtate como esposa —añadió mi madre, clavándome los dedos en el hombro—. No le niegues nada, cuídalo, complácelo. No olvides cuál es tu lugar.
—Y asegúrate de que nunca vea ese video —susurró mi cuñada cerca de mi oído—. No querrás que descubra con quién se casó, ¿verdad?
El asco me subió a la garganta. Si me quedaba un segundo más, iba a vomitar. Murmuré una excusa y me alejé, buscando con la mirada a Alejandro como si fuera un salvavidas.
Antes de encontrarlo, un pequeño grupo se acercó a mí.
—Debo admitir que Alejandro tuvo suerte —comentó un hombre con una sonrisa educada—. Te ves increíble.
No reaccioné a tiempo, y otro le dio un leve golpe en la cabeza.
—Preséntate, animal. Perdónalo —me dijo—. Soy Matías. Él es Bruno. Amigos de Alejandro.
Ah. Sus amigos.
Les devolví la sonrisa, esta vez más sincera.
Una mujer se acercó y me rodeó con los brazos.
—Soy Camila. Estudiamos con tu esposo en la universidad. Me alegra verlo acompañado por fin.
Asentí, aunque por dentro una duda me atravesó. ¿No sabían nada? ¿Ignoraban por completo la verdad? Pensar en Elena hizo que ese dolor conocido regresara al pecho.
Ojalá la noche terminara pronto.
Cuando la música subió y todos comenzaron a beber y bailar, aproveché para salir un momento. El aire frío me recibió como un alivio. Me senté en los escalones, mirando la luna, dejando que el viento me despejara la cabeza. Estaba agotada.
Todo esto me resultaba ajeno. Yo venía de un hogar lleno de reglas, silencios incómodos y heridas. Este mundo de lujo, flashes y apariencias no era para mí.
—Así que tú eres la esposa.
La voz me sacó de mis pensamientos.
Giré el rostro y vi a una mujer observándome con descaro. Llevaba un vestido rojo demasiado corto y labios del mismo color. Su figura era llamativa, segura, imposible de ignorar.
—No lo creo —continuó con una sonrisa burlona—. Alejandro Villaseñor no se casaría con alguien como tú. Una chica corriente, de pueblo. Ni siquiera eres atractiva. ¿Qué vio en ti?
Sentí que me faltaba el aire. La vergüenza me paralizó, las palabras no salieron. Cuando puso los ojos en blanco, algo se quebró dentro de mí.
—Lo siento… —murmuré, sin saber por qué pedía perdón.
Entré de nuevo casi corriendo, con el pecho apretado y el miedo golpeándome con fuerza.
El pánico volvió a envolverme.
—¿Te pasa algo? —preguntó Alejandro apenas me encontró entre la multitud.
Ni siquiera intenté fingir. Moví la cabeza en señal de negación.
—No —dije casi sin voz—. Necesito irme. A mi cuarto. Este lugar… esta gente… no es para mí.
Hizo una seña rápida a uno de los camareros.
—Un vaso de agua —pidió, y luego lo puso en mis manos.
Dudé unos segundos antes de beber. Su mirada, firme y serena, me ayudó a hacerlo. El agua bajó fría y, aunque no solucionó nada, al menos me dio algo a lo que aferrarme.
Respira. No te derrumbes ahora. Aquí no eres solo Lucía. Aquí eres la esposa de Alejandro Villaseñor. Aunque sea por esta noche.
—Estoy bien —mentí—. Solo es un dolor de cabeza.
Mi sonrisa fue pobre, forzada. Él lo notó, pero decidió no presionar.
Entonces apareció ella.
—Alejandro, acabo de conocer a tu mujer —dijo con una voz demasiado dulce—. Es realmente encantadora.
Reconocí su rostro de inmediato. Portadas, entrevistas, flashes. Una modelo famosa, recién llegada a la industria del cine. Las cámaras giraron hacia nosotros como si alguien hubiera dado una orden silenciosa.
Por un instante pensé que, si yo hubiera nacido con su rostro y su vida, tal vez el mundo no habría sido tan duro conmigo.
—Lo es —respondió Alejandro con calma.
Antes de que pudiera reaccionar, pasó un brazo por mi cintura y me acercó a él. Su gesto fue natural, seguro.
—Y además —añadió—, es mi esposa.
Nada más.
Pero algo cambió.
Mi corazón empezó a latir más rápido. La sonrisa de ella se tensó apenas un segundo, lo suficiente para notarlo. Las cámaras volvieron a apuntarnos. Mi familia nos miraba desde lejos, sorprendida, sin saber qué pensar.
Y yo… yo sentí algo que no esperaba.
No debía importarme. Era solo una puesta en escena. Un papel más.
Entonces, ¿por qué me sentí protegida?
¿Por qué me gustó que me reclamara como suya frente a todos?
¿Y por qué, en medio de tanto ruido, ese simple gesto me hizo sentir bien?