Pelo en la sopa. 1

4499 Words
Por la mañana de aquel domingo sin decirle a su esposa James tomo un vuelo para ir a buscar a su hija donde estaba ya que habían cosas que necesitaba discutir con ella, con él iba Víctor ya que siempre salía con el hombre como su escolta y le causo mucha gracia encontrarla tan temprano esa mañana con la música a todo volumen mientras bailaba a un en pijama de conejitos, tenía llave del apartamento de su hija. – Edith, papi suegro está aquí. – Yuri recibió un zape en la cabeza por parte de James. – Papi, baila conmigo. – Edith le tomo la mano para arrastrarlo hacia la zona despejada de la terraza. – No vine a bailar, vie a discutir cosas importantes contigo. – James sonrió con algo de diversión. – Si ya se, viniste a regañarme por todo lo que paso ayer, pero antes de eso quiero bailar contigo, pasemos un ratito bonito antes de que comiences a gritarme. – apoyo el mentón sobre su pecho viendo hacia arriba ya que no tenía zapatos. – No he venido a regañarte... – le dio un beso en la frente – Sentémonos por favor y bájale volumen a la rumba que tienes, quiero que hablemos de tu puesto en la mafia. – la vio arrugar la nariz como lo hacía su madre cuando no quería hacer algo. – Si me das otro besito y un abrazo rompe huesos lo hago. – se paró en puntitas mientras sonreía. James le concedió las dos cosas, primero el beso en la frente y después el abrazo rompe huesos que tanto le gustaba, entonces Edith le bajo volumen a la música antes de tomar asiento en la mesa junto a Yuri y su padre Víctor porque esa platica era de padre a hija con mejores amigos de por medio. – Bien dice tu madre que te consiento demasiado. – dejo que ella pusiera los pies sobre su muslo. – Ayer me golpee el dedito pequeño en la pata de la cama. – eso solo era una excusa para James le jalara los dedos. – ¿Por qué fue todo el escándalo de ayer? – James comenzó a jalar dedito por dedito escuchándolos tronar. – Porque me había robado mis anillos. – sonrió con cada jalón en su pie derecho. – Eso no fue solo por los anillos mi amor, tú no eres de las que avientas mesas solo porque te da la gana ni mucho menos te atreves a fumar frente a tu madre porque te han quitado los anillos... – paso a su otro pie – Le hubieses puesto queja a ella y problema resuelto. – la vio a los ojos. – Me estas desplazando. – se recostó hacia un lado. – No te estoy desplazando, todavía no estamos pensando en retirarnos y quien llevara nuestros respectivos mandos sigue en discusión. – termino con el dedito pequeñito y vio como ella los estiraba. – Todavía no lo han decidido, pero estas teniendo como punto principal a André a quien nunca le había interesado tener un cargo hasta que apareció Laura y mientras tú estabas cuidando a Eva yo me estaba peleando por mantener tu imperio a flote. – vio fijamente los ojos de su padre. – Quiere casarse con ella, Antoni está pensando en tomarlo a él para su puesto porque Jonathan está muy desinteresado en ser el jefe italiano, la verdad no se ni porque sigue aquí si cada vez que le dicen que participe se niega. – se encogió de hombros. – ¿Alguna vez me has visto como una oportunidad para Ivana? – su pregunta pareció confundir no solo a James sino a Víctor también. – No entiendo esa pregunta, Ivana no tiene nada que ver en nuestra familia y ella solo es jefa de su casa, tiene más voz tu madre en la organización que ella. – James se recostó un poco más en el asiento. – Me refiero a qué si en algún momento pensaste en utilizarme para traer a Jonathan de nuevo al pais, casándome con él o algo así. – fue más clara en su inquietud. – No te voy a mentir, en su momento fue una opción para todos, pero no podemos obligar a dos adultos a enamorarse y casarse, si lo hacíamos iban a terminar matándose porque los dos tienen un carácter del demonio. – esperaba que con eso su hija quedara convencida. – Entonces ¿Dónde quedo yo mientras ustedes deciden? – claro que eso no la convenció en