CAPITULO 3

3612 Words
GIA Mi padre abrió la puerta de la habitación con una mueca de enojo en su rostro que me helo la sangre por completo, sus ojos emanaban odio y resentimiento. Mi madre había sido atendida por el medico de manera rápida por lo que los daños del veneno fueron mínimos pues su estómago fue obligado a expulsarlo casi de manera inmediata a través de la inducción del vomito. —¿Cómo esta madre? —Le pregunté con mucha preocupación, Galia que permanecía a mi lado no tardo en sacar aquellos colmillos ponzoñosos cual víbora venenosa. —Padre, debes de castigar a la persona que lo hizo, el autor es alguien que no conoce la lealtad—Mis ojos no pudieron evitar mirarla con un repudio casi incontenible, la autora había sido ella y si algo peor le hubiese pasado posiblemente sería el pago de sus arranques tan desmesurados de ira. —La sirvienta de tu madre ya ha dado nombres de los posibles infractores, he solicitado que se presenten ante mí—Dijo con rabia—¿Han mordido la mano que les dio de comer durante muchos años? ¿Cómo se atreven a pagarme de esta manera intentando dañar a mi familia? Baje la mirada mientras mis dedos jugueteaban en mi regazo con visible nerviosismo, nadie había sido el culpable, tenia miedo de que alguien pagara por algo que estaba segura no había cometido, mi madre era de esa manera, accionaba sin importarle las consecuencias de sus actos, estaba dispuesta a ganar, aunque destruyera la vida de los que según sus ojos estaban debajo de ella en esta escalera jerárquica y clasista que decía llamarse Roma. —Estoy segura padre que debe haber una razón para esto—Le dije intentando bajar un poco aquella aura amenazante que siendo sincera me ponía los pelos de punta—Debes calmarte, lo importante es que mamá está bien. —Lo dices porque no es tu madre ¿Cierto? —Negué con la cabeza casi de inmediato, ¿Cómo Galia podía decir algo tan devastador? a pesar de la visible falta de amor que Fátima tenia por mi yo si le guardaba respeto, la llamaba madre porque a pesar de ser difícil me había proporcionado educación y había cuidado de mi desde que tenia memoria—Te hubiese dado igual que hubiese muerto, te importan mas los esclavos que ella. —¡Basta Galia! ¡Pero que cosas estas diciendo, Gia siempre a respetado a Fátima, nunca le he escuchado hablar mal de ella o dirigirse de manera irrespetuosa hacia la mujer que la educo! ¡No eres una niña, discúlpate inmediatamente con tu hermana! —Ella miro a mi padre con pánico, había hablado de mas y delante de quien no debía, pues si bien mi padre creía la información que su esposa le daba sobre mis estudios en diversos temas casamenteros sabia que yo no era la clase de persona que deseaba el mal a los semejantes. —Parce Mihi Soror Mea (Perdoname hermana) —Dijo casi entre dientes, sabía perfectamente que sus palabras no eran para nada sinceras. —Las palabras hirientes que salen de tu boca no traspasan mi alma hermana, sé que hablas presa de la preocupación por nuestra madre—Mi padre sonrió antes de colocar su mano en mi coronilla propinándome una ligera muestra de afecto, acto poco recurrente en él. —Tal parece que mi querida Gia a mejorado en sus estudios de Filosofía, tu padre esta orgulloso—Musitó borrando por unos segundos aquel sentimiento de rencor que había hecho merma en sus ojos minutos antes—Sin embargo, debes prestar más atención a las materias que le competen mucho más a las mujeres. —Doy lo mejor de mí, padre, espero poder ganar tus disculpas por mis descuidos pasados—Realmente no debía disculparme por nada, si bien amaba la filosofía y el cálculo también disfrutaba mucho pasar tiempo escuchando a mi madre hablar acerca de la admiración del hogar y mucho más importante según ella, los deberes maritales. —Su madre esta despierta, desea ver a Galia—Era lo obvio—Gia tu debes venir conmigo, necesito verle las caras a ese par de traidores. Asentí con la cabeza, no debía negar que tenia miedo debido al posible castigo