Tu pasado no me importa

1788 Words
LUCÍA La cocina estaba en silencio, salvo por la música baja que se escapaba del altavoz. Canturreé sin pensar demasiado en la letra mientras me ajustaba el delantal. Tenía el corazón ligero, como si algo dentro de mí se hubiera despertado después de mucho tiempo dormido. Saqué los ingredientes uno por uno. Batir la nata siempre me ayudaba a ordenar mis pensamientos. —¿Cuándo volverá a pasar? —murmuré, más para mí que para nadie, con una sonrisa que no pude evitar. La recepción había terminado hacía horas. Debían ser cerca de las tres de la madrugada, pero dormir era imposible. Sentía un cosquilleo extraño en el estómago, una mezcla de emoción y calma que casi había olvidado. Así que hice lo único que sabía hacer cuando las emociones me superaban: cocinar. Una tarta de queso con arándanos. Mi refugio personal. “Es mía”. La frase volvió a cruzar mi mente y el calor subió hasta mis mejillas. Me sentí ridícula por reaccionar así, pero también… protegida. No era ingenua. Sabía que aquellas palabras dichas frente a todos no eran una verdad absoluta. Aun así, en el momento en que todo parecía ir en mi contra, él se puso de mi lado. Nadie antes lo había hecho. Nadie me había defendido con orgullo, ni siquiera mi propia familia. Puede que fuera una mentira, pero fue una mentira dicha para cuidarme. Y eso bastaba. Cuando alguien se está ahogando, incluso un sorbo de agua puede significar la diferencia entre rendirse o seguir respirando. Me concentré en cortar los arándanos, dejando que el aroma dulce llenara la cocina. La música, la rutina, el movimiento de mis manos… todo se alineó y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí genuinamente bien. Al terminar, separé una porción y la guardé en un recipiente de cristal. Escribí una sola palabra en una nota adhesiva y la pegué en la tapa: “Gracias”. Apagué casi todas las luces, dejé solo una lámpara amarilla encendida y me acomodé en el sofá con mi plato. Al probar la tarta, cerré los ojos. Estaba perfecta. Tal vez la mejor que había hecho nunca. Entonces, las luces de la cocina se encendieron de golpe. Me sobresalté y giré la cabeza. Alejandro estaba frente al frigorífico, sacando una botella de agua. El tenedor se me escapó de los dedos y cayó al suelo. Él me miró. Yo me levanté demasiado rápido y me alisé el delantal por pura inercia. Solo entonces noté que estaba sin camiseta, con unos pantalones cómodos. Y, como si el universo quisiera burlarse de mí, la canción siguió sonando en el silencio. Me apresuré a apagarla. —¿No puedes dormir? —pregunté, intentando sonar normal. Él miró primero la tarta, luego a mí. —¿Tú sí? —Tenía antojo de algo dulce… así que preparé esto —dije, pero me quedé en silencio cuando se acercó a la mesa. La escena era incómoda. Yo con el cabello recogido de cualquier forma, el delantal arrugado, y él… demasiado presente. No sabía dónde mirar. —¿Quieres probar? —ofrecí, extendiendo el plato. —No soy fan de los postres —respondió de inmediato. Ah. De pronto me sentí consciente de absolutamente todo: mi aspecto, el calor en mi rostro, la cercanía, sus ojos evitando los míos. —Todavía no me acostumbro a dormir aquí —empecé a decir sin pensar—. En unos días ya no me verás rondando la cocina a estas horas. Me gusta hacer esta tarta, me relaja, y la música… bueno, yo… —me detuve—. Perdón, hablo demasiado cuando estoy incómoda. —¿Incómoda? —preguntó. —No —mentí—. Para nada. Él arqueó una ceja y luego soltó una risa baja, suave, inesperada. —Deberías descansar —dijo. —¿Qué? —Buenas noches. Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo al ver la caja sobre la mesa. Tomó la nota, la leyó y me miró brevemente, como si entendiera exactamente por qué estaba ahí. Me sentí avergonzada. Ni siquiera le gustaban los dulces. Cuando volvió a moverse, abrió el recipiente y probó un pequeño bocado. —Está buena —murmuró antes de marcharse. Me quedé sentada, con una mano en el pecho, intentando procesar lo ocurrido. Y entonces sonreí. Una sonrisa grande, sincera, imposible de ocultar. * Alejandro levantó la mirada del plato mientras cenábamos, como si acabara de tomar una decisión. —¿Mañana tienes algún plan? Negué con la cabeza. —Nada importante. —Hay una comida con uno de mis socios. Insistió en conocerte. No pude negarme, es quien está poniendo el dinero en el proyecto más grande que tenemos. Pensé que… —Iré —dije antes de que terminara. Asintió apenas, satisfecho, y volvió a concentrarse en la comida. Yo no. Empecé a golpear la mesa con las yemas de los dedos mientras mi cabeza se llenaba de pensamientos incómodos. Se supone que, como su esposa, debo obedecer sin cuestionar. Y aun así, aquí estaba él, preguntándome si quería ir. Como si mi opinión contara. La ironía me dio ganas de reír. Luego apareció el miedo. ¿Y si alguien sacaba a la luz aquel video? ¿Y si los medios lo encontraban ahora que su nombre estaba ligado al mío? Su imagen quedaría manchada. Y