nada. – Tu sigue trabajando para ti bajo mi nombre, cuando decidas casarte ya tendrás un patrimonio asegurado para tus hijos. – decir eso fue encender la mecha en Edith porque alejo sus piernas de él. – Seguiré trabajando, te aviso que para el jueves tengo un viaje a Miami con el cargamento para Cerbero. – cruzo una pierna sobre la otra. – Esta bien, imagino que te quedaras una semana como siempre. – James pensó que mantenerla lejos de todos podría aliviar tenciones entre todos. – Si y quizás esta vez me quede dos semanas, me hacen falta vacaciones. – volteo a ver a Yuri quien levanto la vista ligeramente. – No estaría mal que te tomes unas vacaciones lejos de todo el trabajo, has estado un poquito amargada de tantas cosas sobre tus hombros... – la ligera mueca en sus labios era la misma que tenía Sophie cuando ya estaba al borde entre el enojo y la ira – Bueno, Víctor y yo nos vamos, ya hable lo que tenía que hablar contigo. – James se levantó rápidamente. – ¿Solo viniste a decirme que tuviera paciencia? – Edith se levantó también. – Prácticamente si, te estas tomando las cosas que escuchas muy en serio y al final quienes tenemos la última palabra somos nosotros, eres mi hija y aunque no te guste el pastel de este te daré una rebanada que vas a tener que comerte. – le dio un beso en la cabeza mientras la abrazaba. – Papi... – ella levanto la cabeza – Je t'aime, par-dessus tout je t'aimerai toujours. – se paro en puntitas para darle un beso en la mejilla. (Te amo, por sobre todas las cosas te amare siempre.) – Esa es la promesa que siempre se mantendrá hasta que yo muera. – él también le dio un beso en la mejilla. James se fue del apartamento antes de hacer enojar a su hija y que esa conversación amistosa se convirtiera en un campo de batalla donde los dos se iban a tirar a matar, porque ya había pasado una vez donde fue Sophie quien se los cacheteo a los dos porque casi se van de manos por una tontería, Edith era la única de todos sus hijos que no bajaba la cabeza ante un regaño, que no le huía a él y que tenía el valor suficiente para encararlo, pero no fuera Sophie quien le hablara porque se ponía a llorar como un cachorrito; caso contrario a André y Elena quienes bajaban la cabeza cada vez que su padre los regañaba, con Sophie enojada los dos desaparecían como si fueran fantasmas. Quedándose solos Edith aprovecho para ir a bañarse porque pensaba salir a comer a algún lugar bonito y como Yuri se bañaba con el canto del gallo se quedó abajo tonteando un poco con la música. Cuando Edith termino de bañarse se puso un corto vestido blanco y salió a la terraza del primer nivel para regar las plantas, arreglarlas un poco también, aprendió de jardinería por su madre que en casa tenía grandes macetas con preciosos rosales. Yuri estaba bailando con el palo de la mopa con que se limpiaba aquel lustroso piso de madera, lo uso como pareja de baile y como tubo de striper, todo dependía de la canción que sonara y ambos estaban seguros ya que era un lugar como Cerdeña donde nadie se atrevería a molestarlos solo porque sí; mientras ondeaba las caderas cerca del palo de la mopa escucho el sonido de la puerta abriéndose provocando que se detuviera, pero antes de girarse para ver si era su padre o James alguien le cubrió la boca con una mano en la cual llevaba un pedazo de cinta tapagoteras y con maestría lo tiraron al suelo para amarrarlo con un lazo como si fuera becerro de rodeo, el hombre que lo sometido de esa forma se quedó recostado sobre el mueble mientras otro hombre entraba para ponerse cómodo sobre el sofá de la sala. – Yuri ¿Sabes dónde se quedó el atomizador? – Edith entro con la cabeza baja. Se le cayeron las tijeras de las manos cuando vio a Yuri panza abajo con las muñecas amarradas tras la espalda y los tobillos amarrados a su cuello forzando su espalda a hacer una curva, levanto la vista y Yura movió su mano saludándola con una sonrisa burlona en los labios, vio hacia la sala