Me di caña por varios días decidiéndome si contactarme con ella o no. Al final terminé por no hacerlo y dejé el tema por zanjado tratando de evitar mis pensamientos hacia aquella caja hermosamente decorada. La deje arrinconada en un lugar donde no se estropease, pero que al mismo tiempo no la pudiera ver con regularidad. Los primeros días me torturó por completo, aparecía sobre mi cama al llegar del trabajo y me observaba en la oscuridad de mi habitación mientras dormía. Sentía un terror inexplicable por aquella caja el cual traté de ahogar dejándola recubierta con plásticos y bolsas. A pesar de todo no fui capaz de tirarla.
Al cabo de unos cuantos días mi hermana regresó, posiblemente contactada por mi casera. Esta vez quien toco a mi puerta no fue la desagradable mujer de siempre, los toques en la puerta estaban llenos de ansiedad y a un ritmo mucho más tranquilo, propios de un niño. Me encontraba dormido, pero los toques irregulares me hicieron soñar con la caja y desperté de inmediato. La oscuridad de la habitación me confundió y distinguí al instante que no se trataba de alguien regular por la casa tratando de llamar a mi puerta. Nerviosamente pregunté desde adentro de quién se trataba.
-Soy yo, Catherine ¿Por qué nunca me respondes? -. Los toques cesaron y sentí como ella se sentó en la hoja de la puerta esperando mi salida. -Creí que no te encontraría nunca.
-Lo siento-. Me apresuré a arreglarme, no tenía sentido seguirme escondiendo por estupideces. Además, la caja me había hecho meditar. -Espera un momento entonces.
-Tengo toda la tarde, y esta vez no me levantaré de esta puerta hasta que no hablemos y arreglemos las cosas.
-No entiendo, qué se supone que debemos arreglar-. Grité confundido mientras me colocaba la camiseta y arreglaba la basura de mi habitación.
-Ya deberías saberlo.
Luego de un rato terminé por abrir la puerta sin darme cuenta de que mi habitación continuaba en completa oscuridad, pues mis ojos estaban acostumbrados a ello. Logré ver a mi hermana frente a mí, casi tan alta como yo y con unos largos cabellos de color n***o oscuro, un rostro moreno y lleno de pecas con unos hoyuelos que se formaban en sus mejillas. No la pude reconocer al instante, habían pasado más de cinco años desde el día en que abandoné mi casa y no veía a ningún familiar. Se había convertido en una muchacha hermosa y me alegré bastante por ella.
Después de verla con la luz del pasillo no supe qué responder. Sin embargo, ella se abalanzó sobre mí y me abrazó por largo rato mientras permanecíamos en la puerta de la habitación. No pude responder nada, ella parecía otra persona y simplemente tenía un nudo en mi garganta.
-Te extrañé tanto. Me llevó mucho trabajo encontrarte, por qué te tuviste que ir de esa manera-. Me dijo sin dejarme de abrazar.
-Las cosas se dieron como se tenían que dar-. El silencio se volvió a dar y traté de comportarme con cortesía. -Si me hubieras avisado, me habría arreglado de mejor manera.
-No me mientas, te habrías ido para evitarme, no lo niegues-. Ella se separó de mí y entró en la habitación buscando a tientas el interruptor. -Además, cómo esperas que me contacte contigo si no tienes celular.
-No me hace falta, vivo menos estresado sin el-. Encendí la luz y se ilumino la sencilla habitación sin ventanas en la que vivía.
-Vaya, siempre tan organizado como lo recuerdo-. Ella caminó por la habitación observando las pocas cosas que mantenía a la vista. Al final encontró la caja y la destapó. -Creo que no te gustó mi regalo.
-No es eso, la cubrí por el polvo, es hermosa-. Me apresuré a mentirle. Luego añadí - ¿Pasó algo? ¿Cómo lograste dar conmigo?
-Parece que mi visita te molesta más de lo que yo había pensado-. sonrió de nuevo.
-No es eso, no quise decirlo.
-No te preocupes, lo sé-. Ella terminó por sentarse en una vieja silla que mantenía en mi habitación. -Hace unos meses, para nuestro cumpleaños, se organizó una fiesta. Deseaba con todas mis fuerzas que asistieras, pero no logré dar contigo. Llamé a tu antiguo número, pero siempre estaba apagado ¿Qué pasó?
-Se arruinó, lo siento.
