Una llamada inesperada

1997 Words
Llegué curiosamente animado a mi cueva aquella madrugada. La luz artificial y el silencio de la ciudad mientras viajaba en taxi me trajeron una paz inexplicable que me ayudó a asimilar por completo todo cuanto había ocurrido a lo largo de la noche. Mis compañeros y mi jefa no me dejaron ir del trabajo sin antes dedicarme algunas palabras y brindarme una copa de vino que nunca había probado. Era un licor barato, pero no por ello me supo menos sabroso y diferente a las cervezas que solía tomar al terminar mi turno para que el efecto de “risitas” no me afectase demasiado. Aunque me sentía incomodo ante las repetidas felicitaciones de la presentación que no logré recordar en el momento, me encontraba contento. Quizás la primera vez en que me encontraba contento después de mucho tiempo, la primer desde que Zara terminó por alejarse de mí. Fueron unos minutos felices y que me ayudaron a despegarme de los problemas que tenía, me ayudaron a no pensar en el traficante, en mi casera, en mis padres y en aquellas cosas del pasado. Lorena se acercó a mí, con la picardía y la presencia de siempre, con el olor a maquillaje mezclado de sudor que me hacían evitarla y me abrazó profundamente. -Por favor, Jonás, no desaproveches esta oportunidad que te han dado. Estoy segura de que tendrás la oportunidad, no pensaras en estar en este bar para siempre-. Las palabras silenciaron los comentarios de los asistentes que me miraban fijamente. No era la primera vez en la que pensaba si me quedaría para siempre en ese bar como un simple acompañante de borracheras de otras personas. A lo largo de las semanas desde que entré me acostumbré al clima, me sentí algo cómodo y me quedé. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Después de un tiempo simplemente, ahogado en pastillas y licor, me dejo de importar demasiado. Aquel momento me hizo recordar el día en que Zara me llamó después de mucho tiempo y pensé que su voz sería olvidable. - ¡Diga! -. Respondí violentamente luego de que traté varias veces de ignorar las insistentes llamadas de un número que no reconocía. -Hola, perdona si te llamo tan tarde-. Me contestó la hermosa voz que me hablaba al otro lado de la línea. -Ciertamente sí es un poco tarde ¿Con quién hablo? -. Un día entero sirviendo mesas, lavando platos, pisos y baños, además del aguante clientes molestos en el restaurante habían terminado por colmarme la paciencia. -Jonathan, pero qué es ese humor. Soy yo, Zara, Zara López, de la universidad-. Ella se mostró divertida ante mi molestia. Hacía ya unos meses había terminado por abandonar tanto la facultad como mi casa. Eran pocas las llamadas que recibía a parte de los molestos comentarios telefónicos de mi madre y las supuestas palabras de aliento de varios compañeros y profesores que se habían enterado de mi decisión. La decisión, para mí, estaba tomada y no habría nadie que me hiciera desistir de las ideas locas que me había plantado en mi mente. Zara había sido una buena compañera en la banda, pero no sentía ganas de hablar con nadie de mi pasado. -Perdona, ha sido un día muy largo ¿Necesitas algo? -. Respondí fríamente esperando que ella desistiera de la conversación. -Siempre me sorprendió tu frialdad, pero te has superado, felicidades-. De nuevo volvió a reír más allá de la línea y continuó. -Nada ¿No tengo derecho a extrañarte, viejo amigo? -Di que me extrañas y se termina la conversación para poder ir a dormir-. Dije en un tono sarcástico como el que solíamos tratarnos. -En ese caso no te diré que te extraño en la banda-. Ella tomó una pausa esperando mi contestación, pero al darse cuenta de que no lo hacía, continuó. -Tomaste una decisión respecto a lo de la facultad, y no me meteré en eso. Quería decirte que hay un bar nocturno que conozco que necesita músicos y me acorde de ti, por si te interesa. - ¿Me hablas en serio? -. No pude ocultar la emoción en mis palabras y se me olvidó por completo el cansancio. -Muchas gracias ¿a dónde tengo que ir? -Ahora si tengo tu atención, excelente-. Ella volvió a reír, siempre lo hacía, pero al notar que su broma no me hacía gracia, simplemente volvió a su seriedad. -Veras, tienes que hacer una especie de audición frente a los dueños y ya, ellos te llaman para saber si pasas o no. - ¿Cuál es la dirección? ¿Cuándo tengo que ir? -. Pregunté ansiosamente. -Los detalles te los doy por mensaje de texto. Nos veremos allá para darte apoyo moral. La paga no es necesariamente buena, te advierto, pero me acordé de ti y supuse que te interesaría. Aquella parecía ser mi primera oportunidad para hacer lo que realmente me gustaba y lo vi como un buen comienzo, aunque ganase menos no me importaba. Los días previos a mi dichosa prueba en el restaurante los pasé con una felicidad que mi inexpresivo rostro demostró a todas la personas con las que solía frecuentar. En el restaurante mis compañeros y jefes se mostraron más amigables y me preguntaban continuamente el motivo de mi nueva actitud. No supe nunca cómo responder ante los motivos de mi nueva felicidad, felicidad similar a la que ahora tenía en el taxi durante la madrugada rumbo a mi casa. La felicidad se fue convirtiendo en ansiedad a medida que las horas se acercaban a mi prueba como cantante. Ya lo había hecho frente a otros, pero en clases y en lugares que no eran tan importantes. Aquel era el mundo real y tenía que competir contra otros. Tal vez no era tan bueno como yo pensaba, tal vez mis sueños no eran más que deseos de un niñato con aires de grandeza. Estuve a punto de no ir a la presentación, pero de nuevo aquel número que no reconocí, pero que