la voz de mi cuñada regresó a mi memoria, cruel y clara, recordándome que no debía permitir que él supiera quién soy en realidad. Que no debía dejar que supiera lo que hice. Respiré hondo. —¿Puedo hacerte una pregunta? —Claro —respondió, sin dejar de comer. —¿No te da vergüenza estar conmigo? Levantó la vista entonces. Me observó con atención, como si buscara algo en mi rostro, y después se encogió de hombros. —¿Por qué habría de darme vergüenza? —Mi video terminó en páginas pornográficas —dije en voz baja. —Lo sé —contestó con indiferencia—. Y cumplí mi palabra. Me aseguré de que desapareciera. Jugueteé con la comida sin probarla. —Aun así… si la gente se enterara ahora que estamos casados, podría destruir tu imagen pública. No dijo nada. Fingí que no me importaba, chasqueando la lengua, pero sentí un nudo apretarme el pecho. Me levanté con la excusa de ir a mi habitación. No tenía hambre. No tenía fuerzas. Pero su voz me detuvo. —Siéntate. Me giré. —¿Qué? —Siéntate y termina de cenar. —De verdad, ya no puedo… —Siéntate —repitió, tranquilo. Obedecí. Me senté otra vez frente al plato intacto. ¿Cómo iba a comer si el miedo me recorría por dentro? Antes no me importaban los insultos. Mi familia me había dicho cosas peores, y en algún punto dejé de sentir nada. Pero ahora era distinto. Con Alejandro, todo dolía más. No quería ser una mancha en su vida. No quería que se rieran de él por haberse casado conmigo. Entonces habló de nuevo. —Dime algo, Lucía. ¿Por qué crees que me casé contigo? Le sostuve la mirada. —Para protegerme de mi familia. De la gente. Negó despacio. —No. —Entonces, ¿por qué? Suspiró antes de responder. —Para que no te rindieras con tu propia vida. Se me tensó el rostro sin darme cuenta y, de golpe, regresé al día en que mi vida chocó con la suya. Había pasado solo una semana desde que me quedé sin casa y sin familia, justo antes de la boda. No tenía deseos de seguir adelante, aunque tampoco planeaba morir. Fue algo más confuso que eso. Un instante en el que la voluntad simplemente se apagó. Recuerdo el semáforo iluminado de verde. Recuerdo haber esperado, casi con paciencia, a que cambiara. No tenía prisa. Observaba los coches pasar como si ese ruido constante pudiera anestesiarme. Pensé en cruzar la calle para buscar refugio en cualquier sitio, pero ni siquiera eso parecía tener sentido. Cuando intenté imaginar un futuro inmediato, mi mente me traicionó. Aparecieron imágenes que me daban náuseas. Yo, suplicando. Yo, sonriendo en grabaciones que no deberían haber existido. Aquella sustancia me había dejado vacía, rota, y aun así mi cuerpo reaccionaba. Me odié por ello. Me pregunté si, si la persona que decía amarme me había drogado, no significaba que merecía todo lo que vino después. En esos vídeos parecía desearlo. Eso decían todos. Ese pensamiento fue el empujón. Avancé sin pensar, directo hacia el caos de la avenida, buscando que el dolor terminara de una vez. Y entonces apareció su coche. Frenó a tiempo. Sentí el golpe del miedo y después nada. Desperté entre paredes blancas y luces demasiado fuertes. Él estaba allí, pero no dijo nada. Cuando por fin se levantó para irse, se giró y preguntó si necesitaba ayuda. Me reí. Fue una risa torpe, fuera de lugar. Le pregunté, medio en serio medio burlándome de mí misma, si quería casarse conmigo. No sabía quién era. No sabía su nombre ni su poder. Para mí, solo era un desconocido que no me había dejado morir. Me preguntó si podía soportar una unión sin afecto. Y así empezó todo. Cuando se presentó ante mi familia y anunció que se casaría conmigo, entendí quién era realmente. Uno de los hombres más influyentes del país. Jamás me interrogó. Yo tampoco me ofrecí a explicar nada. Solo le pedí una cosa: que hiciera desaparecer esos vídeos. Asintió sin pedir detalles. —¿Los viste? —le pregunté una vez, con la garganta cerrándoseme. Me odié por formular esa pregunta. Como si necesitara castigarme un poco más. —No —contestó. El alivio me golpeó el pecho. Aun así, no me detuve. —¿Y si tienen razón? ¿Y si soy exactamente lo que dicen? Él no levantó la voz. Sirvió más arroz en mi plato, con calma. —Desde que marqué tu cabeza con bermellón, pasaste a ser mi esposa —dijo—. Y nadie se atreverá a insultar a mi esposa. El peso de esas palabras me recorrió la piel. Me faltó el aire. Me ofreció agua cuando me atraganté. Esposa. En ese instante quise decirlo todo. Que no había consentido. Que me habían drogado. Que me habían usado. Necesitaba que alguien me abrazara y dijera que no fue mi culpa. Pero no hablé. No lo hice porque, antes de que pudiera reunir valor, él dejó claro el límite entre nosotros. —No existe intimidad entre nosotros —añadió—. Y aunque existiera, no juzgo el pasado ajeno. Me casé contigo por razones personales. Buscaba a alguien que no esperara nada de mí. Y entendí, con una claridad dolorosa, qué clase de matrimonio habíamos firmado.
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