- ¿Y no pudiste comprar otro? Estaba muy preocupada por ti. Papá y mamá también, creímos que habías muerto, o algo peor-. Contestó molesta ante mi frialdad. -En fin, en vista que no respondías traté de buscar a los compañeros que conocía de ti en el colegio, pero ninguno supo dar razón.
-Ya no habló con nadie de ellos.
-Sí claro, eso me di cuenta. En fin, fui a dónde mis padres decían que residías, pero al llegar me dijeron que hace años te habías ido de ahí. Les pedí tu número telefónico, o alguna indicación que me ayudase a dar contigo, pero no supieron darme razón tampoco. Luego te busque por r************* , por grupos, con familiares. Nadie sabía nada de ti.
Estaba bastante sorprendido por las habilidades de mi hermana en su búsqueda por encontrar personas. Yo nunca había hecho el esfuerzo por borrar mi registro o mis pasos, pero parecía que encontrarme había sido más difícil de lo que pesaba. No noté lo mucho que me desconecté del mundo hasta aquel momento.
-Luego recordé-. Continuó. -Me acordé de la amiga que un día llevaste a la casa, Zara, y pensé qué ella podría darme una pista. Ya había pasado mi cumpleaños, pero me decidí a encontrarte.
- ¿Y mamá te dejó hacer todo esto? -. Pregunté tratando de desviar el nombre de Zara, que por aquel entonces me martirizaba como una daga oxidada.
-Pues claro que no. Ellos te extrañan, lo sé, pero ya sabes, son iguales de orgullosos a ti y después de un tiempo se rindieron y me prohibieron buscarte. Sin embargo, ya había llegado muy lejos y no me iba a rendir. Busqué a la chica por todos lados en internet y terminé encontrándola. Le escribí y me sorprendí la manera en la que ella me recordaba a pesar de tanto tiempo.
No quería escuchar lo que ella pudo haberle contado a mi hermana sobre mí. Estoy seguro de que ella se alejó odiándome, por una razón que tal vez yo no comprendía, pero la frialdad de sus palabras siempre me ayudaba a recordarlo. Baje mi mirada y continue escuchando la labor de investigación de Catherine.
-En fin. Ella fue muy amable conmigo y después de explicarle cómo no me contestabas y no lograba encontrar tu rastro, me tranquilizó diciéndome que hasta dónde ella sabía te encontrabas bien. Se negó al principio de darme la dirección, pues decía que tú querías permanecer aislado, sin embargo, después de varios días me dijo algo que me asombró bastante.
- ¿Ah sí? -. Respondí
-Dios, pareces un tempano de hielo-. Ella se levantó y se sentó a mi lado, tomo mi mano y con su mirada me obligo a verla a los ojos. -Me dijo que tú necesitabas hablar con alguien y me rogó que viniera a hablar contigo a pesar de que me distanciaras. Tal y como dijo la señora Daisy, ella dijo “él es así” Ahora me pregunto, cómo eres en realidad.
-Y entonces estás aquí-. Respondí tratando de evadir el último comentario. - ¿Ellos saben que estás acá?
- ¿Nuestros padres? Claro que no, supuestamente estoy con una amiga. No me desvíes la pregunta, entiendo que guardes resentimiento, pero todo eso paso hace mucho tiempo, es hora de avanzar. Me necesitas, al igual que yo necesito de nuevo a mi hermano.
-Mira dónde está tu hermano. No hay nada que necesites de mí. Aprende de todo esto y jamás sigas mis pasos, solo sería una mala influencia para ti.
-Todo este tiempo, sin contacto, sin saber de ti y solo eso puedes contestar. Parece que sí sigues con resentimiento, pero deja al menos que las personas se acerquen a ti, cuál es el temor.
-No es temor, simplemente no me gusta-. Respondí al borde de la ira.
-Sabes que es miedo. Tienes miedo a que la gente te siga lastimando ¿no es así? Si no dejas el pasado atrás y te liberas de todo eso, jamás podrás ser feliz-. Me insistió. Poco a poco la conversación se convirtió en una discusión.
-No tengo ninguna razón para ser feliz. No sabes nada de mí, no sabes la vida que ahora llevo. Siquiera sabes lo que es verdaderamente la vida y vienes a darme lecciones. Viniste a recriminarme mis errores, si no estoy con nadie y me alejé de todo es porque así lo quise, ahora vivo más tranquilo.
-Ese es tu problema, crees que todo el mundo te odia o que le debes a los demás algo y solo te aíslas. Sí, yo no soy una profesional viviendo, tengo mis problemas y me equivoco, pero no me escondo en una cueva a esperar que llegue mi muerte.