en el futuro me grabaría, volvió a llamarme. -Jonathan, espero que ya estés listo-. Zara no me permitió siquiera contestar el teléfono cuando sus ordenes retumbaron por el auricular. -Sí, claro que sí-. Me tomé una pausa. El estómago me dolía y me encontraba pálido. -Sin embargo, ¿tú crees que sí me acepten? -Eso no lo sé, tómatelo con calma, tampoco es que vayas a cantar ante la filarmónica-. Su risa era tan característica. -En fin, eso solo lo sabes tú, tú verás si le pones ganas y pasas, yo solo te puedo dar el dato del trabajo. Sus palabras lograron tranquilizarme más que cualquier voz de aliento que me pudieran haber dicho jamás. Su humor era tan simple y sarcástico que solía traerme paz, aún en momentos como aquellos. Ella vivía, a mi vista, una vida tan relajada y despreocupada que me causaban envidia, una envidia no basada en el odio, sino en la admiración. -De cualquier modo, sabrás hacerlo, estoy segura. Nos veremos en la dirección que te di y te presentaré a todos. - ¿Es decir que voy con palanca? -. Dije a modo de broma. -Tal vez sí, tal vez no. Depende de ti si aprovechas o no la palanca-. Ella volvió a reír y tras una corta conversación colgó la llamada. Los nervios continuaron devorándome durante todo el recorrido camino al bar. Me hacía en mi cabeza innumerables escenarios, unos bochornosos y otros llenos de gloria. En cualquier caso, mi mente exagero todo y, aunque traía los huevos en la garganta, llegué al dichoso lugar. Era más bonito, más elegante y acogedor de lo que había pensado. Ella me esperaba de pie frente a la zona de entrada con un cigarrillo en la boca y un café en la mano, mirando ansiosamente su reloj y repasando a las personas en mi búsqueda. Cuando me vio me hizo una mueca amistosa y terminó tirando el cigarrillo para aplastarlo con su zapatilla que poco combinaba con un vestido deportivo suelto. Cuando me acerque a ella terminó rápidamente el café y me miro de pies a cabeza tratando, creo yo, de encontrar algo en mi vestimenta. -Por poco y llegas tarde. Me tenías ansiosa-. Dijo a manera de juicio. -Lo siento, se me fue el tiempo. -No importa, espera te los presento a todos para que puedas comenzar. Recuerda, muéstrate sereno y amigable, ellos tienen cierta preferencia por los que son extrovertidos. -Me jodí entonces-. Dije a manera de broma. -Solo inténtalo, no lo jodas antes de empezar-. Me contestó con una seriedad que me heló la sangre y los nervios se reavivaron por completo. Aquella gente de la que me hablaba no era para nada como yo pensaba. El dueño era un hombre mayor con una sonrisa bastante amigable y un cuerpo regordete que lo hacía parecer aún mas amigable. Su esposa, a su vez, menos conversadora, pero más observadora, era una mujer pequeña y amable que desde el primer momento se interesó por tratar de conocerme. Al contrario de lo que esperaba, no había otros músicos adicionando, solo me encontraba yo con una guitarra barata y poco impresionante. Los demás empleados me miraban inexpresivos y, sin que recordase el cómo, termine en la pequeña tarima y con el micrófono frente a mi rostro. Por unos cuantos segundos estuve tan nervioso que no fui capaz de mover los dedos entre las cuerdas de la guitarra y me quedé de pie mirando al vacío. Los milisegundos se me hicieron más largos de lo que en realidad eran. Recordé los comentarios de mis padres, de mis compañeros de colegio y los que me había hecho durante años frente al espejo. Tuve ganas de salir corriendo y volver a mi puesto en el restaurante. No había practicado, no al menos lo suficiente. Estuve a punto de bajar, pedir disculpas y largarme de aquel sitio en cuanto pudiera, pero Zara terminó por agitar los brazos desde las mesas traseras del restaurante llamando mi atención. Ella, cómicamente, hacía los ejercicios de respiración que practicábamos dentro de la banda de la universidad y comenzó a tocar un violín imaginario haciendo aún más muecas. Me pareció menos atractiva, pero más hermosa que cuando la conocí y la sonrisa que se formó en mi rostro me dio las energías para comenzar. Y canté. Canté con la confianza con la que lo había hecho las primeras veces de niño y tan solo la pude verla a ella agitando sus manos en el instrumento imaginario y acompañarme con rostros de broma. No supe si lo hice bien, en el momento realmente no me importó. Al igual que Zara, lo tomé como un juego y tan solo la seguí a ella. Los minutos pasaron a gran velocidad y cuando lo noté la canción había terminado y los empleados miraban a sus jefes con expectación. Estos últimos solo sonreían con una mueca que no me pareció demasiado convincente. Volví a aterrizar sobre mí mismo y la ansiedad regresó como una ráfaga de viento que estuvieron a punto de tumbarme al suelo. -Muchas gracias, Jonathan, muy buena interpretación la tuya-. Me dijo la anciana sin mirarme verdaderamente a los ojos. - ¿Estarías dispuesto a trabajar aquí de miércoles a domingo, todas las noches? -Claro que sí, si me dan la oportunidad lo haré con todo el gusto. -Muy bien, estás contratado-. Respondió el hombre que se acercó a mí y apretó mi mano mientras no podía ocultar mi rostro confundido por los últimos hechos. Zara esperó hasta que los dueños terminasen de indicarme los últimos detalles y se acercó cálidamente. -Te lo dije, dije que pasarías, felicitaciones. Seremos algo así como compañeros. Te presentaré a los demás. Ella caminó junto a mi tomándome del brazo y me presentó a mis compañeros músicos, a Lorena y finalmente, para mi sorpresa, a su novio que terminaba de llegar y la besaba amorosamente frente a mí.  
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