inhumano al que serian sometidos los esclavos que fuese acusados de tal calumnia, mi padre tenia el derecho de decidir quien vivía y quien moría, ahora, según lo que podía mirar en sus ojos no me daba esperanzas de que fuera benévolo. Papá era un hombre justo y siempre prudente con sus decisiones, pero solía ser demasiado contundente cuando se tratara de su familia. El recorrido por los pasillos fue breve, la luz del sol ilumino el jardín principal, lugar que era adornado por una enorme fuente de oro que disparaba leves chorros, aquella hazaña arquitectónica lograda en la residencia del cónsul solo podía ser de Marcus Vitruvius, el mejor arquitecto de Roma, quien además de haber diseñado la estructura de la casa también la había decorado de manera excepcional pues no perdía ningún detalle ni tenía contemplaciones en usar piedras, pieles, diamantes y oro para embellecer el lugar. —Los hemos encontrado señor, son los únicos dos que tiene las descripciones de la sirvienta en la cocina, al parecer fueron los únicos que estuvieron en el lugar después de que se sirvió el vino—Estaba tan ocupada en mis pensamientos que no me di cuenta que los guardias que protegían la casa habían lanzado antes los pies de mi padre a una pareja, sus cuerpos estaban mallugados de tantos golpes, el cabello tanto del hombre como de la mujer estaba esparcido sobre su rostro dando señales de que habían sido tratados sin piedad alguna—Es un egipcio y una griega. No pude evitar llevar mis manos al rostro cuando el salvaje hombre tomo el cabello de la mujer y lo jalo con fuerza mostrando sus rojos ojos que ahora estaban desencajados y llenos de terror, eran los ojos asustados de Seia, a su lado estaba Aten quien parecía tener el labio partido y uno de sus ojos se había cerrado por la hinchazón. No, no estaba dispuesta a permitirlo, no ha los padres de Helena. —Padre, se que debe haber una explicación para esto, ellos son mis esclavos no los de mi madre—Le replique tomándole de la mano inmediatamente—Si quisieran hacerle daño a la familia desde hace ya mucho tiempo me hubiesen hecho daño. No encontraba palabra para describir la impotencia que sentía en este momento, si decía que mi madre había tomado el veneno por si misma para auto infligirse daño posiblemente ella lo negaría y me ganaría una bofetada de parte de mi padre, no tenía opciones, solo quería rogar por la vida de ambos, pero eso me colocaría en una mala posición delante de mi familia. —¡¿Cómo pudieron morder la mano que les ha dado de comer por tantos años?! —Le gritó casi inmediatamente, me daba cuenta que solo había ocultado la rabia que sentía por unos segundos, ahora que lo tenía en frente no parecía querer tener piedad o darles la oportunidad de defenderse, eran esclavos y según las normas de la casa solo debían callar y bajar la mirada delante de sus amos, solían usar collares como animales y aquello me partía el alma. Él había ignorado mis palabras —Mi señor—Logró musitar un Aten que parecía tener hinchada la garganta—No hemos atentado contra la vida de su señora, daría la vida de ser necesario para proteger a su familia, le debo la vida de mi hija a quien le permitió nacer, le pido que tenga piedad... Sus palabras me partieron el alma una y mil veces, me sentía inútil. —Padre por favor, no pienses en cobrar una vida inocente hasta no estar seguro—Le repliqué inmediatamente—Debe de haber una razón por la que estaban allí, no saques conclusiones apresuradas que nublen tu racionalidad. —Gia, entiende, no dejes que te engañen son esclavos y se que tu madre no es la persona mas noble del mundo, es entendible que le tengan rencor por sus malos tratos sin embargo eso no les da derecho a intentar darme una puñalada por la espalda de esta manera—Con fuerza tomo mi mano que rodeaba su brazo a modo de suplica y lo arrebato de golpe, provocando que unas cuantas lagrimas de enojo me recorrieran las mejillas, iba a cometer una locura que me rompería