-Será mejor que te vayas, ahora-. No sentía ganas de continuar con eso.
Ella tomó sus cosas con velocidad y se dirigió a la puerta con furia. Antes de salir se giró a verme de nuevo y antes de azotar la puerta del apartamento me dijo.
-Te das tanta lastima a ti mismo que no eres capaz de ver cuanto los otros se preocupan por ti. Eres demasiado egoísta para notar a los demás.
Cuando al fin me volví a quedar a solas en la habitación volví a apagar el foco y me senté a oscuras en mi cama pensando sobre lo que había pasado. Estaba confundido, sentía entre ira y tristeza. Ira para conmigo mismo y tristeza por la forma en la que había tratado a aquella adolescente que había hecho tantas cosas con el único afán de verme. No creí que aquello fuera posible.
No volví a dormir y continué en silencio todo el día mientras el hambre me mataba. Me sentía débil y así me fui a trabajar aquella tarde. La música me sonó más triste y vacía que de costumbre. Intenté tomar y drogarme, pero nada parecía darme algún tipo de placer. Incluso, a pesar de estar cansado, al otro día no pude pegar el ojo y dormir. Hasta que alguien volvió a tocar a mi puerta. Era Catherine de nuevo, quien parecía más apenada y menos enérgica que el día anterior.
-Jonathan, lo siento, no debí gritarte de esa manera ayer-. Ella no me miraba a los ojos ni tampoco me abrazó como lo había hecho. -Entiendo si no me tienes confianza a mí o a nadie, solo espero que podamos ser hermanos de nuevo, o al menos amigos.
Era yo quien se encontraba avergonzado, pero era ella quien pedía disculpas por mi comportamiento. De nuevo me quedé sin palabras y finalmente fui yo quien la abrazó fuertemente evitando que se diera cuenta de la tristeza que guardaba en mi propio interior. No quería dejarla ir como la tarde anterior, así que encendí la luz de mi habitación y la invité a pasar.
Por el espacio de varios días, Catherine pasó a mi casa al menos una vez por semana y almorzábamos juntos. Ella me contaba sobre la escuela, nuestros padres, sus amigas y noviazgos juveniles. Yo no era capaz de contarle muchas cosas sobre mí, me mantenía reservado, pero me abrí poco a poco a su sinceridad.
-Dime, qué pasó con Zara-. Me preguntó con curiosidad una tarde.
-Nada, todo tiene que terminar en algún momento, y así fue con ella-. Respondí tratando de mantenerme fuerte.
-Es una lástima. Hace mucho que no hablo con ella y parece una buena chica. Ojalá hubiera funcionado lo de ustedes.
-Ojalá, pero no-. Traté de cortar la conversación.
-Siempre tan serio e inexpresivo. En fin, te quería decir algo más importante-. Me dijo tomando un aire de seriedad. -Como te comenté, me voy a ir a estudiar a otra ciudad, así que no podré venir a visitarte más seguido. Por favor compra un celular, para que podamos hablar regularmente y no preocuparme por ti.
-No me gustan esos aparatos.
-Es la única petición que tengo, por favor solo hazlo-. Me rogó.
-Está bien, lo haré.
Así lo hice, y después de unos días ella se fue. Aunque mantuvimos contacto, no era lo mismo a nuestras visitas semanales. Nuestros tiempos terminaron por concordar poco a pesar del tiempo que trataba ella de dedicarme. Aún así, tratamos de ser los hermanos que en el pasado nunca pudimos ser. Progresivamente me di cuenta de que no pensaba tanto en Zara y que me era mucho más fácil continuar con mi vida. Comprendí que el apego que sentía no era más que un capricho egoísta, como decía Catherine, y que me faltaba mucho por aprender.
No la pensaba tanto, pero lo seguía haciendo en mis tiempos donde la soledad me pegaba de un modo más fuerte. Como aquella madrugada cuando esperaba frente al bar y miraba la pantalla del celular.
Pensar en mi hermana me ayudó a reponerme de la conversación con la mujer en la madrugada y entré de nuevo en el bar donde me esperaba una botella de vino barato y unas personas que en realidad no eran tan malas. No como yo pensaba, supongo.
Todas estas son cosas que nunca se aprenden de la noche a la mañana y, aunque vivamos en depresión, a la larga nos vemos en la obligación de aprender, aunque nos neguemos. Sin embargo, aún faltaba tiempo para que aprendiera verdaderamente y saliera de aquel infierno en que yo mismo continuaba adentrándome.