notando que era Jonathan quien estaba sentado en su largo sofá color gris. – Tienes gustos minimalistas a pesar de haber crecido llena de lujos y caprichos. – comento Jonathan girando un poco su cabeza. – ¿Papá te dijo dónde encontrarme? – camino hacia las puertas del balcón abiertas y vio un montón de rusos cuidando la calle. – No, te encontré porque escuché una conversación de Víctor y Annie... – la vio de pies a cabeza – Te ves preciosa usando vestido, hace que tus piernas se vean más largas. – movió su mano pidiéndole que se sentara. – Yura, suelta a Yuri por favor, esa postura se ve incomoda y hasta dolorosa. – lo escucho gimotear intentando decir algo, pero la cinta lo callaba. – ¿Hay un lugar donde podamos ir para que ustedes hables a solas? – pregunto Yura poniéndose en cuclillas. – Me encantaría que tú y tu jefe se largaran de mi apartamento... – vio a Jonathan – Pero como los deseos nunca se me cumplen, suelta a Yuri y que él te lleve a la terraza que está en el segundo piso. – se cruzó de brazos negada a sentarse. Habían sometido a Yuri primero porque con él fuera del camino iban a conseguir que Edith se sintiera insegura quizás no por ella misma, pero si por él y tuvieron mucha razón porque en otra situación apenas hubiese visto a Jonathan se lanza por el balcón sin importarle que estuviera en el cuarto piso; vio como Yura levanto a su amigo y subió con él las gradas como si el chico no pesara ni un solo gramo, si así podía manipular ochenta kilos no quería ni pensar que era capaz de hacer con sus cuarenta y cuatro kilitos. – Edith por favor, me debes una plática. – Jonathan volvió a insistir en que se sentara. – Yo a ti no te debo ni los buenos días. – frunció el ceño poniendo sus ojos en él. – Ya llevo casi dos meses en el país y tú sigues siendo arisca conmigo ¿Dónde quedo nuestra preciosa amistad? – froto sus manos sobre los muslos. – La amistad que tú y yo teníamos se la llevo el diablo, no sé si te habrás dado cuenta, pero yo solo me quede con la estatura de una niña de doce años por lo demás soy una adulta. – lo vio reír como si le hubiese contado un chiste. – Ya me di cuenta de que eres toda una mujer... – Jonathan se levantó – Hay muchas cosas en tu cuerpo que han cambiado desde la última vez que te vi. – comenzó a caminar hacia ella mientras Edith iba retrocediendo. – Intenta hacerme algo y te voy a apuñalar. – corrió rápido a la cocina tomando uno de los cuchillos más grandes que tuviera y él fue detrás. – Si quisiera hacerte algo hace mucho lo hubiese intentado... – se siguió acercando hasta toparse a la punta del cuchillo – Le dijiste a tu hermano que querías matarme para sacarme del camino... – agarro la hoja del cuchillo y la llevo a su cuello – Aquí me tienes disponible a un corte mortal en la vena, solo es cuestión de que presiones con fuerza y me saques del camino. – apoyo las manos a los costados de la barra de la cocina acorralando a Edith. – Antes de que yo intente algo tú ya me has tirado al suelo, que sea mujer no quiere decir que sea idiota, conozco mis desventajas y un combate cuerpo a cuerpo estando tan cerca de ti me da mucha desventaja. – opto por soltar el cuchillo antes de que alguno de los dos se lastimara. – Me gustaría que me explicaras que fue lo que quisiste decir ayer con eso de que mi madre te estaba usando. – movió su cabeza buscando que los iris oscuros se fijaran en él. – Que raro, creí que había hablado en un idioma entendible para todos... – ella si lo vio, pero con burla – Tu madre solo buscaba un reemplazo por si ustedes dos no volvían nunca, si lo hacían quería dos tontos que se casaran con ustedes para volverlos a introducir a las familias italianas. – dio un grito cuando él la tomó de la cintura y le dio la vuelta para sentarla en la isla. – ¿Crees que yo estoy jugando contigo? – se logró meter entre las piernas de Edith dejándola bien sentada y sin posibilidades de que le metiera un golpe bajo. – Mi mayor pecado es