en mil pedazos. —Mátenlos. —¡No padre, por favor! —Mis ojos observaron con pánico como una lagrima escurría por la mejilla del egipcio—¡Dales la oportunidad de mostrarte que ellos no son las personas que buscas! ¡No puedes sacar conclusiones apresuradas! Padre, por favor, te lo suplico—Intenté ponerme de rodillas, pero me lo impidió con sus ojos casi saliéndose las orbitas de la sorpresa. —¿Cómo puedes arrodillarte ante mi para pedir por la vida de un esclavo? —Espetó escandalizado tomándome fuertemente por los brazos e impidiendo según sus creencias que cometiera una locura en contra de sus ideales clasistas. —Ellos son mis esclavos, no puedes matarlos si yo no estoy de acuerdo—Le ataque haciendo un último intento por mantenerlos con vida—Tienen un valor importante para mí, los necesito. Sus ojos parecieron suavizarse por unos segundos ante mis fuerte lamentos, su mirada furibunda los miro por unos segundos antes de dirigirse hacia mí de nuevo. Sabia que no les perdonaría la vida y aquello me lleno de rabia en contra de la esposa de mi padre, ¿Cómo podía actuar de manera tan inhumana acusando a personas inocentes para saciar sus crueles y ambiciosos deseos? —Tienen hasta el anochecer para comprobar que no tuvieron nada que ver—Espetó con un tono insensible—La sirvienta de la cocina principal los observo, no tengo ninguna duda a la palabra de esa mujer sin embargo agradezcan a mi hija que les regalo un poco más de tiempo. Mire el rostro amoratado de ambos, no debía permitir que Helena mirara a sus padres en ese terrible estado, así que rápidamente ordene a los guardias que los llevaran a un lugar apartado donde el medico pudiera curar sus heridas. Era obvio, la situación era complicada, la sirvienta no daría su brazo a torcer hasta que las ordenes de mi madre no fueran retiradas. Mi padre se marcho del lugar sin siquiera dirigirme una mirada, con las manos en la espalda camino hacia algún lugar de la casa seguido de dos de los guardias. —Intentare cambiar esto—Les dije algo apenada por la situación antes de desaparecer entre los pasillos dispuesta a encarar a mi madre y exigirle una explicación y la orden para que su sirvienta de confianza se dirigiera la cocina y terminara esta injusticia de una vez por todas. —Te lo digo madre, me han dicho que han construido una enorme residencia en el monte Palatino—Escuché a través la puerta después de detenerme en la entrada pensándome si era lo correcto arremeter contra ella de esta forma—Mis conocidas que han estado allí para visitar el Templo de Vesta, debe de ser la residencia de alguien muy importante para que haya podido adquirido ese lugar. Escuche la risa algo cansada de mi madre. —Alguien que de ese porte debe ser el merecedor de mi linda hija, ella a crecido en mi vientre para llegar al mas alto puesto de Roma... —Madre, ¿Cómo pudiste hacer eso? —Le ataque después de abrir la puerta de golpe, su mano quedo suspendida en el rostro de Galia quien rápidamente se puso de pie y sus ojos se apresuraron a dedicarme un sentimiento de aborrecimiento—Tal parece que eres capaz de todo. Ella sonrió mientras se cubría levemente con las sabanas de seda y abrazaba levemente un largo cojín persa, sus carnosos labios sonrieron con suficiencia, como si se alguna manera me hubiera estado esperado durante este tiempo. —¿Qué se supone que he hecho yo hija mía? —Dijo con esa sonrisa burlona dibujando su cara—Fue envenenada, pero por la gracia de Júpiter tu madre esta viva, debes agradecerle a nuestro dios, de ser por ellos ahora abrías quedado huérfana por segunda vez. No pude evitar apretar los puños y morderme la lengua, no podía alterarme. —Sabes que no es cierto—Susurré casi entre dientes acercándome aun mas a ella—¿Dime madre? ¿Qué es lo que deseas realmente? Ella tomo la mano de Galia y me hizo una señal para que esta vez fuera yo quien le tendiera mi mano, con un poco de indecisión lo hice y ella se apresuro a tomarla para después