La Plaza Mayor, normalmente tranquila y vacía, se había convertido en el corazón del bullicio esa tarde. El sol empezaba a bajar, pintando el cielo con tonos cálidos, mientras una suave brisa agitaba las banderas que colgaban de los balcones, unas que no recordaba haber visto antes. Parecía que solo se sacaban para ocasiones especiales, como la asamblea del pueblo. Sobre el empedrado antiguo, los vecinos llegaban poco a poco, cargando sillas de madera o plástico, probablemente rescatadas del antiguo bar que cerró hace unos años. Yo, Mar y Mario llegamos en mi coche. Aunque la plaza estaba cerca, Mario, con su pierna lesionada, no quiso quedarse en casa y perderse "el espectáculo", como lo llamó. Pablo ya nos esperaba en la esquina de la plaza. Ayudó a Mario a bajar del coche y lo acomodam