ser desconfiada hasta de mi propia sombra. – intento hacerse hacia atrás, pero Jonathan la tenia de las caderas firmemente sujeta. – En este mundo ese no es un pecado, es una virtud muy valiosa... – no pudo evitar fijar la vista en el escote de ella, aunque solo fueron segundos – Quisiera que me dieras la oportunidad de ganarme tu confianza como en su momento lo hice, me duele mucho que siempre me estés evitando y me dan muchos celos cuando eres capaz de mantener una conversación extensa con personas en el supermercado, pero conmigo solo usas monosílabos escuetos. – se acercó un poquito más a ella aspirando su perfume. – ¡Quieres alejarte un poco, tu arma me está incomodando! – lo empujo con nerviosismo. – No estoy armado. – Jonathan lucho por contenerse la risa al verla ponerse tan roja como una cereza. – Si... – aclaro la garganta muerta de la vergüenza – Si ya me dijiste todo vete de mi apartamento, si quiero volver a ser tu amiga yo te busco. – lo vio sonreír de una forma que le hizo temblar hasta la última fibra de su ser. – ¿Por qué te has puesto tan nerviosa? te la pasas insinuando que la tengo pequeña, imagino que comparada con las que has visto debe serlo. – Jonathan no tuvo mejor idea que ponerla más incómoda. – Ni que fuera por el mundo bajándole los pantalones a los tipos para verlos... – le vio con enojo por insinuar algo como eso – Sin mencionar que he visto más caballos que hombres. – eso ultimo lo dijo entre dientes. – ¿Qué dijiste? – si la alcanzo a escuchar, pero quería que lo repitiera. – ¡Que alejes tu tercera pata de mí! – con ese comentario espontaneo le saco una carcajada. Edith lo vio fijamente mientras Jonathan se partía de risa, su risa profunda, la forma en que sus ojos se cerraban mientras la enorme sonrisa se dibujaba en sus labios, la manzana de Adán moviéndose y la forma en que la miro al terminar su ataque de risa fueron suficientes para alborotarle las hormonas creando ese cosquilleo en el vientre del que su madre le contaba cuando conoció a su padre. – Por la otra cosa que vine a buscarte es porque quiero que volvamos a firmar los tratados de paso libre por Francia... – se volvió a acomodar entre sus piernas – Me han llegado rumores sobre un tal Ed D'Rosas que está surgiendo con mucha fuerza, si te descuidas va a robarte territorio. – esta vez fue Edith quien se rio. – Ed sería incapaz de quitarme territorio. – apoyo las manos tras su espalda pensando en jugar con Jonathan, más bien en desquitarse. – ¿Por qué estás tan segura? – alzo una ceja bajando y su viendo la mirada un par de veces. – Porque Ed y yo somos amigos, somos tan parecidos que podría decirte que somos casi la misma persona en nombres diferentes. – vio como sus micro expresiones iban cambiando, un poco más y conseguiría poner celoso a Jonathan. – En este mundo no hay amigos sinceros que no busquen sus propios intereses. – Jonathan acababa de caer redondo en la red de Edith. – ¿Cuáles son tus intereses para conmigo entonces? – sonrió de lado mientras lo veía analizar sus propias palabras. – Hay excepciones. – se molestó aún más al darse cuenta de que él solito se metió zancadilla. – Eres tonto si piensas que yo voy a creer que tú eres la única excepción a las cosas que tú mismo has dicho... – ergio la espalda llevando sus manos al pecho ajeno – Porque no nos dejamos de estas estupideces y me confiesas cuáles son tus intereses ocultos, si me convienen los aceptare, pero si no te matare. – sonrió maliciosamente viéndolo directo a los ojos. – Mis intereses ocultos son llevarte a Rusia conmigo... – Jonathan le agarro las caderas con fuerza – Enamorarte y llevarte a mi cama para que tu anillo de castidad sea mío, cambiarlo por uno de prometida y después agregarle uno de esposa. – la jalo hacia él. – ¡Eso no va a pasar! – Edith se puso nerviosa porque el bulto estaba más grande y duro – Eres un mentiroso y un cobarde, te dices ser un hombre y no eres capaz de decir la verdad que hay