colocarla sobre la mano de mi hermana. —Es momento de que me pagues por todos los años que te he dado y que le pertenecían a mi hija—¡¿Qué?! No imaginaba que ella lo sentía de esa manera, ahora me daba cuenta que su leve afecto y educación no era por amor a mi o a papá si no como obligación matrimonial y nada más. —¿Cuándo te casaste con papá no te dijo que tenía una hija? —Le cuestione. —¿Qué? —Dijo con incredulidad al mirarme a los ojos y notar que no era una pregunta capciosa—Claro que lo dijo. Sonreí forzadamente alejando mi mano de su agarre con brusquedad. —Entonces por favor no menciones que robe el amor y el tiempo de tu hija—No perdí tiempo en devolverle sus hirientes palabras que a pesar de ser una corta oración habían herido mis sentimientos y posiblemente si mi padre lo escuchase también heriría los suyos—Por de ser así solo llegaste a esta casa por el dinero y posición de mi padre. —No pareces haber venido a negociar la vida de tus esclavos, tu padre no los dejara vivir, posiblemente no vean otro amanecer y esa chiquilla malnacida crezca sin padres—No dudo ni un solo segundo en exponerme sus cartas, parecía haber planeado todo al pie de la letra y calculado a la perfección lo que debía hacer. —¿Qué es lo que deseas que haga? —Intercambia el lugar de Galia—Contesto sin tapujos—Ella no puede casarse con ese hombre, no puede. —No estoy en posición de solicitarlo—Arremetí, mi padre no era un hombre tan fácil. —Ruégale a tu padre de rodillas de ser necesario—Sus ojos se abrieron tanto que parecían querer salirse de sus orbitas—Llora y suplícale que quieres casarte y tener hijos y que no deseas irte a vivir al Templo de Vesta. Aunque no lo parezca tu padre es débil delante de tu sufrimiento. Si bien aquella petición me unía al deseo que traía desde pequeña también era romper con la voluntad de mi padre al suplicarle que cambiara de opinión. Un poco indecisa negué con la cabeza, no podía hacerlo, podía ser acusada de desobediencia y tener un castigo por ello. —Bien—Concluyó—Esta noche lloraras la muerte de tus esclavos. Arrastrando los pies de manera débil salí de la estancia derrotada, me había atrapado y ni siquiera me había dado cuenta de ello, la visita a al palacio imperial era en dos días y posiblemente ella había actuado de manera rápida para impedir que los preparativos de Galia no se llevaran a cabo, pues debía prepararse para la ceremonia de Sponsalia. —Señorita, señorita—La cálida voz de Helena inundo los pasillos haciéndome detener de golpe, rápidamente me limpié las lagrimas con las mangas de la palla enrollada en mi brazo, me di la vuelta dispuesta a encarar a la niña con una sonrisa fingida—Mamá y papá han salido de casa—Me informó aun cuando corría en mi dirección. —¿Dónde han ido? —Le dije siguiéndole el juego. —Al mercado—Respondió ella—Papá ahorro así de denarios—Levanto sus manos para mostrarme diez de sus dedos—Para comprarle un vestido bonito a mamá y a mí. Su comentario provoco que un nudo se instalara en mi pecho, posiblemente esa era la mentira que los demás esclavos le habían inventado para evitar que la pequeña niña sufriera, la tome por los hombros y sonreí. —Tu padre es un buen hombre. Ella asintió. —Podemos aprender a escribir ahora—Dijo ella mostrándome las hojas de papiro que había conseguido en algún lado—Papá las compro para mí, en secreto me enseña a escribir dibujos. Rápidamente supe que se refería a jeroglíficos egipcios, no pude contenerme y la abracé, ¿Como podía decirle a esa niña que sus padres morirán al caer el sol?, negué con la cabeza. —Ahora no puedo enseñarte, pero prometo hacerlo más tarde. Ve a jugar ahora—Ella sonrió, al mirar esa sonrisa supe que no podría quedarme con las manos cruzadas y dejarlos morir gracias a la crueldad de mi madre, tome sus manos y coloque en ellas el papel para que lo sujetara con fuerza—Guarda esto para cuando regrese tu padre, sé que le gustara seguirte enseñando. Con unos ojos brillantes de