Rey apenas podía respirar. Las palabras de Olivia retumbaron dentro de su pecho como un eco implacable. Primero, la rabia lo invadió, luego la incredulidad… pero fue el papel arrugado que ella le arrojó al rostro lo que lo desmoronó por dentro. —No te importa ni siquiera si ella fuera tu hija —había dicho Olivia, la voz tan firme como un disparo. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el examen de ADN quedara ante sus ojos ensangrentados. Lo leyó. Una. Dos. Tres veces. Las letras eran claras. El resultado era irrefutable. —Somos tus hijas, Rey. Maia y yo. El silencio se volvió espeso, agobiante. —Debiste hacer algo muy malo… —continuó Olivia, con los ojos empañados de dolor pero sin perder la fuerza—. Algo realmente horrible para que mamá nos ocultara de ti… al grado de cas