detrás de esta fachada de tipo enamorado, tu única idea es adueñarte de lo que me corresponde. – le empujo con su pie para dar una vuelta hacia atrás sobre la isla. Bajo de un salto e intento correr hacia la terraza de ese piso, pero Jonathan la alcanzo sin mucho esfuerzo, entre el manoteo que se formó Edith tropezó con la alfombra cayendo sentada en el suelo y eso fue aprovechado por el hombre quien se sentó sobre ella sujetando sus muñecas contra la madera del piso para evitar que lo arañara, por más pataleta y gruñidos que dio, Edith nuevamente estaba acorralada. – ¿Qué te hace pensar que estoy mintiendo? ¿Qué cosas has escuchado de mi para que ciegamente creas que tengo más intenciones ocultas? – consiguió la mirada retadora de aquellos iris tan oscuros como noche sin luna y sin estrellas. – Se lo suficiente para no creerte ni una sola palabra y quítate de encima que me estas aplastando maldito hipopótamo... – estaba sentado sobre su vientre – ¿Cuánto pesas? – sentia que le sacaría el relleno en cualquier momento. – Ciento diez kilos. – no había dejado caer su peso sobre ella completamente. – ¡Mierda, pesas lo mismo que pesamos Elena, Eva y yo juntas! – movió sus piernas ya desesperada porque se levantara. – Ya soy un hombre Edith... – Jonathan se levantó un poco – Soy un hombre que mide dos metros con diez y es obvio que sea tan pesado en comparación a una mujer que mide un metro cincuenta y siete. – ella por fin dejo de removerse. – ¿Y así quieres llevarme a la cama? en el primer intento de hacer algo me rompes. – lo empujo y logro salir a rastras de debajo de él. – Si tu madre pudo con tu padre no veo porque tu no puedas conmigo. – Jonathan se sentó en el suelo recostándose sobre la parte de atrás del sofá. – Porque mamá ya había estado casada y estar con papá solo fue acostumbrarse a algo diferente, yo no tengo experiencia en eso. – se logró poner en pie. Edith tenia pequeños juguetes de adulto y no es que fuera cien por cien inexperta en esos temas, pero era muy diferente hacerlo sola que hacerlo con otra persona que ya ahí no sabía cómo es que iban las movidas. – A mí también me hubiese gustado guardarme para ti, pero me gano la calentura adolescente. – sonrió mientras la veía con descaro. – ¿Quién dice que yo me he guardado para ti? Ridículo. – se cruzó de brazos. – ¿Entonces para quién? – se puso en el meñique el anillo que había vuelto a quitarle. – ¡Si no he querido estar con ningún hombre eso a ti no te importa y ya me tienes harta de que siempre me estés sacando ese puto anillo! – le agarro la mano para intentar recuperarlo, pero solo consiguió terminar a horcajadas sobre Jonathan cuando él la jalo. – Dejare de hacerlo si me das un beso en los labios. – sonrió como tonto. – ¡Metete el anillo por el culo y que lo disfrutes! – le metió una bofetada y se levantó, pero antes de alejarse él le metió zancadilla haciendo que cayera de rodillas al suelo. Un nuevo escape fue frustrado por la acción rápida de Jonathan solo que esta vez se mantuvo de rodillas sobre el piso de madera tomando a Edith por el cuello mientras ella dejaba su cabeza hacia la izquierda con el cuerpo totalmente rígido y sus manos sobre el suelo, la acerco mucho a su rostro, pero sin llegar a rozar su piel, solo dejándole sentir lo caliente de su respiración agitada. – No importa cuanta resistencia pongas ni cuanto tenga que esperar, al final tu boca será mía. – vio cómo su mano le rodeaba el cuello completamente, un apretón y se libraría de su principal rival, tres países bajo su mando, seria amasar una fortuna jugosa. – Lo dices con tanta seguridad como si fueses dueño del futuro y la verdad. – ella le vio de reojo. – Puedes ser arisca conmigo todo lo que quieras... – le dio un beso sobre la oreja – Solo tengo que ser paciente y encontrar el cebo perfecto para que mi pequeño pez pique mi anzuelo. – lo susurro muy quedito erizando la piel de Edith. Un beso más a la oreja, una lamida sinuosa y una