LUCÍA
No podía dejar de mover los pies bajo la mesa cuando trajeron los platos. El sonido del metal al chocar me ponía tensa. Había demasiados cubiertos frente a mí y ninguno me resultaba familiar. No tenía la menor idea de cuál usar primero ni de cómo hacerlo sin parecer torpe.
Alejandro ni siquiera lo notaba. Estaba absorto en una conversación interminable sobre negocios con su socio, Gabriel Duarte.
No debería quejarme, me repetí. Gabriel y su esposa, Valeria, habían sido amables desde el primer momento. Sonrisas perfectas, trato cordial. Aun así, me sentía pequeña. El restaurante era elegante hasta lo exagerado y yo… yo parecía un error en medio de todo aquello.
Llevaba un chándal sencillo, el cabello recogido en trenzas, y aún tenía restos de bermellón rojo marcando mi frente. La henna en mis manos seguía oscura, reciente. Sonreía por pura inercia. Una parte de mí observaba a Valeria con una mezcla incómoda de juicio y admiración. Ella vestía pantalones cortos y una camiseta amplia. Su cabello azul llamaba la atención sin esfuerzo y su brazo tatuado parecía contar historias que yo no me atrevía ni a imaginar. Pensé, por un segundo, que así no debería vestirse una mujer casada. Luego fui honesta conmigo misma. No era la ropa. Era su seguridad. Algo que a mí me faltaba por completo.
—Esto es un aburrimiento —dijo de pronto Valeria—. Alejandro, yo quería conocer a tu esposa, no escuchar una reunión de trabajo. Me la llevo un momento, ¿sí?
Rodó los ojos con exageración.
—Ten cuidado con no espantarla —bromeó Gabriel antes de besarle la mejilla.
Tragué saliva y me levanté cuando Valeria me sonrió. Nos apartamos a otra mesa, un poco más alejada.
—Perdona por huir así —dijo mientras se sentaba—. Y también por no haber ido a tu fiesta. Ah, casi lo olvido. Esto es para ti.
Me tendió una cajita pequeña.
—No tenías que hacerlo…
—Es un regalo de boda —me cortó, sin darle importancia.
—Gracias —murmuré.
Sentí ese peso conocido en el pecho. El de no pertenecer. Valeria era hija de alguien importante en la política. Había crecido rodeada de lujo, normas, oportunidades. Seguramente aprendió modales antes de aprender a leer. Estaba haciendo un doctorado en un área que yo apenas entendía. Comparada con ella, me sentía ignorante. Mis estudios habían sido mediocres, mi universidad pequeña, y después de graduarme, las puertas simplemente se cerraron.
Pensé en Elena. En cómo habría sido ella. Quizá encajaba mejor en este mundo.
—Aquí no encajo… ¿verdad? —dije sin pensar.
Valeria alzó las cejas, sorprendida.
Empecé a girar uno de mis brazaletes, nerviosa.
—Lo siento. No sé por qué dije eso. Olvídalo.
—Yo tampoco encajo —respondió ella con calma—. ¿Ves a esa mujer de allí? La del vestido rojo, sentada en la esquina.
Miré en la dirección que señalaba y asentí.
—Eso es lo que se espera en un sitio como este. Yo prefiero sonreír y hacer lo que me da la gana.
Se encogió de hombros como si nada.
No pude evitar sonreír.
—Eres muy guapa.
—Ya lo sé —dijo guiñándome un ojo—. Y tú también lo eres.
Hablamos de cosas sin importancia. Risas sueltas, comentarios simples. Intercambiamos números sin hacerlo parecer un gran gesto. Cuando regresamos a la mesa, vi a Gabriel tomarle las manos a su esposa y mirarla como si no existiera nada más.
Luego miré a Alejandro. Se acomodó en su silla y llamó al camarero para que sirviera la comida.
Y ahí estaba yo, otra vez, intentando no sentirme fuera de lugar.
—No tengo ganas de comer —murmuré, sintiendo la boca seca mientras observaba la mesa llena de cubiertos que no sabía usar.
—Anoche apenas probaste bocado —respondió él, levantando la mano para que el camarero dejara el plato frente a mí—. ¿Cómo que no tienes hambre?
Negué despacio, incómoda.
—De verdad, no me apetece nada.
Gabriel Duarte frunció ligeramente el ceño al notar que no tocaba la comida.
—¿No te gusta? Si quieres, pedimos otra cosa.
Sentí cómo el calor me subía al rostro. Todo iba a salir mal. Estaba segura de que, en cuanto intentara usar el cuchillo, alguien notaría que no tenía la menor idea de cómo comportarme en un lugar así.
Me incliné un poco hacia él, hablando casi sin voz.
—Alejandro, no sé cómo comer de esta manera. Nunca he estado en una cena así… Perdóname, no quería dejarte mal delante de nadie. Te prometo que aprenderé.
Antes de que pudiera responder, él se giró hacia Gabriel con naturalidad.
—La verdad es que desayuné bastante —dijo con una sonrisa convincente—. Estoy lleno. Pero si no te importa, me encargo yo de que mi esposa coma.
Lo vi tomar el cuchillo, cortar con calma y llevar el tenedor hasta mí. Me quedé paralizada. No estaba sonriendo. No parecía una actuación para quedar bien. Simplemente lo hacía.
Acepté la comida sin apartar la mirada de su rostro. A mi alrededor, Valeria y Gabriel murmuraban algo, quizá sobre lo bien que nos veíamos juntos, pero no conseguía prestar atención. Todo mi mundo se había reducido a él.
Sentí cómo el rubor me recorría el cuello y algo cálido, inesperado, se instalaba en mi pecho.
No quería que pasara hambre. Y tampoco quería que yo me sintiera fuera de lugar. Puede que para otros fuera un gesto pequeño, pero para mí significaba mucho. El cuidado nunca es pequeño.
Cuando terminamos y nos despedimos, fui hacia la puerta trasera del coche, pero él me detuvo.
—Si prefieres, puedes ir delante.
—Así estoy bien —respondí, acomodándome en el asiento.
El motor arrancó y el silencio se hizo pesado. Quería decir algo, cualquier cosa. Miré por la ventana intentando distraerme, pero una y otra vez volvía a mi mente el momento en que me había dado de comer, y el calor regresaba a mis mejillas.
—Gracias —solté de pronto—. De verdad voy a aprender todo lo que haga falta. Nunca he vivido rodeada de lujos, pero me esforzaré. No quiero que te sientas avergonzado por mí.
Él soltó una risa baja.
—Hablas sin parar cuando te pones nerviosa, ¿lo sabías?
Lo miré y sonreí, esta vez sin miedo.
—¿En serio?