emoción salió despavorida en dirección al jardín emanando esa linda inocencia y despreocupación de los niños, no sin antes soltar un suspiro decidí caminar en dirección al enorme altar que mi padre guardaba para los dioses supremos. Con los ojos llenos de lagrimas me deje caer rendida sobre el acolchado cojín, coloque mis manos en señal de oración para después llevar mi rostro al suelo dos veces a modo de saludo. —Oh poderoso Júpiter, te ruego con el corazón destrozado que me guíes en las acciones que tomare a partir de ahora, confió en tu misericordia infinita para poder cumplir mi cometido y salvar aquellas vidas inocentes de la crueldad y avaricia de mi madre. Te pido colmes mi camino de fortuna y concedas un matrimonio pleno a esta humilde esclava tuya—Supliqué con los ojos cerrados en una posición sumisa—Bienaventurada Minerva te ruego mires el corazón de esta sierva tuya y le concedas el poder de las palabras para ablandar el rostro de mi padre y al igual que al supremo Júpiter te suplico escuches mis plegarias sinceras. Después de inclinarme dos veces a modo de despedida prendí las enormes velas del altar, el cual estaba decorado de diversas flores y mantos de colores, al frente de la extravagante decoración estaba él, sentado en un trono con su torso descubierto provisto de un cuerpo formidable, cabello largo hasta los hombros y ondulado, mientras que su barbilla estaba decorada con una barba insipiente y abundante, su parte baja era cubierta por un manto color rojo y en su fuerte brazo sostenía un báculo de oro mientras que el águila romana permanecía sentada a su lado jugueteando levemente con el objeto que sostenía en su mano, así era el, el poderosos Júpiter. La estatua de Minverva en cambio sostenía en la mano derecha su lanza y en izquierda un escudo, su cabello recogido y su larga túnica le proporcionaban elegancia y aquel rostro cincelado a mano denotaba una belleza exorbitante, así era Minerva, la diosa de la sabiduría romana. No podía negarlo, mis pies temblaban mientras caminaba en dirección al estudio de mi padre, el suelo parecía hacerse pegajoso impidiéndome caminar mas rápido, no tenia idea de lo que debía hacer, pero si estaba segura de que era de suma importancia hacerlo, al llegar a la puerta mi mano sopeso unos segundos en el aire. ¿Debía tocar la puerta? ¿Debía simplemente marcharme? Cerré los ojos por unos segundos y el rostro abatido de Helena me llego como una ola amenazante del mar Egeo en tiempos de tormenta, no pude evitarlo y mi mano armada de valor golpeo la puerta, la cual fue abierta por uno de los sirvientes de mi padre casi al instante impidiéndome huir. —¿Qué pasa Gia? —Preguntó con sus ojos fijos en unos documentos—No intentes rogar por la vida de los esclavos... Antes de pensarlo demasiado me deje caer al suelo de rodillas delante de él, con la voz temblándome de miedo logre musitar con voz firme las palabras que cambiarían para siempre mi destino como sacerdotisa vestal. —Padre te ruego por Júpiter y por Juno que reconsideres tu decisión de convertirme en una sacerdotisa, deseo casarme y cumplir con las enseñanzas de Vesta desde la calidad de mi hogar marital—La pluma goteo tinta sobre el documento arruinándolo por completo, al mirar sus ojos llenos de sorpresa me apresure a continuar —Permíteme continuar con tu linaje, nunca te he pedido algo como esto, pero te prometo por la diosa Juno y Minerva que antes de deshonrarte delante del emperador una daga rebanara mi cuello, solo te pido que me des la oportunidad de cumplir las órdenes del emperador y le permitas a Galia quedarse a lado de mamá en este duro momento para ella. Déjame mostrarle mi piedad filial. Al levantar la mirada después de mi suplica me encontré con aquel rostro in traslucido de mi padre, no tenía idea de lo que estaba pensando, pero de lo que si estaba segura que su decisión cambiaria mi destino para siempre.
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