suave mordida al lóbulo fueron suficientes para que Edith jadeara, Jonathan llevó su mano libre a la espalda de ella para sostenerla liberando su cuello y teniendo libertar para besarlo, Edith trató de empujarlo por los hombros, pero ese calor que recorría su cuerpo la dejó sin fuerzas y totalmente expuesta al intruso que supuestamente estaba jugando con ella; termino tumbada sobre el piso con sus ojos yéndose hacia atrás mientras él repasaba su cuello con besos de un lado a otro hasta que las grandes manos del hombre la hicieron reaccionar pues tomaron el borde del escote cuadrado de su vestido con intenciones de bajarlo pues la tela era elástica. – ¡Atrévete! – susurro mientras ambos se veían a los ojos. – No te daré una excusa para que te alejes de mí, si los veré será porque tú quieras mostrarme. – alejo las manos. – Yo no necesito excusas para alejarte. – largo un suspiro recostando la cabeza sobre la madera nuevamente. – Pero las estas buscando... – intento levantarse, pero ella se bajó el escote del vestido mostrándole lo que él quería ver – ¡Madre del amor hermoso! – exclamo casi con los ojos saliéndosele de sus cuencas. – ¿Te gusta lo que ves? – curvo la espalda cuando él le tomo la cintura. – Bendita sea la cama donde los señores Doménico hicieron semejante monumento... – esas palabras hicieron que Edith se soltara una carcajada – Con los trajes que usas tus dulzuras no se ven tan voluminosas, ni grandes. – sintió un picor en las palmas de las manos porque quería tocarla. – ¿Quieres tocarlas? – estaba entrando a nadar en aguas turbulentas donde si llegaba a perder el control, adiós a sus deseos de ser jefa. – No solo tocarlas mi amor... – se inclinó un poco más hacia ella – Pero sé que todo esto solo lo estás haciendo para provocarme y no me dejarías tocarte, si me atrevo a hacerlo por la fuerza me ganare una cachetada. – la vio reír como si fuera el villano misterioso de la película. – ¡Quítate de encima! – dijo con seriedad y su mirada afilada. – Claro que me voy a levantar, pero primero hay que arreglarte la ropa. – sin tocar su piel subió el escote antes de levantarse. – Ya te dije que no voy a firmar nuevos acuerdos hasta que tenga una propuesta que valga la pena, ahora lárgate de mi apartamento. – se cruzó de brazos una vez estuvo de pie. – ¿Me puedo quedar con tu anillo? – le mostro su mano vacía. – ¿Qué anillo? – Edith lo volvió a recuperar. – ¡Yura! – alzo la voz – Espero que podamos vernos lo antes posible, estoy pensando en algunas propuestas a las que no podrás negarte, pero tengo que definirlas bien. – ella volteo hacia las gradas al escuchar los pasos. – ¿Dónde está Yuri? – bajo sus brazos preocupada. – No soy tonto para soltar esa fiera estando cerca, corta las cuerdas y utiliza un cubito de hielo para quitarle la cinta de la boca porque si se la arrancas va a dolerle. – Yura le guiño un ojo divertido. – ¡Espero que no vuelvan a aparecer de esa manera en mi apartamento porque a la próxima los voy a matar! – gruño con enojo antes de subir corriendo preocupada por su amigo. Los escucho cerrar la puerta y fue a la terraza encontrando a Yuri amarrado al tubo que adornaba la parte superior de la barda de seguridad, tenía los brazos firmemente atados con una cuerda blanca y la cuerda roja pasaba rodeando todo su torso en un patrón de rombos muy elaborado, Yuri tenía la cabeza colgada y tuvo temor de que estuviera desmayado, al acercarse un poco más se dio cuenta que tenía amarrados hasta los tobillos. – Yuri... – le tomo las mejillas y el comenzó a balbucear – Déjame ver cómo es que te suelto, no estés chillando... – por más que intento soltar los nudos de sus brazos no pudo – Iré a buscar un cuchillo. – lo vio asentir. Bajo corriendo nuevamente, pero antes de ir a la cocina fue a cerrar la puerta con seguro evitando que volvieran a entrar y se asomó a la ventana viendo que ya nadie estaba en la calle.
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